sábado, 16 de marzo de 2013

CRUCIFICAR A UNA MUJER.

Felicien Rops
El castigo más exhibicionista y poderoso es la crucifixión, y es exclusivo de los hombres. Desde que la cruz se incorporó como parte de la simbología monoteísta, una condena para criminales aplicada en un hombre es religiosa, devocional y santifica, pero si en esa cruz está colgada una mujer la imagen es una incitación y una ofensa sacrílega. Es el abismo entre la compasión y la estigmatización. La crucifixión del hombre lleva a la salvación, la de la mujer a la insatisfacción. 
Felicien Rops, La tentación de San Antonio. 
Felicien Rops y Albert von Keller retan a este prejuicio y hacen de este suplicio un acto de promiscuidad, de entrega y cuelgan mujeres con los brazos extendidos, desnudas y dispuestas. Rops afirmaba que amaba los placeres brutales y vivió años en un triángulo amoroso con las hermanas Aurelie y Leonine Dulac a las que fusionó en un solo nombre “Aureleon”. La crucifixión de Rops está dibujada a lápiz, es la Tentación de San Antonio, la mujer usurpa el lugar de la fe, la cruz se erige sobre el reclinatorio de Antonio. Él tiene la ropa hecha andrajos, la mira horrorizado, y ella ríe divertida de la escena, de causar esa impresión en un hombre que se supone inmerso en meditación y sin embargo bastan unos instantes para que su atención se disperse y el miedo se haga un sitio en donde sólo debería entrar la fe. Despojada de su connotación religiosa, esta tortura traspasa la noción del dolor y se adentra en el placer y el crimen. La mujer simboliza a la provocación, a la depravación y merece ser castigada pero con una pena que exacerba el libertinaje. 
Albert Von Keller, Claro de Luna. 

Las pinturas de Albert Von Keller están creadas bajo un erotismo siniestro y culpable. Obsesionado con el oscurantismo, ocultismo y los fenómenos “paranormales”, seducido por las emociones inmediatas que ofrece la superstición, buscaba un estado de peligro mental o neurosis para alimentar a su propio imaginario.  Sus obras contienen el estado febril del pánico, de la fantasmagoría de seres que entran por los orificios de sus víctimas incitando histerias. Las mujeres que pinta deliran entre lujosos encajes, posesiones y trances. En su pintura El Claro de Luna una hermosa joven atada de pies y manos a una cruz de grandes maderos, iluminada por una luz fosforescente, es la conclusión de una terrible ceremonia, los pies le sangran, descansa agotada por el dolor, por la violencia del suplicio. El espacio es una abstracción, no sabemos en dónde está. Von Keller era amigo y admirador del psiquiatra forense e hipnotista Albert von Schrenck-Notzing, investigador de los fenómenos paranormales, que influido por las ideas de Krafft-Ebing sobre las patologías sexuales se especializó en el tratamiento con hipnosis de estas desviaciones. Si la mujer crucificada de von Keller, está exhausta después de una sesión hipnótica -psiquiátrica o espiritista, la unión del erotismo femenino como enfermedad, condena o castigo, y la posesión anormal como representación del deseo sexual, hace de la escena un estado de transgresión y demencia. El deseo sexual se exhibe como anomalía ejemplar, se coloca en una estaca, en una prisión para ser observado, analizado. Esta visión deja de ser clínica, es perversa, la pena es parte del deseo. El castigo no depura, corrompe. La consagración del instinto se castiga con un ritual que lo detona, no hay distancia entre el pintor y la escena creada, hay una clara búsqueda en las propias patologías. 
Keller o Rops dan su veredicto: si el deseo es culpable, ellos piden ser verdugos; si el deseo es inocente, ellos se encargarán de pervertirlo. Estas pinturas dejan un diagnostico irrefutable: el deseo, la implicación de la entrega, el juego desbordado no inicia con el cuerpo, este siempre está atado, con las extremidades inmóviles, es la rebelión de la imaginación la que va más allá de lo que el cuerpo puede, la que rompe los límites. En la crucifixión de Rops, la tentación está sometida, no ha sucedido acción alguna, a Antonio le basta pensar, imaginar para que su frágil fe se desvanezca. En la de von Keller el cuerpo permanece preso, ella duerme o está muriendo, su indefensión es conclusión. Detener al cuerpo no detiene a una imaginación que resurge indomable. Castigar a la carne no evita lo que le mente produce.

Publicado en Laberinto de Milenio Diario, el sábado 16 de marzo del 2013.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Parece que a la crucificada de Von Keller le sale una luz entre las piernas

yo alden dijo...

guau

Rubén Reveco dijo...

Mágnifico, como siempre.
Te mando este enlace ya que te robé un artículo. Saludos desde el otro extremo de nuestra sufrida América.

http://resistenciarealista.blogspot.com.ar/2013/03/quien-nos-libra-del-curador.html

Humillados y Ofendidos dijo...

La mujer crucificada cuesta mucho trabajo verla y opinar objetivamente sobre ella. Eso sólo me demuestra lo arraigado que está el dogma de la religión en nuestra forma de mirar, juzgar y percibir la realidad. Lo terrible y transgresor de éstas imágenes es algo ajeno a las imágenes per sé, es el aura de la cultura que rodea nuestra mirada. El aura, llevada más allá de la retórica visión de W.Benjamin, entendida también como atributos sobre-naturales o amorales. Y sin embargo, hay un límite verdadero entre lo ofensivo en la imagen y lo artificialmente ofensivo en la imagen. Lo artificial: estas crucificadas; lo verdaderamente ofensivo: las obras que enaltecen el nazismo. ¿No encuentran la relación entre una y otra? La crucificada hace referencia a una superstición, como pasar debajo de una escalera, y las obras que enaltecen al nazismo celebran un crimen real. En el primer caso no hay ética involucrada, en el segundo la violación ética es flagrante. Pero para el relativismo de moda, la crucificada es una ofensa al feminismo, mientras que las obras enaltecedoras del nazismo amplían los límites de la transgresión.