sábado, 26 de abril de 2014

ESCLAVOS DE GALERÍA.


Francesca Pasquali, 2013
Nos dirigimos a las personas de igual forma que a las máquinas, preguntamos qué hacen. Esto significa que el trabajo da sentido a la persona, y su valor social está comprometido a lo que hace. El trabajo artístico durante siglos libró una lucha por la valoración de la autoría. Firmar cada obra la une de forma indisoluble al responsable de esa creación. El arte exige de un compromiso creativo que dignifica al individuo, lo separa del trabajo automatizado que disminuye al ser para potenciar a la producción. Un artista hace una obra, un obrero hace miles de objetos. La desvalorización actual del trabajo artístico regresó como un sentimiento revanchista, las obras del arte contemporáneo VIP retroceden a la manufactura sin creación, a la línea de producción sin autoría, a borrar el concepto de individuo. El ars mecánica vuelve a ser una actividad inferior o degradante para esclavos como en la Edad Media. Estas obras representan un trabajo repetitivo, carente de sentido artístico, que exigen de una gran dedicación y que sin embargo sus resultados no son estéticos, ni inteligentes, son piezas que podrían estar realizadas por cualquier persona, porque carecen de unicidad y originalidad.  Aunque sean obras realizadas por sus autores, evitan la presencia de la autoría. El objeto resultado del trabajo que carece de intención no es capaz de decirnos algo del ser que lo realizó. 
Francesca Pasquali, 2013
 Reproducir páginas enteras de los periódicos, letra por letra, incluidas las fotografías, es una actividad que comparten William Powhida, Kenneth Goldsmith. Tejidos kilométricos, cobertores tipo quilt, bordados de las afanosas Vadis Turner, Joana Vasconcelos, Tracy Emin, Linda MacDonald, Jean Ray Laury, y la inmensa lista de artistas feministas.  La actividad maniaca y degradante redime la pieza, sublima su vulgaridad y la pone en el nivel de arte. El trabajo, aunque someta o explote al individuo, es axiológico: es redentor, define a la existencia, castiga y purga culpas. Un desempleado es alguien que no le sirve a la sociedad, estorba. Los campos de reeducación comunistas están sostenidos en el trabajo, la actividad sistemática suprime la disidencia intelectual, “trasforma al individuo” y lo incorpora a la colectividad.
Marina Abramović, Artist Portrait With a Candle. 
 ¿Por qué el arte VIP navega en los extremos de no hacer a la obra o llevarla a un trabajo enajenante? Porque las dos vertientes denigran al artista y al trabajo creador. La labor intensa, automatizada o sin aportación está despojada de las exigencias creativas, oculta las capacidades y disminuye la responsabilidad hacia la obra. Si el artista hace una “mandala” con tapas de refresco, arma una inmensa cortina con etiquetas de botellas, hace un edificio de cerillos, un tapete con aserrín de colores, imita, repite y no piensa, no toma riesgos, no es creativo, no manifiesta su poder de artifex, existe y sin embargo es invisible. Estas manualidades casi tortuosas, justificables en una prisión, un campo de reeducación o en un centro psiquiátrico, redimen al artista, le otorga un perdón público por su incapacidad de crear, su falta de talento, lo salvan de ver el vacío de su obra. Los artistas argumentan el gran sacrificio que les implica hacer estas piezas.
Marina Abramovic. 
 El trabajo unido al dolor, a la penuria, es lo que exalta el performance que expone el sufrimiento gratuito como significado y valor artístico, demuestran que una actividad sin implicación intelectual es arte porque la padecen. Performanceros que cargan piedras, se prostituyen para “vivir la experiencia de la explotación sexual”, se sientan en un bloque de hielo hasta que este se derrite, trabajan de “artistas” y lo viven como una expiación, cumplen con masoquismo su condena bíblico-social.  Que el trabajo artístico se reduzca a una actividad alienante, que las obras representen una labor maniaca, despoja de sentido humanista al arte y de esa posibilidad de que el individuo se manifieste a través de su creación. La presencia de estas obras es denigrante para el que las hace y para el público que las mira. Encontrarse con trabajo esclavo en una exposición nos remite a esa sensación de complicidad con la explotación, no vemos una labor digna, vemos el sometimiento voluntario a la degradación.

domingo, 6 de abril de 2014

APOLO ETERNO.

 El reloj es un objeto concreto que mide una abstracción: el tiempo. En física, las ecuaciones son abstracciones para explicar las leyes vivas de la naturaleza. La medida y la representación le otorgan inteligibilidad a las ideas. El arte le da visibilidad y presencia a ideas, emociones, situaciones que no podemos manifestar o materializar. Esta representación tiene una dimensión acotada que le permite ocupar un lugar: el cuadro del lienzo, el volumen de la escultura, el espacio del papel. Esa presencia se expande, es a la vez inalterable y movible en el tiempo, vive a través de él. 
Pensar en el arte por su temporalidad, darle sentido por el momento en que fue creado y hacer de ese momento el tema mismo, rompe con la línea eterna en la que vive el arte. 
El arte inventa un lenguaje que sea capaz de trascender el instante en el que la obra fue creada. La circunstancia que detonó el tema, es una condición que queda atrás para que el tema sobreviva a su propio momento y se suspenda en el tiempo, perpetúe su existencia.
 Un pescador de la franja de Gaza encontró un tesoro, con su red atrapó una escultura de Apolo. El mar lo protegió durante siglos y ahora lo expulsa de su morada. Apolo luce joven, de tamaño natural, su cabello ensortijado, su rostro adolescente, la barbilla afilada, está vivo, nos mira en silencio, extrañado de encontrarse fuera de su refugio, entre personas que lo tocan, que vulneran su delicado cuerpo. Se calcula que tiene unos 2,500 años de antigüedad y, sin embargo, libre de la muerte parece que nació hoy. Es la línea eterna del arte. La coincidencia de sus pasos está en que el arte surge de lo más esencial del ser humano, de ese fenómeno increíble de inventar algo, de crear, de aportarle sentido a la existencia.

 El arte contemporáneo centra su limitado sentido en el momento y en los medios de ese momento. Su razón de ser está en la finitud misma, ese instante que se acaba inevitablemente y que la obra no es capaz de sobrevivir. Se empecina en explotar las referencias inmediatas sin adentrarse en la profundidad: es un continente superficial para un contenido banal. En la medida en que la complejidad humana se presenta, el arte contemporáneo VIP se atrasa, la obsolescencia lo devora a pesar de su obsesión con la actualidad porque sus mensajes, materiales y medios son insuficientes para la necesidad que tenemos de pensamiento. Tratan de imprimir velocidad a las obras, estar ya, ahora, recurrir a lo que simbolice lo moderno: tecnología, voces, imágenes, temas. Los persiguen con una debilidad tal que llegan tarde, y caducan, desfallecen. La avalancha de la realidad misma toma un rumbo que siempre los deja perdidos en su retórica: los ruidos, las instalaciones, los videos se demuestran como obituarios de su instante. El tiempo que tendrían que ignorar para ser eternos, se impone como un dictador, la obra se ve sometida por lo que surja, por el oportunismo del ahora. 
Las interrogantes humanas son más grandes que los eslóganes que manejan como respaldo retórico de las obras. El objeto denominado como artístico se queda atrás, es anacrónico, con un falso significado que se construye de adjetivos arbitrarios, es una ilustración de la moda artística y académica, su vigencia es la ocasión. Con esta corta vida la originalidad el objeto es irrelevante, es caduco y puede ser reemplazado por otro que ilustre ese momento o a determinado artista.
El mar, dentro de su oleaje infinito, le dio un templo al joven Apolo y cuando lo regresa a esta tierra, su belleza nos conmueve, sigue encarnando valores divinos dentro de un cuerpo armonioso, puro, completamente humano. En esa masa de agua movible y agitada, sin principio y sin fin, Apolo encontró reposo y fuera de ahí, aun sin el contexto de un templo, sin la lectura de una religión, su presencia es la esencia del arte, de su intemporalidad. ¿Qué podría tragarse el mar, símbolo del tiempo infinito, de estas instalaciones, de estos gestos artísticos que nos pueda regresar siglos después y continuar su presencia como arte? El mar regresa tesoros, y también basura que invade y contamina las playas. El pescador que encontró al joven Apolo pensó que era un cadáver y al verlo supo que tenía enfrente a la eternidad.