martes, 28 de enero de 2014

HABITAR EL VACÍO.

Rembrandt, El artista en su estudio 1626-1628
La creación en el arte implica años de trabajo y experimentación, pero también exige largas horas de soledad con el espacio en blanco en el que la obra no existe, ese limbo en el que la creación es una palpitación y es nada. Estar en el vacío de la no acción para poder actuar. El artista pasa mucho tiempo en la factura de obra, pero también debe cesar el trabajo, pasar tiempo en silencio, con sus dudas y detenerse a pensar en la obra, en las propuestas que nacen y se destruyen en el mismo instante. Sin este plazo forzoso la creación se vuelve mecánica, la producción en serie es un aullido desesperado, actividad necia. La creación mecanizada es un escapismo que evita detenerse para no poner en peligro un estado de respuesta fácil: copiarse a sí mismo.
La no acción, el esperar delante de la no obra, meditar sobre lo que se quiere crear es un estado que se rebaza a sí mismo, es investigación interna que no se detiene en el cálculo de una idea, el artista se concentra en algo para que eso estalle, le provoque continuar, y si no lo cautiva o estremece, no es lo que está buscando. El artista quiere ser seducido y emocionado por su propio trabajo. Abordar a la creación en la dualidad: con las entrañas y con la razón, con ímpetu y frialdad. Asimilar, digerir y vomitar, es un proceso orgánico, una secuencia natural que se traslada a la creación. Es una torpeza pensar que para pintar basta buen entrenamiento y saber mezclar unos pigmentos, que el dibujo es automático si se tiene método, la creación es más de lo que vemos, es un lapso de vacío, son largas horas de meditación. Observar para representar lo visible, silencio para dimensionar lo invisible. Estar con lo transitorio del paisaje, lo inestable del cuerpo, lo fugaz de la luz. Saber hacer no es garantía para materializar una obra, la forma debe superar a la apariencia y manifestar algo que no es evidente, que es sensación, es indescriptible. La sencillez de una línea que dibuja un espacio está precedida por miles de líneas, esa seguridad de trazarla dejó atrás muchas dudas y sin embargo cada línea es diferente, cada una pide tiempo.
Arrepentirse en la realidad es fatalidad y en el arte es oportunidad, porque no hay certezas, en el arte no existe un ideal, el arte es defecto, el arte está en un desequilibrio, en un artificio, en la contradicción. La sensación de que es pleno o perfecto es únicamente porque ya no permite otra intervención, porque está terminado y llegó a un sitio, porque es absoluto. Pensar en la obra es el camino y no es la solución, el trayecto anuncia pero no determina. La trampa formidable es que se puede iniciar una obra después de largas reflexiones, y la realización cambia este plan, se va a otro lado, y emerge algo inesperado. Terminar la obra a ciegas, con intuición, sin el mapa trazado, revela que el artista es un medio y no es la obra, que el arte tampoco es el artista, éste solo deja que se manifieste.

En el Renacimiento el artista dejó de ser un servidor y la obra por encargo y las comisiones adquirieron estatus autoral. El sutil proceso, el tiempo para pensar, para construir la obra en el frágil andamio de la mente, se consolidó aun dentro de las particularidades de una petición, se manifestó como la exigencia del que pone su inteligencia, talento y emoción, del que se compromete consigo mismo antes que con el mecenas, el coleccionista o la producción sistemática. Pintar, dibujar, esculpir con la consciencia de que esas obras no tienen por qué existir si no se les dota de un sentido, y que darles ese sentido pasa por un estado de quietud, de no acción. El artista hace, pinta, esculpe, dibuja, se involucra en la realización, no es una máquina que produce sin pensar, la no creación antecede a la creación. La pintura que conmueve, el dibujo que se contiene como una realidad impuesta al papel, es parte de un limbo blanco, de la larga caída de entrar en el ser, liberarse, carecer de todo. Atarse a lo creado no sirve para crear ahora, antes hay que generar vacío, extinguirse, las memorias son obstrucciones que no deben determinar el presente. Esperar, sentir el tiempo, ensimismarse en la soledad. Habitar el vacío con arcilla, pigmento, lápiz, lienzo. 

sábado, 11 de enero de 2014

EL SALÓN DE LA ARAÑA.

 A la araña le gustaban las moscas. Nunca tuve la intención de conocerla porque no admiro sus obsesiones elementales y sus efectos especiales. Finales de un verano en Nueva York, hace 8 años. Al salir del intensivo de yoga de 3 horas y media, temblando por el esfuerzo, en el Union Square Café nos esperaba mi primo. No hay tiempo de almorzar, dijo, su novia tenía una cita muy importante y debíamos acompañarla. ¿Por qué? Pregunté. Porque la estoy educando, además de su amante soy su guía intelectual. El primo es demasiado guapo para tener obligaciones banales y se consigue misiones extra difíciles: una actriz-artista-curadora. Estábamos tan sudados que nos detuvimos a comprar unas turísticas camisetas con la estatua de la libertad impresa, nos cambiamos y nos subimos al metro con un té verde, un bagel y los yoga mats en la espalda.
En 23th street, en el barrio de Chelsea, Meca de las galerías de arte, nos esperaba Anoushka, en realidad se llama Megan y se cambió a un nombre que “sonara artístico”. La novia-artista llevaba en los brazos una bolsa negra enrollada. Caminamos hacia 20th street, la cosa negra apestaba, el calor era asfixiante y asqueada pensé que ese olor se impregnaba al de mi propio sudor. Llegamos a un brownstone rojo, varios freaks esperaban al pie de la puerta, parecía el casting de una película de Lars von Trier. ¿Qué hacemos aquí? Vamos a ver a una gran artista para que analice el trabajo de Anoushka, dijo el primo. ¿Cuál trabajo? La artista-novia me muestra la bolsa de olor nauseabundo. Del brownstone sale un tipo delgado de barba, es Jerry Gorovoy, el asistente personal que hace las citas para la sesión. Los inexplicables contactos es otra de las virtudes del primo: Gorovoy lo abraza y los deja pasar pero nos detiene a nosotros, el primo le explica que somos sensation seekers. Gorovoy murmura: you're in the right place.
 Casa claustrofóbica, oscura, sucia, el piso cubierto con cajas, libros, pilas de periódicos. Paredes tapizadas de fotografías, carteles de exposiciones, portadas de revistas, un collage biográfico, la memorabilia de su ego. Decoración demente con sus esculturas tejidas, atmósfera de manualidad de clase media con Prozac. En una mesa botellas de vodka, ginebra, coca-colas de lata y vasos de plástico. Los freaks toman posesión del bar, hablan entre ellos con actitud de algún-día-seré-alguien. Gorovoy ordena silencio. Las voces de los freaks callan. Entra la gran araña Louise Bourgeois. Caminado con su andadera, arrugada como una telaraña, vestida con prendas encimadas como vagabundo, el pelo recogido en un petite chignon. Los freaks la ven con veneración, casi caen de rodillas. Louise Bourgeois se sienta en una silla y Gorovoy le coloca una mesita enfrente. Los “artistas” peregrinan para mostrar su trabajo en el salón de los domingos. Rodeada de artistas que cuelgan de su pegajosa telaraña como moscas verdes, la araña caníbal emite un juicio. Se alimenta de esas moscas y de sus obritas. Sin esa adoración al día siguiente se devoraría las patas, caería muerta. Gorovoy hace las breves presentaciones. 
La terapia tipo Weight Watchers comienza. El primer artista saca de una caja de cereal una telaraña de resortes de ropa interior usada de mujer, amarrados y cosidos. Su obra es un homenaje a Louise, su adoptiva mamá araña. Ella extiende el tejido sobre su mesita, el artista está a punto del colapso. Spider Mom lo mira indiferente, no se inmuta, el artista pálido toma su obra y regresa a su silla en silencio. Hemos sido testigos de una decapitación. Anoushka y el primo sacan de la bolsa una piel de cerdo cruda, sanguinolenta, con la bandera de Estados Unidos dibujada con plumón. Narran “el proceso de la obra”: fueron al barrio mexicano del Bronx, porque ahí todavía hay carniceros, la piel está preparada para chicharrón “a popular mexican food”, muestran el ticket de compra, hablan sobre la voracidad americana y el omnívoro cerdo. La ancianita araña está feliz, mira al auditorio y exclama con acento francés ¡applause!, es el ritual de consagración. La sesión de One flew over the cuckoo's nest continuó con poemas y más obras. Pasadas unas tres horas Gorovoy nos echó a la calle, la araña se quedó satisfecha en su silla. La única sobreviviente de la tarde fue la piel de cerdo.