lunes, 25 de febrero de 2019

KARL LAGERFELD

Peter Paul Rubens and Isabella Brant, c.1609
Inamovible, intemporal esfinge con guantes de piel negra y lentes oscuros, su personaje contradijo su oficio, controló el bipolar humor de la moda, de ese fenómeno del cambio incesante sin cambiar nunca, manteniendo la misma apariencia, exhibiendo su superioridad y autoridad, con su pelo blanco nos decía “cambien ustedes que necesitan de la novedad para existir, yo el Príncipe, el káiser, soy el inalterable obelisco de piedra que los dirige”. Reencarnó a Coco Chanel, se comió su cadáver, lo digirió y reinventó la leyenda de las perlas, los brillantes, la bisexualidad, el blanco y negro, el exceso, exigiendo la extrema delgadez como símbolo de elegancia, y ordenó que vestir fuera una ceremonia del amor propio “un hombre que viste de pants de correr ha perdido el control de su vida”. Vestirse es una necesidad, tener estilo es una obligación, la condición es ser cínico, consultar a las Pitonisas y sentirse Apolo, hijo de Dios, con un brazalete que lleve el nombre de la religión que nos bendice: Chanel. 


La invención del estilo, de la moda, de la adicción a crear una personalidad, fue la venganza que imita a los dioses, la elegancia está en el cuerpo, el cabello, los rizos cuidadosamente esculpidos en los bustos griegos y romanos, el David de Miguel Ángel con el vello púbico primorosamente peinado, la caída de las túnicas, los herrajes de las sandalias. La vanidad es instinto de supervivencia, nos manifiesta, es un lenguaje de nuestra presencia, el desprecio por la apariencia no es humildad o renunciación, es claudicación del propio ser que se resigna a esclavizarse por la desidia. Los “diseñadores de moda” surgieron en 1675 cuando se hizo la división entre costureros y el creativo, el que inventaba el estilo. El couturier decidía los accesorios, vestido, color, diseño, sombreros, la aristocracia se los robaba, y construyeron la industria del vestido en Europa que se dirigía desde Paris y Roma. En la corte de Luis XIV se conspiraba para saber qué vestuario elegirían los miembros de su corte en los bailes, se robaban información y saboteaban a los competidores en elegancia, el fracaso condenaba al exilio, al ridículo, no había peor humillación que mantener conversación con la vulgaridad del demodé. En los retratos de Rubens, de Tiepolo, la ropa es una invención, Klimt con sus vestidos y joyas de hoja de oro, la creación era leyenda, un retrato no es una identificación, “oficial”, es mito, y los pintores se convertían en couturier que mejoraban cualquier traje con su talento.

La elegancia está al borde del esperpento, la balanza entre, la  novedad y la extravagancia enloquece, Karl se equivocó muchas veces, en el 2016 en el Barbican Centre de Londres, la exposición The Vulgar: Fashion Redefined, mostró las prendas más inverosímiles creadas por los grandes nombres del diseño, desde el siglo XVII hasta el siglo XXI, y ahí estaban los tennis y toda la Colección otoño-invierno 2014-2015 de Chanel, lanzada en una escenográfica pasarela de supermercado, con abrigos de homeless encima de ropa deportiva. Los barcos montados en los peinados de María Antonieta, que le costaron la cabeza en la guillotina, siguen navegando en el diseño contemporáneo, la diferencia es que la democracia permite ser ridículo por mayoría de votos.

Karl emigró de Alemania a París, de Balmain a Patou de ahí a Chanel y jugó con las masa en H&M, llamó obsoleta a Coco Chanel y dijo que haría con la marca lo que ella nunca pudo lograr, renovarla con un lifting cada temporada. El tenedor se inventó en el siglo XVII, antes comían como salvajes, eso revolucionó la gastronomía, la moda nos ha civilizado, refinado, es la educación que nos permite estar en el escenario del mundo “La vanidad es la cosa más sana de la vida”, vaticinó Karl.

miércoles, 20 de febrero de 2019

EL GRAND TOUR, LA GRAN CULPA

SÁTIRO Y HERMAFRODITA, ROMA SIGLO 2

En el año de 391 los cristianos incendiaron la Biblioteca de Alejandría siguiendo al enfebrecido  obispo Teófilo y el fanatismo del emperador Teodosio.  Pablo de Tarso clamó que la sabiduría, la ciencia y la filosofía impedían el acceso a Dios, la duda queda proscrita del pensamiento humano. Los cristianos impusieron su fe quemando bibliotecas, derribando templos, asesinando matemáticos, filósofos, poetas, acusando de herejía a todo pensamiento que no fuera su monoteísmo. En Antioquia las familias llorando quemaron sus bibliotecas, los libros se enterraban bajo lápidas, del índice de Diógenes Laercio con las obras del Clasicismo sólo queda el dos por ciento, Aristóteles, Platón, Teofrasto, Séneca, biología, astronomía, poesía, todo fue aniquilado para alcanzar el Paraíso, imponer la Ciudad de Dios, con fe y sin ciencia. En la Ilustración los aristócratas europeos viajaban a Roma buscando el ideal sacrificado, el Grand Tour, el sueño de salir del oscurantismo y recobrar la luz del conocimiento.
En el Museo Nacional de Antropología e Historia, en la Ciudad de México, se expone Belleza y Virtud, más de 120 piezas que adquirieron coleccionistas ingleses en su Grand Tour del siglo XVIII, como sir William Hamilton, Henry Blundell, Henry Howard y Thomas Hope. El pensamiento grecolatino cultivó la sabiduría, el cristianismo hizo de la ignorancia su báculo y guía. La Ilustración buscó en la ciencia los orígenes de nuestra Naturaleza, y en la filosofía el nacimiento del individuo, recobró la democracia, la investigación, la oratoria, el arte materializaba esa travesía en esculturas, pinturas, cerámica y el coleccionismo de obras Clásicas fue un vicio exquisito. San Juan culpó al cuerpo como enemigo de la mente, alcanzar la virtud era una lucha entre la carne y el espíritu, el Clasicismo veneraba al cuerpo y fue tema fundamental del arte, las virtudes divinas habitaban en la armonía atlética, la belleza y el erotismo no llevaban a la perdición, los artistas sacaron del mármol hombres y mujeres perfectos que se ofrendaban en los altares.
Acaparar al ideal impulsó el tráfico de arte, las esculturas despedazadas por órdenes de San Agustín, porque invitaban a la lujuria y al paganismo, se rehicieron con los pedazos que los artesanos ensamblaban en obras “completas“ que los ingleses ilustrados peleaban en el mercado. Cabezas desproporcionadas, pies de hombre en cuerpos de diosas,  drapeados de mármol confeccionando vestidos imposibles, inventaban nuevos dioses en pastiches absurdos. Los hermafroditas con genitales mutilados, pocas religiones se han obsesionado tanto con la  sexualidad como el cristianismo. La misión del Grand Tour de recobrar los pedazos de esa cultura destrozada se simboliza en esas esculturas hechas con fragmentos. El fanatismo, la ignorancia y la barbarie contemporánea continúa destruyendo al arte, nuestro Grand Tour está más lejos, y será más largo,  porque la tiranía de la mediocridad es implacable.  

lunes, 4 de febrero de 2019

4 MINUTOS Y 30 SEGUNDOS

“El arte toma tiempo” nos dice con sabiduría el publicista de Burger King, y lo demuestra con un corto cinematográfico de Andy Warhol comiendo una hamburguesa, que filmó el artista   Jorgen Lenth en 1982. El corto fue utilizado como publicidad de Burger King en el Super Bowl de este 2019, cuando las marcas lanzan sus campañas más costosas y las celebrities venden el glamour del capitalismo, llega el arte contemporáneo VIP a ocupar el museo que siempre han anhelado: la pantalla que los acerque a las masas.
El filme es una anti campaña y una anti obra, el pobre de Andy, que abusaba de la comida basura como parte de su statement artístico bulímico, metiéndola en su metabolismo y vomitándola en sus obras, no puede comerse la hamburguesa, es la comida más larga y tortuosa que se puede ver en pantalla, en esos 4 minutos y 30 segundos, la embadurna de sala cátsup, la observa, y mastica con una cara de disciplina neoliberal ochentera, hasta que decide quitar una rebanada de pan, comer un poco más y la mete en la caja sin terminarla. La verdadera obra son los desperdicios, la bolsa, la caja y el pedazo mordido, eso lo podrían haber subastado en el medio tiempo del partido del Super Bowl. El publicista, para demostrar el poco talento y nulo intelecto que ejerce para promocionar un producto que se vende solo, arraigado en el gusto masivo por la chatarra y la mala salud, premio a los primeros compradores que se inscribieran en la campaña de Twitter, y les hizo llegar una “mysterious box”, una caja que si Andy la hubiera visto pensaría que alguien lo estaba amenazado de muerte, el kit contiene una peluca estilo Warhol, una botella de salsa cátsup, y un cupón canjeable por una hamburguesa Whopper.
El corto, por supuesto, se va a exhibir en el Whitney Museum en Nueva York y en página oficial de Burger King. Es la sinergia perfecta, la realidad total del arte VIP, se derrumban los discursos, se acaban las teorías, ahora los doctorados serán de cómo tragarse una hamburguesa y con esa tesis ganarán subvenciones y exposiciones. La comida basura y el arte basura unidos en su vocación por el menor esfuerzo intelectual y físico. Andy nunca fue artista, él era un publicista, y con su comercial post mortem se dimensiona en dónde deberían ser estas exposiciones, ya vimos la de Gabriel Orozco en el Oxxo, sus museos están en los templos del consumo rápido y barato, en los lugares en donde la sociedad se enfila a ocupar su  lugar de peón del establishment ideológico. Es una lástima que los espectadores en lugar de presenciar a una celebridad gozando de su hamburguesa, hubieran visto al freaky de Andy tragar con esfuerzo, ese es el precio del arte, y el de la Fundación Warhol que dio el permiso para que la marca explotara el filme. Los millones de consumidores estarán felices de saber que cada vez que comen su paquete de refresco, papas y Whopper se devoran una obra de arte, son artistas y su performance forma parte de la trascendencia del arte contemporáneo VIP, una trascendencia que dura 4 minutos y 30 segundos


domingo, 3 de febrero de 2019

SECRETOS AJENOS


Los barnices de Vermeer, los de Dalí o de los hermanos Bellini. Los pasteles de Degas, que dejaba en el sol por días para lograr las tonalidades. El esfumato de Leonardo, la invención de la cámara oscura y la plumbonacrita que Rembrandt agregaba a sus pigmentos en los efectos de luz y relieve de sus pinturas. Es la obsesión de los investigadores y artistas, descubrir los secretos de los maestros. La investigación, aunque apoya en la autentificación y restauración de obras, es manipulada para reducir al arte a fórmulas y “habilidades manuales”, como si descubriendo el uso de un ingrediente revelara el misterio de la creación de una obra. El desarrollo técnico es consecuencia del concepto del artista y trabaja con los materiales para la resolución de ese problema, y permitir que la obra exista.
El asunto es que el arte contemporáneo VIP no tiene secretos de factura, materiales y realización, comenzando por el mingitorio hasta la variedad de performances con papel de baño de Yoko Ono. El paso del artista, como hacedor de la obra en la que involucraba su intelecto, imaginación y capacidad técnica; al nuevo artista VIP como “pensador” de la obra, que manda hacer, que no hace porque es nada, que ya está hecha porque es un readymade, acabó con la labor humana de crear belleza a partir de la inteligencia. La denostación de la realización de la obra y las técnicas ha arrojado miles y miles de obras carentes del más elemental misterio. Las obras con detritus orgánico lo único que pueden investigar es el ADN de los orines y saber si son auténticos del artista o si contrató a otro para que orinara en el lienzo. El readymade exterminó el proceso cognitivo de la creación y las consecuencias directas son la obviedad, falta de complejidad intelectual y la ausencia de secretos del arte VIP. Al dejar de ser un reto la conceptualización y realización, la desidia de “hacer filosofía” con ocurrencias, el menor esfuerzo es la virtud de la modernidad. Ser merecedora de una nueva clasificación, como los “conceptuales lúdicos”, que hacen crítica social con chistoretes, es la simple transacción entre un artista oportunista y un académico con deudas.
Los investigadores y curadores VIP se jactan de los “complejos procesos” de las obras, documentan con detalle la recolección de chicles pegados en las calles, que el artista separó y volvió a masticar, nos dan la provenance y el calendario de cada “pieza”, le otorgan beca y  financiación, y el museo la compra para su acervo. El catálogo lleva un texto sobre la fenomenología del chicle pisado y masticado, sus implicaciones sociales, de género y, además, nos dicen que la obra continúa en proceso. El gran “ingrediente secreto y misterioso” del arte VIP, que tendría que ser sometido a Rayos X, es la poderosa infraestructura institucional que impulsa la abulia intelectual como forma de manifestación artística, son los tratos entre curadores, artistas, galeristas y museos, que colocan a la estupidez en el pináculo de la maestría.  

EL TESORO EN EL CUERPO

 En la cabeza la filigrana de oro tejida por artesanos, incrustada con las esmeraldas de mineros esclavos, la corona es aura pesada que eleva la cabeza y deslumbra a los envidiosos dioses. El cuello ahorcado con la hilera de perlas, en la garganta que canta vaticinios y palabras adoradas. Las leyendas de la estirpe labradas en un pectoral de fuerza, herencia, zafiros, leones, torres y campos que la rapiña conquistó para engolfarse. El  ser humano padeció la vulnerabilidad de su cuerpo y se refugió en el fetichismo de las joyas que ahora está expuesto en el Metropolitan Museum de Nueva York. El cuerpo viste, calza, traga y respira, bebe y transpira, se enferma, se retuerce de placer y dolor, es un cofre abierto cargado de joyas, para protegerse demostrando poder, infalibilidad, hechizo, seducción, o una fe que pende en un yugo, en una condena sin perdón. Expulsado del Paraíso se vistió, no con pieles o con rudos textiles, no, fue una sortija que le traería eso, sortilegios, la protección mínima, urgente, ante el miedo a la perversa realidad, inventada por los dioses para divertirse con nosotros. Tiaras y cadenas barrocas de dioses sensuales y valientes de la India, cuidan fertilidad, juventud,  emanaciones sobrehumanas de fuego y aire.

Coronas con esmeraldas para vírgenes que lloran descalzas. Serpientes enroscadas en los brazos, antídoto dorado para venenos promiscuos del imperio bizantino. Espadas de reyes, falo filoso, y largo, arma memoriosa y vengativa. En la creación de una joya hay escultura y mito, los materiales son la búsqueda de lo excepcional, brillo, pureza y la penuria para obtenerlos. El amasiato de la muerte y la belleza, diamantes y piedras preciosas, perlas limpias o barrocas, metales preciosos, son vidas, detrás del preciosismo hay cadáveres, es el precio que pagan unos y gozan otros. Anillos en pies y manos, amarrados a pulseras y tobilleras, coronas con cadenas que cubren el rostro, deslumbra el ser que se impone el castigo vestir con riqueza dolorosa, convertirse en intocable, hafefobia fastuosa, retirarlas es ritual tortuoso, debajo del esplendor está la ruina. Las armaduras cubrían la cobardía, los báculos demostraban rencor, las gargantillas protegían de la venganza. La cota de malla de Alexander Mcqueen, inspirada en las medievales, cristales rojos de Swarovski montados en aluminio, vestuario sadomasoquista, dominatriz que excitaría Felipe IV el puritano paladín del catolicismo, que alardeaba mostrando sus purulentas pústulas pudriéndole el cuerpo, materiales modernos para un diseño ancestral, cuando la peste arrancaba las condecoraciones de la guerra. Las piezas realizadas con lápices, esperma, alambres, la modernidad que desacraliza, honrando a deidades estériles de promesas, mitos y altares, la única superstición que nos sobrevive es el reciclaje de la intrascendencia.