sábado, 1 de enero de 2011

AUTORRETRATO TRAVESTIDO



Nerón, el emperador amante de las artes, y los jóvenes dóciles, salía en la oscuridad de la noche, sin guardias, a buscar aventuras que le ofrecieran peligros y placeres, y para disimular su regia presencia se disfrazaba. En sus fiestas los jóvenes se vestían de animales y contrarios a su género, tenían que fornicar entre ellos, el emperador mezclaba hombres y mujeres y ellas hacían machos con falos de cuero, y ellos se dejaban poseer como hembras. En el teatro griego, otorgaban las máscaras según el ethos o personalidad del actor. El disfraz no simula, exhibe. Yo soy mi máscara.
La obra Julio Galán está marcada por lo que él quiere que veamos de su naturaleza. En la pintura Mandarín en Domingo se viste como la princesa Turandot, lleva un ave del paraíso atado de un lazo, es su esclavo, su víctima. Envuelve su fragilidad en las sedas de una princesa cruel que pone trampas al amor para huir del tedio de ser amada, hace del vestido y el maquillaje una coraza que no lo encubre, ni lo aleja, demuestra que su inhibición es una invitación a la posesión con violencia.
Si el autorretrato es un ejercicio de auto observación y análisis, travestirse para retratarse es la catarsis de la intimidad, es la autoinmolación esencial. Frida Kahlo se viste de hombre en su autorretrato más fiel, se sienta en una silla como un jovencito formal que posa para que su novia se lleve un recuerdo de él. Lleva un traje gris oscuro que le queda grande, una camisa roja abotonada hasta el cuello, y en las manos las tijeras con las que se acaba de cortar el cabello que vemos en mechones esparcidos por el piso. Esta mutilación la acerca aún más a su masculinidad, para sentir la cabeza ligera de los hombres, en la que no pesa el cabello. Frida grita: sin esta trenza soy un macho.

Los autorretratos de Saturnino Herrán cruzan un puente con un riesgo vertiginoso e irrevocable, él no disimula el placer inmenso que le causa travestirse, se pinta con el hedonismo y la entrega de quien es admirado por su amante. Sus pinturas son cartas de amor, son entregas pasionales, sin pudor, comparte con el que contempla el gozo de posar y de pintar. Saturnino Herrán vestido de tehuana es una de las obras más logradas de la pintura mexicana, con colores brillantes, el cuerpo recargado de un lado para que el peso etéreo del ropón equilibre el espacio y adquiera el valor de un aura que envuelve la cabeza y el cuerpo, es descarado, juguetón, seductor. Nos mira con una risa delicada, nos reta de reojo, con su bigotito encima de una boca de labios carnosos. Muestra una de sus manos para que comprobemos que es él, larga, firme, grande. El pecho plano adornado con encajes y collares de cuentas. Herrán se ama como mujer y ve que es bello, que es deseable. Bugambilias, es un jovencito, como sus indígenas sensuales, flexibles, dionisiacos, en él pone unos pequeños senos sobre un torso fuerte y delgado, lo envuelve en una guirnalda de flores, es una ofrenda que se contorsiona y mira al cielo en un espasmo, es la fuerza que despide un cuerpo que sabe ser grácil y apasionado. Para Herrán la ocultación fue la ceguera del que mira su obra como esencia mexicana, cuando en realidad el tema es solo un vehículo para resolver imágenes que se reúnen en composiciones eróticas, heroicas y epicúreas. Sus indígenas en ritos sagrados son cuerpos complacientes, retratados con una maestría conmovedora y escandalosa, Herrán entrega todo su virtuosismo como dibujante y anatomista para encarnar el deseo con líneas limpias, en cuerpos que define de un solo trazo entre luces y sombras. La Mujer del Mantón, es un Herrán joven envuelto en los colores de Sorolla, en la composición se coloca en la orilla para que sea el mantón floreado en rojo el que defina el ambiente. Dichoso con su vestido de maja, el rostro de Saturnino sonríe y reta al espectador. El placer en un entorno de pureza idílica exenta del miedo a la muerte y al dolor es la base temática de la pintura de Herrán, sus autorretratos son el gozo de un creador que no teme a la efímera condición de la sensualidad, al instante que consuma el deseo eterno. Si ya desnudó el cuerpo de los dioses, ahora se viste del cuerpo del placer.