sábado, 10 de diciembre de 2011

ART BASEL, 2011

Jonathan Monk, The Here and Now, 30 mil dólares.

“Mis fans me salvan de mi misma” declara Lady GaGa y ese tendría que ser el lema de la feria de ART BASEL en Miami Beach. El modelo implosiona. Ir a una feria no es ir a un museo, aquí los galeristas se supone que ofrecen al comprador lo que tendría que agradarle, pero el coleccionista está perdiendo su capacidad de asombro y las galerías languidecen, sin sorpresas que ofrecer. Art Basel se convierte en un lugar para ver y hacerse ver. Los pasillos están saturados de gente, la circulación es difícil mientras una gran cantidad de galerías están vacías. El público decidió que es más interesante ligar en los pasillos que entrar a un stand a ver una bolsa de plástico metida en una caja de vidrio con luces de Jonathan Monk, que cuesta 35 mil dólares. De repente un grupo de personas rodean una obra y toman fotografías. La sorpresa es que la admirada pieza no es el anaquel de instrumental quirúrgico de Hirst (1 millón 650 mil dólares, White Cube); es, cosa extraña, una pintura. Poca pintura y algunas relevantes, y piezas históricas con coincidencias que las hacen sospechosas: demasiados cuadros de Torres García en varias galerías y además muy parecidos entre ellos, como copiados.

John Miller, pieza de 150 mil dólares.


La oferta es tan grande que hay que hacer recorridos durante varios días y en distintos sentidos, uno para ver las obras, otro para pedir precios y otro para observar lo que el público observa. Las reseñas de la feria decían, por ejemplo, que en Art Basel abundaba el sexo, una exageración que sirvió de truco publicitario. Había sexo, si, pero no en las obras: el porcentaje con implicación sexual era tímido o pseudo porno. El sexo estaba en los visitantes, escotes de silicona, bronceados de plancha, torsos de chocolatina y decenas de escorts de varios géneros exportados de Europa del Este. Las galerías tratan de llamar la atención, pero el juego se desgasta, es evidente que a los artistas se les está agotando seriamente el repertorio de chistes y de protestas; la supuesta innovación se devoró a sí misma. El nuevo material de rigeur es el espejo en diferentes versiones -rotos, rayados, intervenidos, papel espectra- y el público los usa para revisarse el outfit y sigue de largo. Ese respeto que tendría que despertar la “osadía” de quien se atreve a llamar arte a un aglomerado de objetos de plástico pegados en un panel y pintados de dorado, de John Miller (150 mil dólares) ya es cosa común y corriente. La sorpresa, el factor que buscaban tener a su favor estos artistas improvisados e impostados, ya no la tienen de su lado.

Elmengreen & Dragset, Sauna Gay, 300 mil euros.

En la galería de Helga de Alvear, el dúo Elmengreen & Dragset montaron con torpeza un “Sauna Gay”; en Miami Beach no puedes truquear una sauna de este tipo, en este territorio es una declaración de principios demostrar con decisión la orientación sexual. Este sauna ocupaba todo el espacio de la galería, la anunciaron con gran publicidad y el stand vacío, frío, falso. Eso sí, el precio a la altura del engaño, 300 mil euros.


Si ya la circulación es complicada esto se agravó con las obras que no se deben pisar y que están en el piso, como una serie de losetas sin pegar por las que todos caminaban sin percibir la esencia de su significado ante la histérica cara del galerista; o piedras, papeles, tapetes de diferentes calidades, etcétera. La especulación fluctúa, se compra por nombre, por la marca o la galería, por impresionar. La pieza más cara que localicé fue un Lucien Freud, un desnudo femenino, pequeño formato, unos 30 por 40 centímetros, 5 millones de dólares. El arte latinoamericano se concentra en galerías brasileñas, con obras menores y pretenciosas. Este show ya sobre pasó la misión de exhibición y se está quedando detrás de sus propios fines, no alcanza a cumplir las necesidades o expectativas que creó, por ejemplo: las pláticas que ofrece son poco interesantes y con personajes de relevancia entre media y baja. Art Basel es un gran escaparate que vende arte o lo que se mueve como tal, por eso su actualidad debe estar en su exhibición, y está en el evento mismo, en la gente que se tropieza por entrar y por desfilar en sus pasillos con una copa de champaña y compañía exótica. Las galerías debieran estar a la altura de estos fans, que son los que salvan a la feria.

Damien Hirst, Cabinet, 1 millón 650 mil dólares.