sábado, 28 de abril de 2012

¿POR QUÉ EL COLECCIONISTA COMPRA ESTO? ZONA MACO 2012.

Cecyl Bart, mesa y telas de diferentes colores, 17 mil dólares.


Decepcionante. La feria de arte Zona Maco 2012, sin haber conocido la gloria, ha entrado en decadencia. Esta selección repetitiva de obras evidencia la visión que las galerías tienen de sus compradores, incluyendo al Estado que es su mejor cliente: es de una increíble pasividad, puritano, proclive al autoengaño y urgido de bloquear el libre ejercicio de la apreciación y la contemplación. Esta falta de originalidad de las obras es producto de la imitación patológica de lo que se produjo desde hace décadas. Pero ofrece un espacio seguro para el comprador conservador acrítico, que es básicamente el que adquiere este tipo de obras. El coleccionista de estos objetos no es un mecenas, es un consumista de los nuevos artículos de lujo en los que la novedad se limita a no ser lo que aparentan. Un montón de arena y otro de cal de Wilfrido Prieto, un toro invisible de Karmelo Bermejo, la insignificante sobre producción de José Dávila, los cartoncitos con letreros de Moris, ¿Por qué el coleccionista compra esto?¿Para qué adquiere papeles arrugados enmarcados o confeti envasado? ¿Por qué saca la tarjeta de crédito para llevarse un muestrario de telas sobre una mesa de Cecyl Bart? Para no sentirse excluido. 
Wilfrido Prieto, montículos de cal y arena, 50 mil dólares. 
El consumo es aspiracional, el que compra aspira entrar en un grupo y ser reconocido como miembro. La integración ideológica, religiosa o consumista permite que el individuo pertenezca a una tribu y sea protegido por ella. Así como los auto llamados artistas se integran a estas expresiones sin inteligencia para amparar su mediocridad grupal, el comprador se integra al grupo para no exhibir su falta de individualidad y de sensibilidad estética. Este pseudo arte, que es profundamente excluyente y fascista, hace del elitismo su motor de ventas. No basta tener dinero; además, hay que someterse a la dictadura de la contradicción y al totalitarismo estético, en donde el comprador no tiene idea de lo que adquiere y se deja aleccionar por completo, nulifica su pensamiento y si se emancipa, sencillamente no entra en el grupo. 


MORIS, cartón y alambre, (20 x 30 ctm aprox) 3 mil dólares.
Estas obras no le gustan a nadie, no están hechas para invocar a la belleza, que a estas alturas es un anatema, están hechas para pertenecer a un grupo y participar de su ideología. El artista que destaca en este sindicato de la repetición no lo hace con una aportación original, lo consigue por un capricho del azar y de sus relaciones públicas y privadas. El comprador que adquiere esto no apoya al arte. De hecho ni siquiera sabe que su compra aporta a la involución del pensamiento artístico. Tampoco lo hace porque tenga una comunión intelectual con el artista ya que no existen ideas detrás de estas obras. Lo hace porque cada opción nueva de consumo se explota hasta que el aburrimiento la sustituye por otra. 


José Dávila, neón y concreto, 24 mil dólares. 
El discurso curatorial proselitista se mimetiza con el discurso del vendedor. La obra se ve en menos de diez segundos y el galerista recita el speech de ventas durante un cuarto de hora en el que apenas puede respirar. Se ha implantado un fenómeno que antes era imposible de vislumbrar -cuando la obra era la que hablaba por sí misma y su apariencia-era consecuente con el significado- hoy el comprador se esclaviza a su adquisición. La obra, cuando es arte, es autónoma, toma su espacio y lo habita. Ahora con la obra en el desamparo absoluto, en peligro de ser arrojada a un cubo de basura, ser reciclada o confundida con la decoración de un bar, necesita a su comprador protegiéndola con retórica. El comprador tiene que aprenderse el speech de ventas que lo convenció de adquirir esa cosa y repetirlo. Este credo justifica su falta de exigencia. Mientras que con otros objetos de consumo el cliente exige lo mejor, en el arte se muestra sumisamente benévolo y condescendiente. Se deja engañar para no ser marginado, cree las virtudes invisibles de la obra y la adquiere intimidado, sin resistencia, con pánico a ser diferente y ejercer su pensamiento. El comprador sabe que su coche, su casa o su reloj le tienen que gustar y causarle satisfacción, pero en estas cosas tiene que resignarse a que así son. Es una aberración, esta es una forma de consumo irracional que se ejerce por algo que no emociona.

Publicado en Laberinto de Milenio Diario, el sábado 28 de abril del 2012. 

lunes, 23 de abril de 2012

ACUSACIONES QUE ENALTECEN.

Egon Schiele, dibujo.
Hay acusaciones que enaltecen. Los juicios en 1857 contra Baudelaire y Flaubert, por la “inmoralidad” de sus obras, demostraron que los temas del arte habían cambiado y que la naturaleza humana era capaz, en todas sus manifestaciones, de inspirar obras que nos enfrentaran con nuestra propia condición. Esa persecución se centró en dos aspectos fundamentales: negar la libertad de un artista para crear lo que él desea, haciendo bajo sus propias reglas y el esfuerzo de una moral puritana para funcionar como vigilante de estilos y corrientes. Las obras de estos poetas tienen búsquedas estéticas, no morales, y con sus audacias empujan a que la sociedad misma cambie. Flaubert fue absuelto porque su abogado argumentó que escribía bien y el juez no encontró suficientes pasajes inmorales en Madame Bovary. Baudelaire si fue condenado por “ofensivo contra el pudor”.
Develar lo evidente en una obra, hizo que el arte su convirtiera en algo humano, emocional y filosófico. Las artes plásticas se volcaron en imágenes que estaban negadas para la luz pública: vicios, decrepitud, enfermedad, demencia, orgias, suicidios, restos humanos. La galería del horror se prenda de su propia belleza. La presencia perturbadora es parte de una estética que busca en la naturaleza humana, la cuestiona y la desenmascara. El abogado de Baudelaire leyó en voz alta parte de los versos y la acusación de centró en las líneas del poema Lesbos de las Flores del Mal que hablan de los besos frescos como sandias, del placer infecundo, de la viril Safo y las vírgenes que se enamoran de su propio cuerpo. La moral no ve la obra de arte, ve sus prejuicios ante cualquier manifestación contraria a sus limitadísimos parámetros de existencia y convivencia. Egon Schiele fue encarcelado por dibujar adolescentes desnudas que posaron para él voluntariamente. Ese confinamiento en la cárcel y la destrucción de sus dibujos le infligió un sufrimiento excesivo, acusado por la sociedad austriaca de principios del siglo XX, profundamente machista y retrograda, que no pesaban dos veces en abusar de esas niñas casándolas con adultos mucho mayores que ellas. Pero dibujarlas desnudas si era un delito.
Balthus, Lección de guitarra.

Balthus -que creó un lenguaje erótico que marcó un canon estético elegante y cruel- cuando exhibió en 1934 la Lección de Guitarra causó admiración y rechazo. Los amigos de Balthus, como Artaud, no acertaban a decir algo sobre la pintura y se le acusó de ser demasiado explicito, de retomar la composición de la Piedad de Miguel Ángel para una escena sádica y sexual. La Galería Pierre la colocó en una habitación aparte y la podían ver sólo algunos visitantes. Con su obsesión por las jovencitas pre púberes su obra se relacionaba con perversiones que estaban más en el espectador que en el artista. Lo que la sociedad puritana no sabe es que la invención está a gran distancia de la realidad, la creación no es la acción. Encarcelaron a Sade por sus obras y vivió más tiempo preso que en libertad. Al final su propia vida sexual no alcanzó ni una mínima parte de los que sus libros describen. La imaginación de Sade fue su único delito. Balthus, Egon Schiele, Baudelaire, sus obras trascienden porque el tema está abordado con una maestría que les permite investigar en la esencia del deseo y la sexualidad. Lo que es sintomático es que la sociedad que se encarga de ser vigilante puritano de lo que juzga como atentado a sus prejuicios, es la misma que tolera y justifica la violencia. Cuando Balthus exhibió la Lección de Guitarra la Primera Guerra Mundial aun dejaba sus secuelas en Europa y el nazismo iniciaba su maquina ideológica y asesina. Había decenas de miles de mutilados y mujeres en las calles prostituyéndose. Las enfermedades venéreas crecieron exponencialmente. Esto no lo vieron los vigilantes de la moral, ellos se lanzaron contra una pintura.

Eko, Edgar Allan Poe, grabado, aguatinta.

Actualmente vivimos la violencia más brutal de la que tengamos memoria, el narcotráfico arroja cadáveres y cuelga personas de los puentes, vemos fosas comunes rebosantes de muertos que fueron torturados. El arte contemporáneo hace apología de estos crimines. Y los vigilantes saltan cuando Eko hace grabados con escenas sin genitales, sin coito, que son fantasías, imágenes que no existen y no pueden existir en la realidad. Eko inventa una sexualidad que es literaria, que se atreve a crear porque domina el dibujo y el grabado en cobre y porque se arriesga a plasmar lo que sus pesadillas le dictan. Su universo existe en un terreno que nunca pisan los puritanos, en la imaginación, en el arte. Son escenas que vienen de las orgías del Satiricón de Petronio, de las mutaciones y la zoofilia de las Metamorfosis de Ovidio, son eternas. Eko “es ofensivo contra el pudor” y su obra es peligrosa, es para quienes se adentran en la experiencia de mirar. Para el resto ahí está la violencia inhumana del narco, seguramente eso si deleita a sus buenas conciencias.

Publicado en la Revista Antídoto.

sábado, 14 de abril de 2012

VOYERISMO.

Jean-Honoré Fragonard. Sueño de amor.

La transgresión de la intimidad fue un invento de los pintores del siglo XVIII. Las escenas galantes del rococó francés de Fragonard, Boucher y Watteau entraron en la intimidad que únicamente podemos vivir si pertenecemos a ese entorno. Las escenas del Veermer o de los interiores de Rembrandt se limitaban a lo que se podía presenciar como testigo; no iban más allá. Esta violación y exhibición de lo más privado de la existencia, es lo que permitió la realización de la fantasía del mirón, del voyeur y es una negación del concepto del pudor. Para Fragonard el desnudo no es una pose que se justifica en una mitología: su pintura es la intromisión en un acto íntimo que se consagra en su exhibición pública. A partir de esta revolución, de la apreciación de la curiosidad como un vicio social compartido, y como un detonador del exhibicionismo, los diarios personales, las cartas amorosas, los testimonios, se escribieron para la posteridad, no para resguardarse en las manos de un destinatario. La vida privada se convirtió en una vía de conocimiento y excitación. Las sutilezas de la naturaleza humana se daban a conocer con falsa sinceridad porque se colocaban, desde su concepción, en un escenario. A pesar de la abrumadora naturalidad de las escenas de Fragonard, con mujeres que duermen con las sábanas arrugadas, enredadas entre las piernas, como sustitos de otro cuerpo, mostrando el culo, con la piel brillante de sudor, sin mirar al espectador, la situación está planeada, creada, es artificio.

Francoise Boucher, dibujo.

El arte abrió la puerta se metió adentro de nuestra cama, de la suciedad de la casa y no se salió de ahí. Para los Impresionistas hasta Lucian Freud, la privacidad deja de existir. El artista se asumió un manipulador y provocador de nuestro voyerismo, explotando las posibilidades estéticas del interior, de la luz, la composición y la construcción narrativa. El arte captura la excepcionalidad, lo imaginario crece con la materialización. Esta intromisión crea una comunicación con el espectador en un rango emocional. La representación liberadora de lo que tendríamos que ocultar y proteger, cerrar los círculos de la existencia hasta el límite de nuestra esencia más impura, hermana a la contemplación estética con la satisfacción sensorial: gozamos, espiar es un placer.

Antoine Watteau, Toilette.

La destrucción de la vida como propiedad privada no es consecuencia de internet ni de los reality shows, es una aportación de estos pintores que, además, fueron juzgados de frívolos. Tres siglos después el arte contemporáneo, que llega tarde con la mayoría de sus propuestas, cree que inventan algo con sus videos de la vida del artista minuto a minuto, con performances en los que el auto llamado artista se lleva media casa al museo y vive ahí. Imitan los reality shows, que son su inspiración filosófica y estética, para romper barreras que ya fueron derribadas hace siglos, con la diferencia de que estos videos carecen de una propuesta estética. El artista asumido él mismo como obra de arte, nos da su vida aburrida como pieza artística, sin otra aportación que su propia e insulsa cotidianeidad. La intervención vérité de la vida cotidiana se convierte en una pesada carga para presenciar, el seguimiento de estas vidas es deprimente. Destrozan el sentido de la emancipación del espectador que entra de la mano del artista a un sitio que tiene vedado. Es imposible ver dos veces película interminable de Andy Warhol de su amante durmiendo.

Francois Boucher, Mujer acostada.

La desacralización de la intimidad no se logra con la exhibición total, vigilante y homologada de una vida; se alcanza con la captura de un instante fugaz privilegiado. La presencia documental de la vida diaria evitando el tratamiento estético pone una barrera moral, su acercamiento es puritano. La idealización se consigue con la recreación. La manipulación de los elementos visuales mitifica los detalles íntimos, los hace imborrables. El voyerista no quiere presenciar verdad o realidad. Quiere ser testigo de algo que sobrepase su propia cotidianeidad y que lo haga sentir que rompió una barrera, que violó un espacio, una vida. El arte levanta la maldición y el castigo por una actividad perversa, nos permite la realización de una fantasía, deja aflorar a nuestro pequeño libertino.

Publicado en el Suplemento Cultural Laberinto, el sábado 14 de abril del 2012.