domingo, 3 de febrero de 2019

EL TESORO EN EL CUERPO

 En la cabeza la filigrana de oro tejida por artesanos, incrustada con las esmeraldas de mineros esclavos, la corona es aura pesada que eleva la cabeza y deslumbra a los envidiosos dioses. El cuello ahorcado con la hilera de perlas, en la garganta que canta vaticinios y palabras adoradas. Las leyendas de la estirpe labradas en un pectoral de fuerza, herencia, zafiros, leones, torres y campos que la rapiña conquistó para engolfarse. El  ser humano padeció la vulnerabilidad de su cuerpo y se refugió en el fetichismo de las joyas que ahora está expuesto en el Metropolitan Museum de Nueva York. El cuerpo viste, calza, traga y respira, bebe y transpira, se enferma, se retuerce de placer y dolor, es un cofre abierto cargado de joyas, para protegerse demostrando poder, infalibilidad, hechizo, seducción, o una fe que pende en un yugo, en una condena sin perdón. Expulsado del Paraíso se vistió, no con pieles o con rudos textiles, no, fue una sortija que le traería eso, sortilegios, la protección mínima, urgente, ante el miedo a la perversa realidad, inventada por los dioses para divertirse con nosotros. Tiaras y cadenas barrocas de dioses sensuales y valientes de la India, cuidan fertilidad, juventud,  emanaciones sobrehumanas de fuego y aire.

Coronas con esmeraldas para vírgenes que lloran descalzas. Serpientes enroscadas en los brazos, antídoto dorado para venenos promiscuos del imperio bizantino. Espadas de reyes, falo filoso, y largo, arma memoriosa y vengativa. En la creación de una joya hay escultura y mito, los materiales son la búsqueda de lo excepcional, brillo, pureza y la penuria para obtenerlos. El amasiato de la muerte y la belleza, diamantes y piedras preciosas, perlas limpias o barrocas, metales preciosos, son vidas, detrás del preciosismo hay cadáveres, es el precio que pagan unos y gozan otros. Anillos en pies y manos, amarrados a pulseras y tobilleras, coronas con cadenas que cubren el rostro, deslumbra el ser que se impone el castigo vestir con riqueza dolorosa, convertirse en intocable, hafefobia fastuosa, retirarlas es ritual tortuoso, debajo del esplendor está la ruina. Las armaduras cubrían la cobardía, los báculos demostraban rencor, las gargantillas protegían de la venganza. La cota de malla de Alexander Mcqueen, inspirada en las medievales, cristales rojos de Swarovski montados en aluminio, vestuario sadomasoquista, dominatriz que excitaría Felipe IV el puritano paladín del catolicismo, que alardeaba mostrando sus purulentas pústulas pudriéndole el cuerpo, materiales modernos para un diseño ancestral, cuando la peste arrancaba las condecoraciones de la guerra. Las piezas realizadas con lápices, esperma, alambres, la modernidad que desacraliza, honrando a deidades estériles de promesas, mitos y altares, la única superstición que nos sobrevive es el reciclaje de la intrascendencia.

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