sábado, 15 de octubre de 2011

OBVIAR, DESPISTAR, EXPOLIAR.

En la medida en que el arte se ha ido reduciendo a la más obtusa elementalidad, los temas se han ido complicando. El tema, el qué decir, sólo da pie a la creación, la obra debe ser más poderosa que la idea que la inspiró o le dio origen. El cómo rebasa al qué. Heidegger se ahogó en retórica para no acercarse a la verdad, defecto de su carácter y su pensamiento, se ancló en el terminó cosa para no ver que los zapatos campesinos de la pintura de Van Gogh se distancian del objeto mismo porque la representación supera a la realidad y un tema sencillo da pie a una obra portentosa. La representación reinterpreta, reinventa, no es copia. Si la creación trasciende a la idea, podemos quedarnos con lo que la obra es sin atarnos al tema. En sus diarios, Delacroix afirma: “los grandes temas son simples acompañamientos”. Si son guerras, mitos religiosos, crisis existenciales, lo que llega a nosotros es la invención, el cómo están interpretados y representados. Lo que tiende un puente entre la obra y el espectador es el resultado, la síntesis de una idea que el artista ha sometido y transformado con inteligencia y pasión y que resuelve en color, composición y forma.

Por eso, aunque el tema sea ya lejano, aunque su momento haya sido superado por la historia y el paso del tiempo, la obra permanece, impresiona, conmueve. Analizar el entorno y crear a partir de una visión o una idea, plasmarla en una pintura, un dibujo, una escultura, es una declaración de principios y una responsabilidad, porque lo que sobrevivirá de la obra es el resultado, no el tema, no las intenciones. El tema no era la España del final del siglo XVIII, era la visión de Goya, su aguda disección, su tremenda línea negra tallada en la placa, sus rostros deformados y envilecidos por la corrupción. Cuando el artista cree que el tema hace a la obra, se convierte en un fatuo que se monta en ideas que no entiende y no analiza -basta que las proclame- y deja que la obra sucumba ante un peso ideológico que la tritura. La inmensa mayoría de las obras y los temas del anti arte -aunque a la vista sean una frivolidad o respondan al boletín oficialista del Estado- se nombran complejos, comprometidos, críticos o solidarios ante un conflicto social o humano, pero al estudiar el resultado sus planteamientos se desmoronan. La obra se destruye a si misma ajena a lo que significa.

Si el tema es la violencia y la represión, montan un mini parque temático de los sustos con escenografía de rejas antimotines, sillas eléctricas y para inyección letal, siluetas para práctica de tiro, cajas con palas, “brazos humanos cercenados”, un martillo metido en una pecera, y a esas cosas les llaman “práctica polimorfa de la escultura contemporánea”.


Mientras la creación ilumina y arriesga, la expoliación de objetos y su redención como artísticos trae consigo una obviedad que lastra, acota y no permite ir más allá: si hablan de “vigilancia y dispositivos de la dominación” ponen vidrios balaceados. Los objetos reacomodados en un contexto, que se supone otorga validez al tema, limitan al espectador a una visión univoca, inmediata y sin matices, impidiéndole otras posibilidades o panoramas. Es una veleidad afirmar que el tema es capaz de hacer un contrapeso formidable para la obra. ¿Por qué no se puede regresar a los temas sencillos, a la naturalidad del devenir? Porque esto despojaría a la obra del sustento temático, su única razón de ser y quedaría la materialidad, el objeto, la burda presencia de la cosa. Sin aportaciones espaciales y estéticas para ser una obra de arte, porque su restringida presencia es usurpación, no creación. Los separa el contraste de un tema sencillo y obra portentosa y otro obra basura y tema pretencioso. Las obras trascendentales son preguntas complicadas resueltas con respuestas claras, las obras banales no se hacen preguntas, no tienen qué resolver, todo está solucionado de antemano, basta seguir el instructivo, elegir entre los temas del menú y ya está. Dice Delacroix: “la línea recta es una invención, no se encuentra en la naturaleza”. Inventar es crear, es un acto deliberado, el imperativo de la no creación está esclavizando al arte, y hace al artista conformista y sumiso.
Obras de la exposición de Enrique Jezik en el MUAC.
Publicado en el Suplemento Cultural Laberinto de Milenio Diario el sábado 15 de octubre del 2011.

4 comentarios:

Kosovar dijo...

la influencia de la casa de los sustos en el arte es mucho mayor de lo que me imaginaba. Hemos trascendido a los barrocos españoles en la representación del horror para darle paso a los esperpentos de la feria, la mujer araña, el hombre mórbidamente gordo, el enano director o el esquizofrénico. No cabe duda que ante el abismo, hemos dado un paso adelante.

eduardo dijo...

Lesper, muy bueno, muy claro. Como siempre.

Roberto dijo...

Coincido en que hay una inversión de la ecuación que genera la obra de arte contemporánea (aunque el señalarlo ha sido un lugar común por muchos años). Lo que me parece despistado de su parte es la interpretación de Heidegger. Claro, no tiene una sola interpretación (dudo que a él mismo le hubiera satisfecho el que se impusiera una interpretación definitiva de su obra), pero si acaso podemos decir algo, es que Heidegger estaría en contra precisamente de la estética "posmo", que privilegia la apariencia y la inmediatez en sacrificio de la profundidad y de las grandes ideas que trascienden el tema. De ahí su preocupación por los efectos enajenantes de la tecnología, pues nos separan de la conexión con el ser.

Vegetal dijo...

¿Cuánto cueta cada instalación en el MUAC? Mucho más que lo que cobra un escenógrafo de un foro de TV. Aquí estams ante la "obra" de un curador y sus servicios no son baratos. Cuauhtémoc Medina, la sra de La Torre, y el resto de las personas que están parasitando la institución deberían de rendir cuentas. Lástima que están protegidos por la autonimía de la UNAM