viernes, 26 de septiembre de 2014

CÍRCULO VICIOSO.

¿Qué es el arte? Hoy que todo es arte, curadores, artistas, galeristas, ninguno alcanza a definirlo. Según Aristóteles una definición contiene la “esencia de esa cosa”, la definición existe para darle claridad, significado y realidad a algo. En medicina si el enfermo puede describir lo que siente o padece, la enfermedad existe. Si el arte es algo indefinible para un grupo, entonces no existe y no es arte. Anselmo de Canterbury en su prueba ontológica de Dios dice que si se puede tener en el pensamiento la idea de Dios, por grande que éste sea, es porque parte de una realidad y entonces existe. Si los curadores, artistas y expertos carecen de una idea del arte, entonces el arte no existe.

Es contradictorio que en un estilo artístico como el contemporáneo VIP que se esfuerza en explicar, clasificar y aplicar terminología a cada obra, objeto y manifestación para insertarla en cientos de categorías que le den lugar a todo, todo lo que el artista haga, no puedan englobar ese todo en una idea clara. De hecho con cada obra inventan un término y una categoría. Las partes están siempre sobre verbalizadas y el todo carece de verbalización, en un estilo en que la obra es básicamente verbal porque nunca es lo que representa y se atiene a una explicación o una ontología que le da otro sentido y razón de ser que presencialmente no demuestra. Esta debilidad del estilo VIP es como una enfermedad en la que los síntomas están exhaustivamente descritos pero los expertos nos saben qué es, cómo funciona y aun así la “curan”. Los curadores curan un arte que no pueden definir.

Lo indefinible es un principio metafísico que se aplica a lo que no alcanzamos a comprender o que no podemos describir, como dios que es ilimitado, puede ser miles de cosas y sin embargo no es nada, no tiene forma, presencia o función clara. Hay definiciones que son “explicativas” que sirven para conceptos “imperfectos” pero tampoco dan una explicación ni de por qué eso que exponen tendría que ser arte, aunque según ellos expliquen qué es eso. Atendamos este diálogo: “¿Eso es arte?”. “Si, es arte”. “¿Qué es eso?”. “Es una instalación de latas de aluminio que representan una metáfora y una acumulación escultórica”. “Entonces ¿Qué es el arte?” “Eso no se sabe, cambia, no puedo decirlo, es indefinible…” y así se puede seguir con las razones de no saber. La obra tiene un significado arbitrario y el arte carece de significado. La cuestión es ¿cómo designan eso como arte sin ser capaces de decir qué es el arte?

El relativismo de lo indefinible protege del error no sólo a los artistas, también a los curadores y expertos. Sin decir qué es han logrado hacer un todo que siempre es inclusivo, cada parte u obra es aceptada como arte porque el todo que asimila carece de límites o jerarquías, de esta forma siempre aciertan en decir que lo que hacen es arte. El problema surge cuando este relativismo de los especialistas que señalan cualquier objeto como arte, se enfrentan a dar una definición que sea válida para las obras que no tienen las características del arte contemporáneo VIP, es decir, obras con claros objetivos, obligaciones técnicas, jerarquías de valores estéticos y temáticos que, además, ya han pasado por un largo trayecto de prueba y error, que como en la ciencia, se traduce en evidencia que es la obra misma. Aquí el relativismo no funciona porque la verdad del objeto está presente en el objeto mismo y no es posible acuñar una definición que funcione para las dos vertientes sin caer en una contradicción.

En la Suprema Corte de Estado Unidos hay una salida legal que dice “No estoy capacitado para decirte qué es, pero lo sabré si lo veo”.  El conocimiento es discriminatorio, dice esto es y esto no es, pero si todo es arte el conocimiento sobre el arte es innecesario, porque todo lo que hagan lo verán como arte. Es el fin del readymade, cualquier objeto es designado como arte, y a partir de ahí es visto como arte. Entonces estamos ante dos vertientes, una que exige de conocimiento, preparación, talento, desempeño técnico, resultados y otra que no necesita ningún tipo de conocimiento, ni de preparación que incluye todo y lo que sea. El estilo contemporáneo VIP es un circulo vicioso tautológico, que solo alcanza a decir es arte porque es arte. 

domingo, 14 de septiembre de 2014

LA HERENCIA MALDITA.

Yoko Ono, 81 años. James Turrel, 70 años. Nam June Paik, nació en 1932, hoy tendría 81 años.  John Baldessari, 82 años. Barbara Kruger, 70 años.  Gina Pane, nació en 1939. Estos son algunos de los artistas que comparten la paternidad de las expresiones que explota el arte contemporáneo VIP para etiquetarse a sí mismo como el arte de los jóvenes o el arte emergente. La rebeldía de la juventud inicia con el distanciamiento de los padres, con la renuencia a seguir un ejemplo y la decisión de crear un camino propio. El arte emergente VIP, en cambio, niega emanciparse y sigue sin cuestionar lo que sus padres les han estructurado y heredado como arte. Con resignación atávica repiten las ideas, utilización de las herramientas, lenguajes y medios que sus padres usaron hace décadas y desfasados en la cronología insisten en presentarlos como actuales y como síntoma de rebeldía. No hay novedad y tampoco son un rasgo de la juventud independiente, la brecha generacional no existe porque son una copia obediente. Tampoco necesitan librar las batallas en contra de la disciplina, el rigor de la técnica y la enseñanza porque eso ya lo hicieron generaciones anteriores, hoy los vástagos depredan la cosecha. Se refugian en el legado de ser “artistas”, por contagio o por transfusión conceptual, para negarse a aceptar que no están aportando a lo que ya dejaron sus antecesores. Si su mamá Barbara Kruger hace c-prints con letreros “críticos” los hijitos emergentes se van detrás de ella. Quieren hacer una instalación de video, no hay que inventar nada, ya su abuelo Nam June Paik, que en paz descanse, hizo esculturas con monitores y usó el video para, según él, desbancar a la pintura y ahora los nietos no saben pintar, ni hacer video, o esculturas de monitores, porque lo que un artista grabe en video es arte aunque no tenga calidad. La herencia del apellido “video-artista” cubre las carencias de la nueva generación. El performance legó la venganza bíblica del sufrimiento, Gina Pane hacía videos cortándose los brazos con una cuchilla y sus legatarios siguen cumpliendo la condena de mutilarse y flagelarse. Sobre verbalizar un readymade con discursos para convertirlo en arte es ley porque Kosuth así les transmitió que lo hicieran. Generaciones que pretenden clasificarse como productos de juventud están haciendo obras que nacen envejecidas, y padecen este estilo como un mal congénito. 
Aprender de los mayores lo hace todo el mundo, es parte de nuestra educación, el pasado del arte existe para crear escuelas y evolucionar en las obras. Sin embargo, en el arte contemporáneo VIP el pasado no es para aprender, es para copiar y no hay evolución porque niegan la autoría y afirman que es imposible la creación de una obra original. Innovar para romper con los ancestros fundacionales está vetado, la obra parte precisamente de la no renovación. Esa es la esencia de la apropiación, rechazar que una obra es original y clonar su ADN para crear miles de duplicados. Hicieron del material el significado y el sentido de la obra al grado de que es una desobediencia intolerable la transformación de ese material a través de la expresión individual.
Cuando vemos una obra no podemos adivinar la fecha de nacimiento del creador. La vitalidad y contundencia de una manifestación artística no está en la edad del autor, está en la resolución del tema, en el manejo de los materiales, en las decisiones que toma. La juventud como tal no es un valor artístico ni existen herramientas que puedan hacer de una obra un producto joven, lo que sí existe es la falta de sabiduría en la utilización de esas herramientas. La deshumanización de las obras y de la expresión artística, la negación de una personalidad individual para crear una gran familia de miles de hijos y hermanos idénticos a sus ancestros, nos obliga a ver en cada instalación, en cada video-obra, en los performances la reproducción en serie, trabajos clonados como hijos de la oveja Dolly. Este es el arte VIP de los jóvenes que no quieren matar al padre, que siguen alimentándose del pecho de su madre, que se niegan a aprender a volar. No estamos ante el regreso el hijo pródigo, estamos viendo la manutención del hijo parásito.