viernes, 9 de marzo de 2018

FANTASÍA Y ÉXTASIS

El entierro del Conde de Orgaz, El Greco. 
 La existencia carece de testigos, la vivimos desde nuestra experiencia que es parcial y distorsionada por nuestras emociones y frustraciones, la obra del Greco se muestra como una crónica de lo no escrito, de lo no visto, de lo que él eligió representar, lejos de los alcances del resto. La Ciudad de Toledo es un museo de sitio que se confunde entre un parque temático para turismo masivo, y el refugio del excepcional acervo de la obra de Greco.  La muralla obliga a un claustro que aísla, desde lo alto de la colina es un observatorio de ese exterior del que se separa el alma y dentro, entre sus paredes, en los muros donde cuelga la obra del Greco, ahí está lo más oscuro, lo que la luz de la razón ilumina. 
 El Entierro del Conde de Orgaz en la representación de la leyenda de un milagro manifiesta las miradas de la existencia. Las directrices teológicas que el pintor haya seguido en la representación se trasforman en un significado filosófico. Iniciando está el cuerpo en la efímera condición mortal y carnal, ese cadáver que va a ser enterrado, capta la atención de los hombres, miran ese pedazo del pasado en una pesadumbre o compasión ignorante, ya no hay nada en él, entonces no hay qué lamentar. Mientras miran absortos el portento sucede sobre de ellos, así como en la vida, las necedades nos distraen de lo trascendenta: con los movimientos del color y los trazos que hicieron de la obra del Greco una excepción en el arte, el espíritu se levanta con el vuelo de un ángel, sin peso, la luz es transportada por un ser etéreo, en una osadía estética, el Greco le da “forma” al alma como un objeto transparente alargado, y entendemos que los cuerpos en toda su obra están supeditados a esa masa volátil, no a un esqueleto. De ese prodigio, sólo se percata un religioso, el resto sigue distraído en la mortalidad del instante. En la disposición de ver está el milagro. El cielo, ese estadío al que solo se accede sin el lastre del cuerpo, es una reunión de seres metafísicos trasparentes, lo preside la Virgen acompañada del Cristo luminoso, y aunque poseen características físicas, no poseen carnalidad, ni densidad, son ideas, son palabras, dogmas, rezos, los atrae la fe en mirar. 

La luz del Greco en el color y los reflejos es la luz del espíritu. La pintura sacra realizó una de las búsquedas más complejas del arte: pintar la invisibilidad del espíritu, darle una forma comprensible que alimente la necesidad de creer en algo no humano que nos acerca a lo divino y nos consuela de ser mortales. La composición con líneas que se elevan, se diluyen podría separarse de lo terreno, está “despojada” de humanidad, el contraste con el cadáver es que mientras lo que resta de la carne es corrupto, lo que vive sin ella es puro, es ligero, y se deposita en las alturas ingrávidas. El testimonio lo llevan los que están en posesión de la fe y el niño, que en un primer plano y casi al margen de la acción, superpuesto en la composición y dando el efecto de un observador posterior, señala la escena y nos mira, es el presente, el momento en que el espectador contempla y el testigo señala.  Las fases del tiempo se muestran, el pasado en el entierro del cadáver, y la eternidad en la representación del mito y sus dogmas. Somos eso, el cuerpo que cada día muere, y se entierra en sus males y necedades, enajenados en lo que ya no poseemos, dejando pasar eso que trascenderá nuestro dolor. La meditación, la oración son el silencio de la verbalidad, lo que se repite es para el interior, no para mantener un diálogo infructuoso con el exterior. La pintura sacra es meditación en imágenes, la contemplación cita al espíritu en otra visión, que es personal, profunda, que no responde a la gratificación de los sentidos.

1 comentario:

Jose Luis Barros dijo...

El arte verdadero no sería lo que es , si no fuera por El Greco. Uno de mis filósofos favoritos (André Comte-Sponville) dice que los inventores nos hacen ganar tiempo; y que los artistas nos lo hacen perder. Es decir; que si Newton no hubiera existido, alguien tarde o temprano hubiera llegado a las mismas conclusiones sobre la física clásica. No así con el arte, supongamos que El Greco hubiera muerto al nacer; bueno pues de ninguna forma hubieramos podido tener esta obra maestra. Nadie más; ni tarde ni temprano hubiera podido hacer esta obra. Al recrearnos en ella (o cualquier otra obra maestra) nuestro espiritu "se pierde" o se reincorpora en su escencia, toma conciencia de sí.
Y uno se pierde en esa maestría con la que El Greco trabajaba las luces y sombras; las texturas y esa paleta de color prodigiosa que tanto influyó en el arte moderno.
Saludos y Gracias