sábado, 22 de agosto de 2015

YO, EL PODER.

GASPAR DE CRAYER, FELIPE IV EN ARMADURA DE GALA . Fotografías de Aldo Hinojosa. 
La pintura nos enseña que el retrato de un canalla puede ser arte. Goya pinta al populista y déspota Fernando VII posando frente al campo de batalla, no le da valor o dignidad, es un vanidoso con su uniforme al que Napoleón describía como “estúpido y ruin”. El arte está en los caballos sin jinetes, en el rostro del hombre que cuida el caballo del efímero monarca y el telón de fondo en gris óptico. La exposición Yo, el Rey, en el Museo Nacional de Arte sobre “las formas de representación de la monarquía hispánica en las artes” es injusta e insuficiente. 
GASPAR DE CRAYER, FELIPE IV EN ARMADURA DE GALA, detalle. 
 Están injertados en el recorrido Iturbide con sus folclóricos delirios regios y Maximiliano del que su familia se deshizo con un oportuno exilio en México. No se puede hablar de “representación en el arte” sin abordar la peligrosa relación entre el arte y el poder, sin la dependencia torturada, cómplice e indispensable que mantuvieron y que nos dejó obras maestras en pinturas, palacios, esculturas, música. El tema de las obras ya es anecdótico, es información, lo que las hizo trascender es su valor como arte, admiramos un retrato de Mariana de Austria porque es de Velázquez, por el fondo siniestro del barroco y las pinceladas abstractas del encaje. A los artistas le tomó siglos ser respetados como creadores y hoy esta exposición les regatea su participación fundamental en el mito de la monarquía. La magnificencia del gobernante estaba en las obras que los mostraron como héroes, que les daban esa estatura mítica, el poder y la religión son una invención ideológica y estética.
LUCA GIORDANO, RETRATO DE CARLOS II. 
El retrato del rey lo saca de su condición humana, esculturas, bustos, relieves, son un altar que glorificaba a un hombre que mandaba sobre vidas vulgares de las que no emanan rayos luminosos. El artista tenía con cada retrato una doble y difícil misión, inventar a un ser magnifico de un enclenque y enfermizo necio, y hacer un gran cuadro, una hermosa escultura, porque si la obra no alcanzaba a ser arte, la consecuencia fatal recaía en la imagen del soberano. Una obra mediocre es un golpe de Estado, es una guillotina. La exposición no valora que sin esa representación el rey es invisible para el pueblo, el delicado equilibrio entre la mitificación y la objetividad. En la noche de Varennes, la absurda huida de Luis XVI y María Antonieta, los pobladores nunca habían visto en vivo al rey, jamás habían entrado a Versalles, lo reconocieron por la efigie de las monedas y dieron la señal de alarma: el rey está abandonando a su reino. Esa era una de las funciones de estas obras, de los grabados que se hacían a partir de las pinturas, y es el mismo fin de las imágenes religiosas, darle visibilidad a un ser que vive fuera de la realidad y de la sociedad. La inclusión del rey en las monedas y más tarde en los billetes, es la cúspide de la representación: el dinero es poder y a su vez el poder del gobernante es decidir cuánto vale su dinero, de ahí dimos el paso para convertirlo en el nuevo dios. 
JEAN RAC, FELIPE V, REY DE ESPAÑA
 La representación del rey no es una superficialidad, el mito depende irremediablemente de la obra, la herencia elegía pero el artista erigía. La configuración de la persona en un lienzo lo sacraliza, ya no es humano, es obra, es inmortal. Lo podemos ver en Felipe IV pintado por Gaspar de Crayer, la armadura es un cuerpo dorado, sobrehumano, ornamental. El Felipe V de Jean Rac, el terciopelo azul de la casaca, inconcebible fuera de esa pintura y la mano imitando el gesto de la anunciación: sus órdenes son designios. El gran poder y privilegio que tenía la monarquía era inventar sus virtudes y materializarlas a través del arte, no necesitaban actuar, ni siquiera gobernar, bastaba posar, el artista haría lo demás. El gran poder que tuvieron Velázquez, Rac, Crayer fue la creación de obras maestras que han sobrevivido al juicio de la Historia, el arte continúa y las monarquías son obsoletas, anacrónicas. El rey muere y el arte permanece.

JEAN RAC, FELIPE V, REY DE ESPAÑA, detalle. 
 Actualmente la sociedad protesta porque resulta “costoso” que un gobernante comisione su retrato a un pintor talentoso, es un reclamo absurdo, gracias a eso por lo menos nos queda algo valioso del infausto legado de la mayoría de los gobernantes. El retrato de un rey vale más que su reinado.  
Quiero aclarar que el MUNAL, y su curador no me convocaron al evento que hicieron sobre mi texto Yo, el Poder. Es un acto de cobardía y censura por parte del MUNAL y su curador porque me despojaron del derecho de réplica. Me imagino que así de débiles fueron sus argumentos para una exposición mal montada, sobre saturada de objetos y con una selección de obra arbitraria. Si le tienen miedo a la crítica, no hagan exposiciones, hagan banquetes que para eso sirve el MUNAL. 
MARIANA DE AUSTRIA, REINA DE ESPAÑA,  DIEGO VELÁZQUEZ, detalle. 

sábado, 8 de agosto de 2015

PIRATERÍA DE AUTOR.

Murakami, Vans show
 El contexto más redituable para el arte VIP (video-instalación-performance) es la bolsa, los zapatos, la ropa. El nombre del museo o de la galería se sustituye por el de la marca: Louis Vuitton, Prada, BMW, que además encumbran el nombre del artista. Lo fashion es vender el arte como un objeto de lujo no como una obra intelectual o poética, es el nuevo Rolls Royce. Warhol dijo que los objetos vulgares son arte y ahora el mercado del lujo resignifica las obras vulgares en iconos de la neo-pop-culture, los convierte en dinero y moda.

Murakami Vans Shoes
 Louis Vuitton le canceló a Murakami un contrato que había durado diez años, porque le vendió sus monitos infantiloides y happy faces a Vans. Es una tragedia artística porque si los monos de Murakami estampan unos tenis de 1,600 dólares, se percibe que es un artista costoso, stylish o lo que la retórica VIP crea de él, y si su “obra” está en unos tenis de Vans de 65 dólares, entonces el caché del artista y su “significado” caen estrepitosamente al nivel de los tenis de Winnie the Pooh de la colección Disney. Eso sucede con su obra, expuesta en las galerías más caras de las ferias de arte o en los muros de Versalles es presentada como arte, pero si está en una tienda de todo a cien, entonces es desechable y sin ningún valor intelectual, ontológico  o  cualquier concepto paranormal que le asigne el curador. La obra de Murakami es igual a Winnie the Pooh, la decepción para sus coleccionistas es que decorando sus accesorios de miles de dólares era un prêt-à-porter o ready to wear de su colección VIP, en cambio ahora su obra y sus accesorios están devaluados porque estampan tenis para gente que jamás compra esculturas de manga o comisiona retratos con flores. El arte VIP (video-instalación-performance) se benefició porque las firmas y sus objetos están muy bien posicionados, con o sin los colores que le aplicó Murakami, Viutton ha vendido exitosamente esos accesorios por más de un siglo. Lo que ganan las firmas es que el concepto de arte tiene un peso cultural, un diseño “artístico” es un extra que permite subir el precio.
Murakami fake bag. 
La plataforma que lanzó definitivamente a Yayoi Kusama también fue Louis Vuitton, no un museo, una obra o su fulgurante trayectoria. El staff de la firma replicó los lunares en las tiendas, ropa y accesorios, ella dió el nombre y una idea elemental. El consuelo que le queda a Murakami es que el verdadero negocio, como todo el estilo VIP lo sabe, no está en ser original, está en copiar y en la piratería. Siguiendo las enseñanzas de Walter Benjamin, la reproducción mecánica del made in China le regresará la gloria y el negocio perdido. El aura que tan fantasmagórica resulta para el estilo VIP, la resuelve con un precio accesible, una red de ventas aplastante y dinero que navega en paraísos fiscales. Los cánones de copiarse a sí mismo y del plagio VIP le permiten asociarse con la industria de la piratería que ya se apropió de los logos y los diseños, y patentar el pirata-original, ya no necesita a esos exigentes peleteros que ignoran que en el estilo VIP no existen los derechos de autor, que el plagio es legalmente fair use y que si en la etiqueta agrega un texto que hable de que esa bolsa o esos zapatos son un “cometario crítico a la noción de autoría, al monopolio que ejerce el neoliberalismo y las nuevas formas de producción, etcétera” escrita por el director de la Bienal de Venecia, hasta consigue que en la Sala de Turbinas de la Tate expongan miles de productos con sus diseños y legalizan el mercado negro. Louis Vuitton paga 15 millones de euros anuales en abogados que se pelean con los fabricantes piratas, Ebay fue condenada por la Corte Comercial de París a pagarles 36 millones de euros por daños al vender falsificaciones, ese dinero sería para Murakami y sus socios.
Con los Murakami pirata-original,  el negocio de la falsificación encontraría una coartada legal para su mercado, bastaría con esgrimir los argumentos de los abogados de Koons y Richard Prince. Además se haría justica a toda la clientela que compra piratería, por fin no sentirán que son cómplices un delito o de algo ilegal. La revolución económica, artística y social sería tal que vender y comprar un Murakami pirata-original sería un performance, una obra del estilo VIP.