martes, 20 de julio de 2021

LA ESTATUA INCÒMODA


 Después del melodrama la tragedia, luego el debate público y de ahí a las pasiones del papel couche, la vida de Lady Diana fue una montaña rusa que en las pantallas no alcanzó las dosis de lágrimas prometidas. El monumento que han develado sus hijos, el príncipe de Gales y el duque de Sussex, después de que Harry develó las más incómodas intimidades de ese corporativo al que llaman palacio, al igual que la serie de Netflix, es una obra que sin representarla, crea una molesta presencia.

La escultura es naturalista, obra del famoso escultor Ian Rank Broadley, que ha realizado hermosos memoriales como el de Las Fuerzas Armadas Británicas, el de Diana es su peor obra.  Representa a la princesa de pie, vestida con una falda recta, blusa y cinturón ancho, el pelo corto que llevó al final de su vida, recrea el outfit que usó para la fotografía de su tarjeta de Navidad en 1993, cuando ya estaba separada del el príncipe Carlos. Con los brazos abiertos, y escoltada por una niña y dos niños que simbolizan a la infancia que ella ayudó “incansablemente”.  Lo niños obviamente, no son sus hijos, decisión intencional, es una separación más allá de la muerte.

La escultura tiene la frialdad y falta de romanticismo que la corona trata de imponer en la vida de Diana, una persona adicta a las emociones. Es una obra corporativa, institucional, pensado por un comité, es evidente el gran esfuerzo en desmitificarla.

Al comparar la fotografía de Diana con ese vestuario con la escultura, la sofisticación y la elegancia desaparecen. En el caso de que viéramos esta escultura sin conocer el contexto, de quién es la mujer y la escandalosa historia de su vida, pensaríamos en  una maestra de escuela con tres niños, pero nunca la mujer que con su muerte violenta, sacudió los cimientos políticos de Gran Bretaña, hasta cuestionar la figura de la nobleza.

 

Las fotografías de la boda de Diana, con ese vestido cursi, enorme, de cuento de hadas, las imágenes de ella llorando en cuanto evento público asistía, o riendo a la prensa en su relación bipolar con su imagen y con el mundo, su obsesión con la moda, eran parte de su personalidad, y esta escultura es una manera institucional, por parte de la corona, de terminar por fin con ese mito, es decir, en lugar de perpetuarla, la sepulta de forma definitiva.

Los príncipes se reunieron después de su mediático berrinche y de regalarle al mundo un drama de chismes digno de Oscar Wilde y el Daily Mail, retiraron la tela verde que cubría el monumento en un evento desangelado, “íntimo y familiar”, sin familiares cercanos, sin el príncipe Carlos, sin la reina, las ausencias que no olvidan.   

La inmortalización de Lady Diana seguirá en las páginas de los tabloides, quienes han documentado con lealtad fanática su vida. Espero que entre en la saga de las Princess de Disney, y las niñas la adopten como su ídolo voluble, fashionista vestida de Versace,  y melodramático.  

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miércoles, 7 de julio de 2021

LA GITANA


 La esperanza alienta. La espera castiga, es una prueba de templanza, la austeridad de un tiempo sin horizonte. La esperanza induce al engaño. Detrás de la espera, se esconde la desilusión. Sin término medio, alejamos las dudas con la magia de lo incierto, con la improbable predicción del oráculo.

El Barroco inventó el realismo, llevó la “naturalidad” más lejos del detallismo de la Edad Media, para hacer de la carne y el espíritu un estado verosímil, capturar la apariencia de la existencia. Bartolomeo Manfredi, pintor virtuoso y erudito, capta con una precisión, que hoy se llamaría híperrealista, la esperanza que se confunde con más dudas, en su óleo La Lectora de la fortuna (1616-1617).  La gitana está ciega, como Tiresias, es capaz de conocer el destino con la mirada de la sabiduría que contiene el tiempo, es la mente prodigiosa de los oráculos. La ceguera que es capaz de percibir lo que la mirada mundana no alcanza. Sin ver la mano de la dama, le describe lo que las líneas del destino le tienen designado. Sus ojos están fijos, sus dedos tocan la palma de la mano, y señalan. La dama elegante, a la moda con un sombrero, y vestido de seda, inclina la cabeza en ese gesto de pensar en lo que oímos, es la otra mirada: la del sonido, las palabras y su significado. La luz, ese invento del Barroco, la luz, que es personaje, dictador, narrador y artificio, va de derecha a izquierda, de la gitana a la dama, la luz de las palabras, le ilumina el rostro. Al lado de ellas, dos personajes,  otra gitana que acompaña a la adivina, y un hombre ojeroso, con sombrero tocado por una pluma roja, que mira con atención intrigado a la gitana. Los amantes y la adivina, lo que ellos ocultan, la adivina lo revela, con la luz del Barroco.

El contraste es la penumbra, que cubre a la otra gitana, de manos agiles, que roba mientras la Pitonisa habla. La esperanza y la espera, la ilusión y el desengaño.

La incertidumbre es la penumbra que los rodea, esa que crea el contraste con la luz, el dibujo de los rostros, la ropa, las ojeras del hombre, el refugio de la belleza. La gitana en trance, sus ojos encima de la realidad, son los ojos de Manfredi, de Tiresias, de la edad del mundo.

Sucedió hace cinco siglos, era la cotidianeidad de enfermedad, guerras y amores frustrados, como lo es ahora. Esa esperanza seduce a la joven dama a preguntar al oráculo los secretos que la  vida no responde, pasan por encima de la espera para agarrase de los harapos de la esperanza.

 

MIRAR Y ESPERAR


 El viento mueve las ventanas, lanza el polvo en olas ingrávidas. Mi gato desde la azotea espera alerta, el aire le agita el pelo y los bigotes, inmóvil, la paciencia del cazador, aguarda a las palomas. El cielo está cubierto por un infinito telón blanco, y la luz posee esa delicadeza fría, enceguecedora, que antecede a la lluvia. Es simple, y es suficiente para una pintura, para el arte no existen las grandes razones, existen los grandes instantes, el prodigio de estar y la necedad de perpetuar. El artista es como mi gato, un paciente cazador de esos instantes, de ese silencio que podría ser habitado por música, de ese color y ese viento que debería ser una pintura, del movimiento del polvo que es danza.

Lo es, la vida es el motivo del arte, y los seres humanos debemos saber mirarla para entender por qué una obra maestra es austeramente una mesa con un cuenco de frutas de Cézanne, o la luz sobre el vestido blanco de una mujer en la playa de Sorolla. Antes que aprender a ver el arte, debemos aprender a ver la vida, a escucharla, a sentirla y describirla. Amando el valor y la pronunciación de las palabras podemos amar la poesía; atestiguando nuestra voluble e impredecible naturaleza, gozaremos del teatro; y buscando los sonidos de nuestro cuerpo, nuestra voz y pasos, sabremos para qué inventamos la música.

El arte no es especulación retórica, no es la ociosidad mezquina  de las obras que carecen de factura, creación, talento, que se sostienen en la especulación económica y en la arrogancia del arte VIP. Tomar un objeto cualquiera y destinarlo como arte, hacer de la memorabilia y el chantaje social o emocional el pretexto de una obra de arte VIP, no es observar la realidad, es repudiar nuestra capacidad de comprenderla y transformarla.

La decadente y estulta imagen del arte contemporáneo VIP, su acumulación de ideas y objetos, demuestra que una parte de la sociedad se empeña en que dejemos de comprender para en cambio imitar, y sumar personas incapaces de crear, lo que las obliga a obedecer. El que imita y no puede aportar, obedece, es proclive a la manipulación, se suma a un pensamiento cómodamente masificado.

La más violenta y contestataria actitud, el acto más arriesgado de valentía es observar la realidad, comprenderla y transformarla, en una obra, es el acto de libertad que da sentido a nuestra  condición humana. Esas obras son nuestra propia vida, cada gesto de nuestra existencia está guiado a la trasformación de la misma. Hemos crecido y sobrevivido con ese impulso, y con él sumamos conocimiento. Dejar de cambiar lo que vivimos, de admirar la naturaleza en la que habitamos, nos haría desaparecer como individuos y como especie. El arte y la ciencia son esos pasos fundaménteles en nuestra supervivencia que le dan espacio al espíritu, y que me dan espacio para mirar a mi gato en la azotea.