lunes, 31 de diciembre de 2012

¿CUÁNTO CUESTA EL CONCEPTO?

Pieza de Donald Judd, 425 mil dólares, en Art Basel Miami. 
 Entramos a un museo con la actitud que el recinto impone: guardamos una distancia, nos dejamos envolver por la atmósfera cultural que dicta respeto. Una exposición tiene sentido temático y si es de arte contemporáneo, además tiene una serie de fines sociales, didácticos y morales. Una feria de arte como Art Basel Miami cambia esto por completo, son las mismas obras, pero aquí las galerías no ponen una cédula a la entrada que nos dé una visión poética u ontológica de lo que están vendiendo. El concepto y las grandes intenciones se limitan al precio y a la fama del que firma la obra. Las obras más mediáticas no son trabajos autorales en el sentido de la unicidad y particularidad de la obra, son firmas de artículos de lujo, que generalmente se fabrican en serie, como los letreros de Jenny Holzer o los objetos tipo tienda de regalos de Murakami.  La feria es un gran centro comercial del nuevo lujo excéntrico con precios estratosféricos nada metafísicos, ontológicos o reflexivos. Hay galerías que venden obras de acervo, que son una inversión y que pueden formar parte de una colección seria: Freud en pequeño formato por 5 millones de dólares y Bacon por 16 millones de dólares. La buena pintura actual casi no estuvo presente. Esta mega tienda de lo contemporáneo tiene establecidos sus criterios: la mayoría de las galerías venden lo que la moda dicta.
 
Cédula de la obra. 

Es significativo ver cómo la obra se transforma dependiendo si está en un museo o en una feria de estas dimensiones. Aquí la obra forma parte de la oferta de una galería y no tiene un curador que se haga una reunión de objetos que establezcan un diálogo, o lo que se necesite para aceptarlas como arte. La solemnidad con la que las obras son abordadas en un museo, en los textos de los críticos que ven en un montón de cables enredados con focos colgando “intersecciones culturales, deseos de reunir hibridaciones de ideas” se eclipsa ante la irreverencia mundana del ambiente. La comercialización desacraliza a la obra, la despoja de las pretensiones que le otorgan el curador y la institución cultural. En la feria lo único que impone su autoridad es el precio y el público expresa su opinión porque sabe que es parte del espectáculo. Se fotografía con las extravagancias, en las ametralladoras de gelatina, en la concha gigante ideal para decorar un restaurante de mariscos, en el ensamble de animales disecados. ¿Qué es lo que cambia si la obra es la misma que se exhibe en el museo con grandes discursos? Que aquí manda el dinero. Lo que en un museo no se puede tocar aquí el galerista lo descuelga, deja que el posible comprador lo manipule. El galerista ocupa el lugar del curador, y el concepto se reincorpora como slogan de venta. Se puede observar lo que decorará la casa de Will Smith que se paseó con guardaespaldas por los stands, provocando un caos que ninguna obra causó. Estas obras que hacen de su concepto y de sus valores morales el sentido de su existencia, se reducen a una lista de precios. Esa es su verdadera aura, lo que cuestan. 

sábado, 22 de diciembre de 2012

YOU´RE HAPPY, I'M HAPPY.

Avelina Lésper en Art Basel Miami 2012. 
El banco HSBC pide perdón porque no estuvo a la altura de sus reguladores y clientes y permitió que sus instituciones se dedicaran al redituable negocio de lavar dinero, miles de millones de dólares en Estados Unidos y en México. Desde luego que el banco estuvo a la altura de sus clientes, hizo lo que esperaban de él: eficiencia para manejar dinero ajeno, discreción y una amplia cartera de instrumentos financieros para que todo parezca lo que es, un negocio en el que todos ganan, un casino sin pérdidas. You're happy, I'm happy, decía Vito Corleone.  Los dueños de estas cuentas y los funcionarios de esos bancos mantienen su pulcro anonimato, su impecable dinero está seguro, el optimismo está de fiesta, y en algo hay que gastar ese deslumbrante capital de nívea e impune limpieza. Llegan a Art Basel Miami con las manos llenas del dinero que no cabe en una bóveda y tienen que usarlo en algo y qué mejor opción, políticamente correcta y socialmente aceptada, que comprar esto que llaman arte.

El impoluto dinero del narco mexicano no circula en esta feria, tenemos una delincuencia que no compra arte, ni nacional ni extranjero, ni del verdadero ni del falso, lo único que acumulan son Hummers, mansiones y asesinatos. La burbuja del coleccionismo de cosas que pretenden ser arte, y que en realidad son objetos de lujo excéntrico, se infló paralela al desenfreno bancario y a la burbuja inmobiliaria. Decidir qué comprar entre tantas obras iguales es un dilema que se resuelve con la inspiración de otras burbujas, las del champán que regalan en la zona VIP, precisamente para los compradores de cosas VIP: video, instalación, performance.

El coleccionismo tiene diferentes modalidades y personalidades. Está el coleccionista que se involucra con la obra, mantiene una comunión con lo adquirido, ve en ese objeto algo de él mismo, y toma riesgos por obra que lo comprometa, que lo implique. También está el que acumula objetos indigeribles que sus asesores definen como arte, que le van a permitir figurar en las listas de mecenas ricos de las revistas y le abren las puertas de los museos contemporáneos. Este último viene a Art Basel y se lleva esas cosas que no podrían ser ni guardadas en una caja una vez terminada la feria. Ahora, no es razonable ponerse exigente con eso de la selección, cuando el dinero sobra, lo justo es despilfarrarlo. Estas obras son un ejemplo, todo vendido, todo en dólares, sólo algunos precios son en euros y libras esterlinas. 
Foto de Cindy Sherman disfrazada, 120 mil, 
en caso de no llegar al precio está la siguiente opción. 
Las fotos de la imitadora  de Sherman, Rineke Dijstra, 
hace lo mismo, es más joven y cuestan 50 mil. 
Estantería con videos, enseres kitsch y 
botellas con agua de colores, Papilotti Rist, 300 mil. 
Llanta y tubo de aluminio de Cady Nolan, 75 mil. 
Uno de los records de venta, impresión digital de una portada de novela rosa con la imagen de una enfermera y unos artísticos brochazos de pintura de Richard Prince, 6 millones.
Readymade de Mona Hatoun, una silla de hierro con una telaraña tejida, muy “poética” dice la galerista, 120 mil euros. 
Para decorar una casa diseñada por Zaha Hadid, flor gigante, 
con colorido tipo Hello Kitty, de Yayoi Kusama, 450 mil.
Tapiz para cubrir paredes con la frase “Conceptual Decoration” 
40 mil por diez rollos de Stefan Brüggemann. 
Los letreros de Barbara Kruger hay de diferentes precios y tamaños con frases muy profundas: “Greedy Schmuck” de 250 mil.  Si queda grande para la pared del corporativo la galería lo pide más pequeño, total, es una impresión digital. 
La comida basura reverenciada por el arte idem, “escultura” de bolsa de papas fritas cubierta de brillantina, muy "elegante", de Liza Lou por 95 mil. 

Eko practicando un poco de yoga en Art Basel Miami. 
Visitante a la feria mirando dónde podría dejar una obra. 
De Isa Genzen, bloque de cemento con dos antenas de radio, 
el sentido del humor está en el precio, 29 mil. 
Tendedero con lienzo teñido con cosméticos, 
de la ganadora del Turner Prize, Carla Black, por 60 mil libras. 
Lo minimalista se paga caro, de Jorge Macchi, alambres sobre una tabla, 32 mil. 
El precio de un objeto de este tipo es un capricho, y es un capricho pagarlo, consecuencia de la borrachera que causan estas burbujas. La resaca no llega porque para eso están los teóricos de este falso arte absolviendo al cinismo. 

Publicado en el Suplemento Laberinto de Milenio Diario, el sábado 22 de diciembre del 20012.    

domingo, 16 de diciembre de 2012

LA ESCULTURA HIPERREALISTA Y SU OBSESIVA OBVIEDAD.

Jamie Salmon
 La recreación de la realidad, es invención. La realidad es un punto de partida que arroja al artista a inventar, a crear algo que no podemos encontrar más que en ese lienzo, en ese dibujo, en esa escultura. Un cuerpo que se esculpe en una pieza de piedra, en una cerámica, en un trozo de madera pasa por las manos del artista, y éste se deja impregnar por los materiales para trasmitirles su particular noción de las proporciones. Por exacta que sea esta escultura, por mucho que tenga una propuesta verídica, nunca es una realidad. La pose, la actitud, la textura, la síntesis de las formas que el escultor elige es una propuesta imaginaria que se une al artificio de su aislamiento en un entorno al que va a definir y controlar con su presencia. El contacto con los materiales guían hacia su interpretación: la cohesión molecular del metal, la imposición de la monocromía de la piedra, las rugosidades y suavidades de la madera son un idioma que el artista utiliza para expresarse y reinventar a la realidad. Las opacidades y oquedades arrojan al escultor a buscar la luz y la dimensión lo obliga a estudiar el espacio. Los oscuros bronces de Rodin, los mármoles transparentes de Bernini o las placas oxidadas de Serra son una respuesta estética a la pregunta sobre forma, concepto y material que el escultor se plantea.

Ron Mueck, Head. 
 La mimesis que está empecinada en llamar escultura a piezas tipo museo de cera de Madame Tussauds, como son las obras de Maurizio Cattelan, Ron Mueck, Jamie Salmon, no son escultura, ni por sus dimensiones, a veces descomunales, ni por sus motivos. Son piezas que carecen de una propuesta estética, analítica y humanista. Su hiperrealismo absolutista es de maniquíes, de muñecos de museo de excentricidades, o dobles inertes para películas de efectos especiales. Los museos exhiben muñecos y convierten a las salas en el Circo de P.T. Barnum, en parques de diversiones. Su perfección no los transfigura en escultura por el hecho de reproducir una figura humana o ser tridimensionales. Aquí vemos con claridad como el hiperrealismo, el acercamiento obsesivo y técnico no arroja una obra de arte porque carece de una propuesta estética, conceptual y emocional que nos aporte una presencia que no podríamos ver en la realidad.

Duane Hanson, Supermarket lady. 
 Estas obras no implican decisiones por parte del artista porque no hay uso de la imaginación, ni una recreación estética que lo obligue a crear un lenguaje. El artista al copiar de forma literal evade el serio compromiso de aportar un estilo, de desarrollar un tema y de inventar algo, de innovar con su propuesta. Si el artista no es capaz de reinventar la curva de una masa de cabellos y necesita poner una peluca, si no puede recuperar los pliegues de una tela y recurre a poner un vestido real, no es creador, no es escultor. Esta literalidad, este acercamiento sin interpretación carece de pensamiento abstracto y hace de la obsesiva obviedad, de la idea inmediata y la facilidad de una propuesta cómica o amarillista un vehículo para llamar la atención como lo hacen los circos y museos de cera.

Maurizio Cattelan, Horse. 
 Nos encontramos ante la increíble contradicción de que la imitación sin invención revela poco o nada de nosotros mismos, y que es justamente en la distancia de la reinterpretación en donde está la búsqueda de nuestro ser. Para interpretar hace falta entender y para esto es necesario analizar y abstraerse: el artista se separa del objeto de su observación y a su vez separa lo que decide hacer visible para el espectador. Con una copia literal, no hay un trabajo de análisis y de abstracción que permita al artista elegir los aspectos que desea destacar, se asume un todo de golpe, de forma igualitaria, no se establecen valores ni estéticos ni filosóficos. La pieza es un bulto, que aunque se presente como una osadía técnica, no aporta un trabajo artístico.

Marc Sijan. 
Porque el arte no está en hacer duplicados, ni en la pirotecnia de una mimesis tajante. El arte está en la comprensión de una realidad para rehacerla en otro plano al que no tengamos acceso. Este hiperrealismo apela a una masa de visitantes ávida de sensaciones, no a una búsqueda interpretativa de formas estéticas que resignifiquen el peso de lo real, es decir, de la condición humana.

domingo, 2 de diciembre de 2012

ARTISTAS POLÍTICOS Y CLOWNS.

Artista y activista Ai WeiWei bailando. 
 Después de ver el video de Ai Wei Wei imitando a un cantante coreano es evidente que su gran éxito es decir que odia al gobierno chino, y revelarse de forma mediática: les da a los medios lo que quieren ver. La cúpula china ayuda con su elemental censura, lo persiguen por nimiedades. Que le hayan censurado ese video son ganas de hacer famoso a alguien y victimizarlo a nivel internacional. 
Su relación con el gobierno y la censura es un circo y es muy oscura. Ai Wei Wei está muy lejos de ser un artista comprometido como lo exhibe la prensa internacional y las numerosas ONG que lo premian. Es una contradicción porque gran parte de sus grandes éxitos arquitectónicos y de presencia en exposiciones y bienales, son con el indudable y ostentoso apoyo del gobierno comunista. Sus obras son objetos costosos que sin la inversión de un mecenas no podrían ser realizados. Su participación en el diseño del estadio de Beijing, no hubiera sido posible sin la aprobación gubernamental. Esas obras se comisionan, en cualquier país del mundo, con un intenso cabildeo. Sabemos de lo que es capaz la burocracia si decide bloquear un trámite: con un gesto basta para detener desde la construcción de un edificio hasta la expedición de un pasaporte o una visa. Las semillas de porcelana que mandó hacer por toneladas no hubieran llegado a la sala de las Turbinas de la Tate de Londres sin el consentimiento del gobierno que supuestamente lo censura y lo acosa.

El artista Anish Kapoor, bailando en solidaridad con Ai WeiWei. 

El gobierno comunista chino tiene fama de ser omnipresente, omnipotente y mantener un férreo control sobre sus habitantes. Wei Wei se ha quejado de una persecución implacable, pero puede llevar a cabo trabajos que incluyen una logística y una infraestructura que pasa necesariamente por las instituciones del gobierno. Analizando sus protestas es evidente que su problema y tema es él mismo y lo que a él le sucede. Su activismo más relevante fue la publicación de una lista de nombres de estudiantes muertos en un temblor, en el que se derrumbó parte de su estudio. La presencia mediática de Wei Wei, que raya en el ridículo, es de un clown de lujo para las ONG y la prensa, es una pantalla que distrae de la realidad que padece China. Su valoración internacional es el premio a una revolución descafeinada que él representa, que oculta y desvirtúa los movimientos serios y los grandes problemas que viven millones de personas como las condiciones del trabajo o la corrupción. Los occidentales lo encumbran porque, en el fondo, están con el dinero y con un partido que impulsa un crecimiento voraz, sin reglamentación, que ha desbaratado la industria de miles de países. Los industriales se han llevado uno a uno, de forma voluntaria sus negocios a China, porque una tableta de Apple les cuesta un dólar maquinarla. Si no fuera porque existe un país que maquila todo lo que el planeta necesita no existirían los mercados especulativos que azotan a Europa. El circo de Wei Wei es cómplice de esto, es una tapadera de moda, es un clown del sistema.