jueves, 14 de abril de 2011

HITOS DE UNA CIUDAD, LAS INTENCIONES NO SON ARTE

Ulises Figueroa, Exoesqueleto descimbrado.

El trayecto tortuoso para llegar a esta galería y observar la exposición Hitos de una Ciudad es a través de calles saturadas de vendedores ambulantes, automóviles, ruidos y arquitectura devastada. La contradicción es que al entrar encontramos una reunión de objetos mínimos que no remiten a ninguno de los aspectos que la ciudad nos arroja a la cara. El título de la exposición y los textos curatoriales aluden a los puntos o momentos destacados de una ciudad, sitios de convivencia, de trayecto, de encuentro, huellas de uso del espacio, etc. Las piezas se remiten a un microcosmos ajeno al espacio y las intenciones que refieren, son una visión simplista y superficial que no evoca el tremendo lugar que es una ciudad. Las piezas elegidas, con evidente arbitrariedad, podrían funcionar no solo para esta exposición y este tema, podrían servir para infinidad de temas, porque en su mayoría, al no representar nada, pueden adaptarse a lo que sea. Para la curaduría es simbólico de una ciudad un software interactivo elemental de colores, un video monótono en el que la propuesta estética es el abuso de uno o dos efectos enlatados de post producción, fotografías fuera de foco de agujeros de banquetas, -un tema por cierto obsesivo en el arte contemporáneo mexicano-, una silla Van der Rohe ensamblada en un triciclo, un vinyl con una imágen de arboles. El vaciado en resina de algunos objetos habla más de la deformación del concepto de escultura que de una ciudad. Está colección en sus mínimos alcances, en su falta de identidad y definición puede ser de un pueblo, una calle, por darle una situación geográfica, porque puede representar lo que sea. Por ejemplo si esos vaciados de resina son para la curaduría un hito urbano, los de Rachel Whiteread que utiliza la misma técnica, que ya llevó a proporciones desmesuradas en su repetición, y que por basarse únicamente en el material sus piezas son prácticamente lo mismo que estas, -recordemos que para llenar la sala de turbinas de la Tate hizo 14 mil vaciados de diferentes cajas “para meditar el misterio de lo que se puede guardar en el vacío”-, sus obras más recientes de vaciados en latas de refrescos, “evoca la belleza de lo ordinario y hace hablar a la luz que pasa a través de la transparencia”. O sea de los mismos objetos se dicen cosas distintas. Dos piezas interesantes: las esculturas en mármol de Alberto Vargas, un rinoceronte hecho con madera de cimbra de Ulises Figueroa no guardan ninguna relación con el tema. ¿Por qué estas cosas son hitos de algo? Ya no digamos de la ciudad, ¿de qué?

Omar Rosales, Espacio en bolsa. Vaciado en resina.

DE LA ARBITRARIEDAD DE LA CURADURÍA.

Esto sucede porque el estado actual del arte lo permite, es decir porque la curaduría reúne lo más disímbolo y lo etiqueta en con un nombre y un tema y aunque las piezas no remitan al tema, no importa, la curaduría se encarga de inventar un discurso que justifique su presencia en el museo. La visión de la exposición es de una ciudad minúscula, donde no conviven personas ni grupos sociales, no hay ruido, no hay violencia, no hay mitos, no hay conflictos, no hay belleza, no hay memoria, la arquitectura, que es una colección de despropósitos y vanidades, no está presente. Esta reunión de cosas, a pesar de las pretensiones curatoriales, no es una ciudad, es un sitio ficticio, sin identidad, ni personalidad. El fenómeno curatorial se presenta aquí no como una excepción, sino como la necia constante en el arte actual. De la renovación de los fundamentos del arte han saltado a la falta total de fundamentos. El texto curatorial, que se supone un medio para acercar a la obra, se ha convertido en un fin en sí mismo, el texto prevalece sobre las obras, las unifica, las obliga a ser lo que no son. La curaduría que insiste en que es el contexto el que otorga la dimensión de arte a cualquier cosa, aquí ni con la presencia imponente de la galería lo consigue, por la patente contradicción entre lo que vemos y lo que anuncian: Hitos. Con estas cosas exponen una selección de fotografías de Guillermo Kahlo que realizó en la ciudad durante las primeras décadas del siglo XX, que no aportan diálogo o referente, es una muestra documental anacrónica sin visión artística, que aunada a la visión microscópica y parcial de la curaduría, dan la noción de que esta ciudad apenas ha cambiado desde que Kahlo la fotografió.

Edgar Orlanieta, Criollo.

El arte que se supone tendría que revelarnos aspectos de la realidad que no podemos ver, aquí se convierte en una experiencia que no comunica. Crear conceptos no crea obras, la obra no puede ser más de lo que ya es, y si no aporta o revela algo no lo va hacer por orden de la curaduría. Para demostrar la imposición curatorial sobre las obras podemos hacer el ejercicio de cambiarle el nombre y la intención a la exposición, ya conocemos los elementos: piezas de vaciado en resina, una silla de diseño en un triciclo, un video de unos jóvenes en bicicleta, un vinyl de una fotografía de arboles, fotos fuera de foco de agujeros de banquetas, esto bien puede ser “La edad de la inocencia” y decir: “Los artistas analizan con ironía y crítica elementos sociales y la absurdidad de una sociedad en su estado post consumista del capitalismo tardío”. Le podemos llamar “Proyecciones del alma” y decir: “Esta exposición confronta al espectador con su tendencia a producir emociones, interpretaciones y sentidos ante la presencia de los estímulos más ambiguos”.

La curaduría hace de la ciudad un asunto puramente teórico que en la praxis de las obras no alcanza a revelar otra forma de comprender el fenómeno. Esto no se solucionaría cambiando de obras, porque la función de la curaduría es plantear una idea que sea más poderosa que las obras, el concepto rige por encima del trabajo artístico. Las obras mismas encuentran su valor no en su factura o en lo que demuestran, está en lo que significan y por si fuera poco este significado se adapta a lo que la curaduría imponga o necesite. Desde la apropiación de una silla Van der Rohe que en la distorsión de su forma original supone una broma “artística”, hasta la evidente falta de pericia en el uso de la tecnología como herramienta, lo que la obra signifique es un capricho que siempre está por encima de lo que con su presencia demuestre. Esto no hace a las ideas superiores, lo que hace es al arte menos virtuoso, menos inteligente, menos interesante y transgresor. En cada artista tendría que existir una propuesta distinta de mirar, entender y construir la realidad del arte. El artista aporta su experiencia e inteligencia creadora a la obra, las ideas y conceptos evolucionan la teoría para concretarse en obras. Si la obra se reduce a especulación retórica lo que vemos no es arte. Es una preconcepción actual decir que todo es arte, que la curaduría puede dar este estatus a lo que sea, y que bajo el amparo del contexto vamos a ver una ciudad donde no la hay y arte en lo que no se demuestra como tal.

Texto leído en la mesa redonda realizada en torno a la exposición Hitos de una Ciudad, en San Carlos Centro Cultural, el jueves 24 de marzo del 2011.

Publicado en el Suplemento Cultural Laberinto de Milenio Diario, el sábado 9 de abril del 2011.