viernes, 14 de octubre de 2016

NOBELITO

El Premio Nobel de Literatura para Bob Dylan hizo chiquito al premio, empequeñeció sus fines y es una bofetada a la lectura, a la concentración, al esfuerzo de adentrarse en la complejidad de la literatura que no busca la inmediatez. Es un premio facilón para los que no leen, para el populismo de las redes sociales. La excusa de la Academia de que es un “poeta” no tiene sustento después de que escritores como T.S. Eliot han recibido ese premio, todo lo que ha escrito este cantante sumado no alcanza la inteligencia de uno sólo de los poemas de T. S. Eliot. A nivel musical sucede lo mismo, el discurso y la profundidad de músicos contemporáneos como Arvo Part o  Zbigniew Preisner, ni siquiera hay nivel para compararlos, esto si se trata de ver el peso del cantante en el arte actual. Dylan es popular, esa es su mayor virtud, es un rebelde políticamente correcto, que le canta al Papa, con letras de tarjeta de felicitación. Fácil de oír, no mete en problemas al sistema, en su elección es fundamental que hace sentir “inteligentes” a sus fans, es como decirles: “mira sí tienes algo de cultura, lo que oyes mientras manejas es literatura real”, por eso la exultante alegría de las redes.
Es un signo de nuestros tiempos populistas darle al gusto masivo nivel de cultura y hasta de arte. El Museo del Estanquillo es un homenaje al coleccionismo de lo vulgar, del nivel de la inconsistente y sobrevalorada obra de Monsiváis. El corrido del narco es estudiado y considerado literatura. La condescendencia de ser “inclusivos” es un afán demagogo que está arrastrando al arte y la cultura a bajar su nivel de creación, es tal la facilidad de llamar a cualquier estrofa “poema” que la nueva poesía florece entre la simpleza y el twitterazo.

El Nobel de Literatura también es un reconocimiento a los lectores, a la necesidad de estudiar y abordar nuevas y complejas formas de desarrollar el pensamiento, con este premio le dicen a la gente que está bien no leer, que basta comprar un librillo o un  disco de alguien que tiene montado su aparato de marketing como “canta-autor”. La música popular se premia por las ventas de discos, con fiestas que organizan las disqueras y canales de videos, esa “distinción” es un reconocimiento a los miles de fans que llevaron a ese disco a la lista de superventas. La lectura es lenta, el análisis de una obra literaria, de un poema, nos involucra con los textos, no hace meditarlos, retomarlos. La música popular es rápida, analizar una de estas canciones es un ejercicio ocioso, no hay complejidad, su destino es ser fácil, repetitiva y pegajosa, por eso se venden. Los lectores son los grandes perdedores con esta selección. El Nobel ha ido de bajada, tiene décadas disminuyendo su alcance pero esta vez se redujo de tal forma que el siguiente premio se lo pueden dar cualquier youtuber o a la twitteratura en masa. Con esto ya sabemos que para la Academia es más importante ser popular que detonar la lectura.