domingo, 24 de julio de 2011

SANGRE

Para Epicuro “todo lo espantoso es soportable”. Un crimen, la aterradora e inusual posibilidad de la violencia llevada al extremo, nos arroja una vergonzosa e inolvidable imagen que soportamos y hasta gozamos mirar. Estas imágenes llevadas al intolerable y elocuente silencio de una pintura narran hechos, los eternizan dejando un testimonio trágico de una decisión insensata o justa, hacen del evento un espectáculo absoluto, sublime y terrible. La decapitación de Holofernes a manos de una vengadora Judith, en la pintura del Caravaggio: la sangre es un chorro que brota incontenible del cuello del tirano, mancha la almohada, la joven Judith con fuerza sobre humana degolla y mira a su víctima, su mano decidida hace justicia sin remordimientos. ¿Cuánta violencia podemos soportar si la belleza es un vehículo para su contemplación? ¿Hasta dónde se transforma el hecho indignante y terrible en algo venerable y seductor?


Las pinturas de Cezanne sobre homicidios están realizadas con la convulsa fuerza del que se deja llevar por el salvajismo de sus instintos: en una, en medio de un bosque oscuro el asesino carga el cuerpo de su víctima, los dos están desnudos, en otra, un hombre acuchilla a una mujer con la ayuda de un cómplice. La pintura sublima momentos escabrosos, la posibilidad estética rebasa al tema.

Los sacrificios religiosos, siempre sangrientos, retorcidos y morbosos se llevan al paroxismo y la adoración. En Salomé con la cabeza de San Juan el Bautista, Lucas Cranach el Viejo retrata la lujuria iracunda de una Salomé con rizos dorados, semblante infantil y vestido rico en pliegues y elegancia, carga su trofeo en una charola con un borde de sangre, el rostro del santo con los ojos y la boca abiertos, aun predica al mundo incrédulo y sordo ante sus profecías. Una cabeza decapitada en una nota amarillista es lectura enfermiza y resultado de la putrefacta convivencia social, en una pintura puede ser una obra maestra. Esta evolución, este reencuentro con nuestra naturaleza y su representación llevada a otro plano es lo que la convierte en una catarsis, es el paso de Eurípides al recrear los asesinatos de Medea; su poesía convirtió a una madre adúltera, egoísta y cruel en un arquetipo que descifra parte de los misterios de las pasiones humanas.

El New York Post vende millones de ejemplares con la historia de la voracidad un serial killer
y los trozos de cuerpos mutilados que guarda en su refrigerador, pero si esas extremidades amputadas las toma Géricault son un ejercicio de luces y sombras, del color mortecino de la piel. La composición destaca en primer plano el muñón de un hombro y unas manos, como en una escena sexual, descansan sobre los pies. Contemplarlo agrede, impreca, en esta naturaleza muerta el cuerpo masacrado se deshumaniza, ¿en qué momento la muerte cambia su sentido y el dolor es una anécdota? La bestialidad en la nota roja es eventualidad y en el arte es excepcionalidad, aquí es donde toma su estatura y nos lleva a la meditación de nuestra sociedad y nuestra intimidad.
Los Caníbales de Goya, las soleadas y luminosas pinturas que representan a los iraquíes que devoraron a los monjes jesuitas Brebeuf y Lallemant, aquí aparecen desnudas víctimas y victimarios; para comer carne humana Goya los despoja de eso que nos hace civilizados, en esta orgía un hombre con las piernas abiertas levanta la cabeza que devora. La depravación del canibalismo es el último rescoldo del crimen, alimentarse del cuerpo del sacrificio, integrarlo al sistema hasta defecarlo es la posesión absoluta y el poderío más abyecto.

El torrente de la violencia se detiene en el arte, se despliega para explicarse, para permitirnos su análisis, el furor incontenible hace una pausa y dice “mírame, así soy, así puedes ser tú, así podrían ser todos”. Si ante la noticia terrible pasamos la página, ante el arte nos detenemos y pensamos. La inmundicia de un hecho violento es una presencia estética con implicaciones éticas que lleva a la purificación, que cura al mirarla. Cicerón dice que un espíritu obnubilado, anestesiado, tiene las ventanas tapadas. Esas ventanas las abre el arte, nos exhiben, nos revelan. Asumir el peligro de abrirlas nos hará más humanos.

Publicado en Laberinto, de Milenio Diario, el sábado 23 de julio, del 2011