domingo, 15 de mayo de 2011

EL MAR DE HIROSHIGE Y HOKUSAI, DE SU BELLEZA Y LA TRAGEDIA

Hiroshige, Fuji.

La belleza de la naturaleza es proporcional a su capacidad destructora. El Marqués de Sade afirma que es parte de la arrogancia humana pensar que la naturaleza nos necesita, si desaparecemos de la faz de la Tierra, esta no se vería resentida. En realidad, a esta naturaleza la necesitamos nosotros, somos parásitos de sus bienes, nos alimentamos de ella, la explotamos y abusamos. De su contemplación, de la observación meditativa de su belleza hemos gozado y nos hemos enriquecido intelectualmente. Ordenar sus elementos, entenderlos, nos hace sensibles a un ambiente que es inconmensurable; ante él nuestra estatura de depredadores siempre se ve disminuida. La devastadora destrucción de las ciudades japonesas por un temblor y un tsunami de fuerzas y dimensiones nunca antes vividas, nos remiten a esa polarización filosófica y estética entre la belleza y el horror. Ver pueblos desaparecidos, arrollados, miles de personas sumidas en el dolor y como con la mayor serenidad, solidaridad y nobleza lo asumen.

Hiroshige, Awa.

La obra de los grabadores y pintores japoneses Hiroshige y Hokusai (periodo Edo) son meditaciones ante el placer que causa la observación de la naturaleza. Llevaron la impresión de xilografías a limites estéticos exquisitos que influenciaron profundamente al Impresionismo, -la obra de Van Gogh y la de Claude Monet son una investigación desesperada para recuperar esta armonía y equilibrio en el color y el tiempo-. La contemplación nos dimensiona que la vida es efímera, inconscientes de nuestra sed de bebernos cada instante y prolongar el placer como si no entendiéramos su condición inasible. Hiroshige y Hokusai retratan esa fugacidad en escenas de pueblos y ciudades, el teatro Kabuki, la ceremonia del té, geishas de cuellos blancos que fornican maquilladas como máscaras entre sedas, cuerdas y finos látigos. El paso del tiempo sucede en los placeres que no se retienen, que se evaporan dejando más hambre como único recuerdo.

La voluptuosidad de sus paisajes nos dan el aviso oracular de la inmensa fuerza que la naturaleza puede descargar en nosotros, recodándonos nuestra frágil y egoísta presencia. La Gran Ola de Hokusai y Los Remolinos de Awa de Hiroshige es la premonición implacable de la belleza. La Ola de Hokusai es un muro impenetrable que se levanta brutal, la espuma crea unas fauces voraces que van a engullir y llevar vidas, muelles, barcos, territorios enteros a los más profundo de sus entrañas. El mar de Hokusai tiene milenios de inanición y quiere demostrar que ese oleaje eterno no es la caricia de la arena y que se tragará a los testigos de su fuerza, no los necesita para existir. En azules bordeados de espuma blanca, las embarcaciones se defienden siguiendo el ritmo de la violencia de la ola, los remeros luchan con el valor que da la resignación de que no existe salida, y con su minúscula energía se abalanzan a su destino: lo que ayer los alimentó hoy será su sepulcro.

Hokusai, Wave.

En Los Remolinos de Hiroshige, la brutalidad del mar se enfrenta consigo misma, las olas se estrellan de frente una contra otra, provocando mareas que giran sobre sí mismas, que succionan y se hunden en la oscuridad del océano para surgir intempestivas en crestas espumosas. El mar es del color de Hiroshige y de Hokusai, es de los tonos que estos artista mezclan, no pretenden ser naturalistas, su interpretación y recreación es invención, es el delicioso placer de crear lo ya creado, de hacer renacer la historia de la vida misma con colores inexistentes, texturas irreales y sin embargo describirnos con fidelidad la fuerza incontrolable del mar y su espléndida presencia.

Hokusai, The great wave off Kanagawa.

El arte hace de la naturaleza un motivo para ir más allá de lo que nos ofrecen nuestros sentidos, el arte la transforma para hacerla única, irrepetible y eterna. La lucha contra la experiencia efímera, contra la presencia fugaz la gana el artista al atrapar con su obra ese instante. El mar después de Hiroshige y Hokusai nunca volvió a ser el mismo, el mar se detuvo y tomó forma, fue un personaje vivo, pensante. Este mar se levantó y devastó las costas de Japón, dejó una huella dolorosa de su existencia, nos recordó que estamos a la disposición de su omnipotente fiereza. Los cadáveres, una vez arrancados de la tierra, son devueltos a la costa por la mano del vencedor, los regresa como sus trofeos. El virtuosismo de Hokusai y Hiroshige está a la altura del valor ejemplar del pueblo japonés, la belleza de sus grabados demuestran que conocen el vecino que los rodea, conocen su poder, y lo enfrentaron con arte, con imágenes que vivirán como el mar, míticas y eternas.

Publicado en la Revista Antídoto.