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Sherrie Levine, Fountain (after Marcel Duchamp) 1991 |
La raíz es la misma, complectere,
complexum, abarcar, conectar. La palabra
complejo se utiliza indiscriminadamente para calificar a algo que está fuera
del alcance de la comprensión y también para señalar un estado de la persona
que “sin ser negativo, tiene consecuencias negativas” según Jung. El
acomplejado es víctima de un complejo, padece una inferioridad, real o
subjetiva, y la hace una parte fundamental de su personalidad. Este complejo se
supone interesante y complicado para Jung que lo estudió, y le pronosticó innumerables
formas. Es un patrón de emociones, memorias, percepciones y deseos organizados
alrededor de un tema en común. Es incompatible con la conciencia, y sin embargo
modifica el comportamiento.
En el arte han explotado esta palabra, por cada manifestación
artística que se demuestra sin inteligencia y sin calidad de realización,
existe algo complejo que siempre está fuera del entendimiento del público. Es
tal su necesidad de argumentar que los objetos que tenemos enfrente de nosotros
no son lo que parecen y que detrás de ellos existen diversas ideas que no son
apreciables, que esto se ha convertido en una neurosis colectiva que afecta a
la academia y artistas VIP. Las obras se presentan igual que un complejo
psiquiátrico, las ideas que les dan forma no aparecen a la luz, están digamos,
reprimidas, ocultas, y para salir a la superficie visible necesitan de la
intermediación curatorial que funge como terapeuta. Para Jung el “poder del
complejo” puede ser tal que se comporte como “seres independientes”. Es
justamente lo que sucede con un texto curatorial, que es donde reside gran
parte de la ficticia dificultad de la obra, se comporta de forma independiente,
al grado que puede versar sobre un objeto u otro, sin que el texto se vea alterado
y mucho menos el objeto. La necesidad de complejizar lo simple está en hacerlo
interesante. La presencia operativa de la obra está determinada por su grado de
complejidad que se debe traducir como la gravedad del complejo. Si rechazamos
la existencia de este complejo, es decir las ideas, emociones, estados mentales
y una serie de fantasmagorías que se encuentran dentro de la obra, un tubo de
luz de Dan Flavin o una sesión de ruidos, ésta carece de interés. Al artista,
los curadores y la academia les traumatiza que nos neguemos a ver lo que no
existe como real o tangible, porque entonces las obras no son complicadas y en
cambio sí son productos acomplejados. Estas obras son víctimas de su propia
insignificancia, que se manifiesta como una minusvalía. El artista se sabe en
desventaja, conoce sus limitaciones técnicas y creativas, y en lugar de
superarlas hace de esta inferioridad e indefensión, su defensa.
Afortunadamente la psiquiatría está abierta a nuevas formas
de complejos y siguiendo el estilo arquetípico junguiano, podemos diagnosticar que
la academia y los artistas padecen en su psique colectiva el “Complejo del Urinario”,
con las siguientes características: Afirma que la obra no es entendida. Cree
que es una eminencia que está por encima de los demás. Incapacidad de explicar
con claridad lo que quiere decir. Siente que sus objetos y teorías están
subvalorados. Exige atención constante sobre sus objetos e ideas aunque no sepa
bien de qué se tratan. Asegura que sus obras poseen una misión especial y
salvadora del mundo. Rechaza sistemáticamente a la crítica. Señala a los que no
lo apoyan como sus enemigos. Padece alucinaciones, ve en sus objetos elementos
que nadie ve. Sufre la indiferencia hacia sus obras. Sostiene que hay un
complot en su contra. Copia o roba compulsivamente la obra de otros.
Los espacios terapéuticos que el artista, la academia y la
obra reclaman son el museo y la galería, y el tratamiento es la consagración y
la fama. Un complejo se tiene que resolver, pero en el arte VIP,
video-instalación-performance, éste es su razón de existir. El “Complejo del
Urinario” hace que la persona pierda el sentido de la realidad, que sus
argumentos sean emocionales no racionales, por eso las obras carecen de sincronía
entre su presencia física y su discurso intelectual. Seamos benevolentes y
permitamos que las debilidades de las obras sean sus valores artísticos.