Renunciar al mundo, abstenerse de sus sensaciones, placeres
y experiencias, era el camino purificador para alcanzar la paz divina. Los conventos y monasterios, el aislamiento
de los eremitas, imponía una frontera entre ellos y la contaminación de la
realidad.
Decisiones místicas, no científicas y sin embargo estamos
sometidos a un confinamiento obligado, para no contaminarnos de un virus, que
está violando nuestro derecho al trabajo, vivimos una privación de la libertad de
movimiento y acción.
La diferencia es abismal, en un confinamiento voluntario, la
renuncia mística hace soportar la pérdida de lo que creíamos nuestra realidad,
y en un confinamiento impuesto, la privación se vive como un castigo, y puede
ser tan difícil de aceptar, como está sucediendo, que la salud mental se vea
afectada.
La incertidumbre laboral, la impotencia del encierro, el
deterioro económico han provocado el aumento de las depresiones. El proceso nos
está deshumanizando, negar el contacto físico, establecer comunicación vía
internet, después de millones de años socializando, creando una educación
sentimental dirigida al contacto y la
confianza, nos obligan a alejarnos y desconfiar, encerrarnos, y dar la espalda
al mundo.
Toneladas de libros y estudios denunciando que las redes
estaban provocando que los individuos se aislaran y fueran más egoístas, que
los jóvenes ya no tenían contacto humano ni en las fiestas, que dedicaban el
tiempo a ver sus teléfonos, y en este momento esa virtualidad emocional, se
plantea como la única forma de sobrevivencia. La pregunta es ¿qué vamos hacer
después? Cuando esto termine y haya personas que han vivido esta jornada viendo
cientos de horas de televisión y series creando adicción, con video llamadas,
sin tocar a nadie, saliendo con la cara cubierta y en la paranoia de la
enfermedad. La salud mental no se cura con vacunas, no se recupera por decreto,
ni se valora de forma seria, después de esto no seremos los mismos.
Si la ciencia no es dogmática, cabe dudar de ella, cabe
dudar de que hayan valorado debidamente las consecuencias en la salud mental de
millones de personas. La única salida que nos dejan los científicos es seguir
el camino de los místicos, y es renunciar, no oponer resistencia al
confinamiento, pensar, como dicen los Sanyasis, que todo es efímero, que el
dolor va a terminar, que en el vacío está el silencio.
Al atomizar el conocimiento separaron la filosofía de la
ciencia, el mundo material y el mundo espiritual tomaron caminos distintos. Es
tiempo de volverlos a unir, y de que la filosofía abandone sus preocupaciones
fatuas e inmediatas que ha mantenido durante el siglo XX, para darnos un
refugio ante esta catástrofe que ni la ciencia puede resolver. La ciencia
confunde el consuelo y la sanación con la terapia psicológica o psiquiátrica,
no ven que hay algo en el espíritu que no responde a sus diagnósticos, ni a sus
pastillas y drogas. El aislamiento nos invita a regresar al origen, y pensar
como dice el Yogavasistha “Todo está en el alma, la totalidad del Universo está
en ella, sin ninguna división, ni dualidad”.