domingo, 17 de julio de 2011

LEONORA CARRINGTON, EL DRAMA DE GALATEA

Dorothea Tanning, Self portait.

Leonora tuvo dos maestros básicos en su vida, Max Ernst y Hieronymus Bosch, el Bosco. Su obra se reduce a la unión de las imágenes previamente creadas por Ernst para sus novelas gráficas Una Semana de Bondad y La Mujer de las Cine Cabezas. Ernst marcaba a sus mujeres, les enseñaba a ver el mundo y cómo debían recrearlo. Una vez truncada la relación entre Ernst y Carrington, a causa de la Segunda Guerra y Peggy Guggenheim, Ernst se casa con otra pintora, Dorothea Tanning. Lo más increíble es que la obra de Tanning es parecida a la de Leonora, las dos tienen puntos de unión en la alteración de la realidad y en las contradicciones absurdas. Carrington más apegada a esta antigüedad del Bosco en la construcción de los planos, los escenarios y la reunión de personajes y Tanning buscando historias, perfección anatómica, y las dos dirigiéndose al tan explotado y mítico sitio del subconsciente.

Carrington llegó a México desde Nueva York, gracias a su matrimonio con Renato Ledúc, que era diplomático. La locura es algo muy conveniente para la personalidad del artista del surrealismo, Dalí lo llevó a su apoteosis y esa personalidad desfasada, excéntrica, le confería una máscara que le permitió una verborrea insolente y montar puestas en escena en las recepciones y entrevistas. En Carrington, el antecedente de su ingreso a un hospital psiquiátrico en Santander, España, en donde fue diagnosticada con histeria y la trataron con cardiazol y electroshocks, hasta dejarla agotada y sometida, crearon en ella un espacio teatral en el que cualquiera de sus actitudes, -enmudecer, ensimismarse, ser huidiza-, estaba justificada por el aura infranqueable, misteriosa y arbitraria de la locura. Esto confería a su obra parte de su magnetismo, sus imágenes en las que los seres que ya había creado Ernst hacen su vida cotidiana, la vida enclaustrada de las mujeres, se repiten pero en artificial versión onírica, toman el té, cocinan pócimas verdes en grandes ollas transparentes, suben escaleras al vacío, comen, duermen, conviven con animales dentro de escenarios del Bosco que suponen una realidad que está fuera de un plano coherente. Teniendo en cuenta las circunstancias de su internamiento: su afición al alcohol, la abrupta separación entre ella y Ernst al que detuvieron en un campo de concentración en la Segunda Guerra, la proverbial crueldad de los hospitales psiquiátricos españoles, -la gran mayoría en manos de religiosos que no se caracterizan por la piedad y la compasión-, a pesar de explotar el charm de la locura, su obra pictórica y escultórica no manifiesta ese dolor que supuso una experiencia tan terrible. Los personajes viven en una fantasía permanente, infantil, mágica, mística y de cuento de hadas, sin corporeidad, sin mayoría de edad y sin sexualidad.

La obra de Carrington se detuvo en un tiempo psicológico, es el mundo de una pre adolescente, y es increíble porque estamos hablando de una joven que salió de una familia rica y complaciente a sus caprichos, para casarse prácticamente con su padre al unirse a Ernst cuando ella tenía 19 años y él 46, la sexualidad con un hombre mayor, la intensa y disoluta vida que llevaban todos los del grupo, -Duchamp, Breton, Picasso-, dejaron tras de sí a una mujer que en su obra manutuvo con toda determinación un mundo de Peter Pan. En México desarrolló la gran parte de su obra plástica al margen de la evolución de los géneros y del cambio de sociedad y cultura, siempre mantuvo su iconografía narrativa, se inició surrealista y murió surrealista. Los tonos y la atmósfera de Carrington es la recuperación de las pequeñas y precisas pinturas de los incunables, el Libro de las Horas del Duque de Berry, donde Salomé presenta la cabeza de San Juan el Bautista con un vestido rosa y la piel pálida, esas dimensiones corporales, entre lánguidas y etéreas, las túnicas largas, los vestidos densos que ocultaban el cuerpo, los reproduce Carrington, apresurando un estado de pureza y deserción. Su obra surrealista se enclaustró en una infancia dorada de cuentos y fábulas, los animales son personajes que comparten con sus humanos la casa, la leyenda y los misterios. En La Tentación de San Antonio, la incitación al vicio y a la disolución no existe, esa voluptuosa provocación que tendría al ermitaño sumido en un orgiástico sufrimiento, para Carrington son un grupo de mujeres con vestidos largos que le tienden una red al santo, Antonio está metido en una túnica caparazón blanca, con su vejez como defensa, escuchando sus propias dudas en sus cabezas que habitan en su barba, el cerdo vencedor de la impureza, reposa en la tranquilidad de quien no tiene deseos. Nadie puede ser tentado por esas mujeres, para Antonio el sexo era una pesadilla, su infame auto represión lo llevó abandonar el mundo, vivir en una tumba vacía, en el desierto rodeado de piojos y suciedad, la pintura de Carrington es una prolongación de la obsesión puritana del santo.

Atrincherada en los interiores de la superficialidad, las historias de Carrington son entre utópicas y quiméricas, no llevan a ningún sitio, narraciones sin desenlaces, son oraciones, frases encerradas en las paredes de algo, hasta los paisajes están limitados por columnas, escaleras, enseres domésticos, tienen un pie atado en la puerta, en la pared. El surrealismo inventó un subconsciente que no existe, contribuyó a construir el cliché de la locura, y además decidió que así es como se debe pensar que es la irrealidad del paisaje onírico que no controlamos, inventando las voces y los fantasmas que duermen en el diván del psiquiatra. Esta leyenda se alimentó de una serie de imágenes que se convirtieron en esquemas a seguir, y que brindaron la comodidad de crear a espaldas de la vida misma. La sexualidad fragmentada y mutilada de Dalí, que apunta a la negación de hacer pública su homosexualidad, coincide con la obra de nuestras tres surrealistas, Carrington, Varo y Kalho, premenstrual, virginal, niñas de casitas de muñecas, de embarazos sin sexo, los embarazos ideales, sin cogida, sin hombres.
Estas Ifigenias crearon una obra potente porque su alejamiento, su extrañeza de lo que les rodeaba, les confería una fuerza que radicalizaban en el berrinche de negar la vida, de negar todo lo que les atañía y crear por un camino aséptico, en un jardín secreto, hasta Frida que hizo de su dolor un eterno retorno a la infancia, un espejo naif de la sangre y el masoquismo. En este paraje franqueado por la ficción idealizada, Carrington se obsesiona con los detalles, sus pinturas están cargadas de elementos, de pinceladas milimétricas, recrea cada hebra del cabello de las mujeres, los objetos cotidianos, y evade la carga de pensar en el contenido, estos naipes de un tarot sin destino no revelan, están vacíos de mensajes. Mientras que los personajes del Bosco se retorcían en orgias y alucinaciones cuestionando los mitos monoteístas, los de Carrington toman el té en una casita de juguete. Estas imágenes configuraron un cuerpo de obra más impactante que comprometedor, hay una delicia suave en ver sus pinturas, como en escuchar una historia de gnomos y princesas, pero no hay riesgo, no hay sitio para la provocación o el encuentro brutal del arte. Carrington ofrece un remanso escapista que no pone en aprietos al espectador, le da la oportunidad de regresar con ella a los caprichos de la vida en rosa, en la dulce siesta de la tarde.

Publicado en Milenio Semanal.

9 comentarios:

Gazcon dijo...

Los surrealistas nunca fueron demasiado sexuales en sus obras, con excepción de Dalí. Y Leonora fue la más recatada y pueril del movimiento.Pero para muchos, la fantasía de Leonora es surrealismo. Yo creo que está más cerca de Harry Potter.

maria eugenia butler dijo...

Estimada Avelina: Soy una verdedera lega del arte, uno púede ver cuadros e imaginarse cosas que tal vez no tienen nada que ver con lo que la (el) artista piensa y me fascina cómo tu conectas todo con la vida de ella. Pero y ¿la técnica? ¿Porque no hablar de la técnica? ¿Me puedes explicar?

Aura Garcia de la Cruz dijo...

Hola Avelina, leo tu comentario sobre Leonora Carrington y difiero de tu opinión. Si bien es cierto que la influencia de Max fue decisiva en la obra de Leonora, es preciso decir que la mayor parte de la obra de la artista se creo en nuestro país, lejos de Ernst. No fueron únicamente factores ajenos a Leonora los que determinaron la separación definitiva de los pintores, una vez se encontraron los artistas en Estados Unidos, la relación entre ambos pudo retomarse, pero Carrington decidió viajar a México y separarse de la influencia que ejercía Max en su persona y que ella misma reconocía.

Aura Garcia de la Cruz dijo...

Hola Avelina, leo tu comentario sobre Leonora Carrington y difiero. Si bien es cierto que la influencia de Max Ernst fue decisiva en la obra de Carrington, es preciso decir que la mayor parte de la obra de la pintora se realizó en México, lejos de Max. No fueron únicamente factores externos los que provocaron la separación definitiva de los artistas, una vez en Estados Unidos, Ernst y Carrington pudieron haber retomado su relación, pero fue decisión de Carrington viajar a México y alejarse de un grupo de influencia en términos artísticos. Decir que la obra de Dorotea y la de Carrington se parecen en “las contradicciones absurdas” es una generalidad que se puede aplicar a muchos artistas llamados surrealistas. Es muy común sentenciar a los pupilos en relación a los maestros, pero quién juzga a los maestros en relación a los pupilos, Max un hombre que no podía vivir sin una mujer a su lado. El diagnóstico que se le dio a Carrington en el hospital de Santander es ambiguo, el doctor Morales ha declarado que fue psicosis marginal provocado por el contexto histórico.
Describes las escenas de Leonora como si los seres en sus cuadros no pasaran de realizar acciones mundanas sin trascendencia alguna, ese comentario a la ligera debería ser contrastado con estudios profundos sobre cada uno de sus lienzos. Ocupas los adjetivos, “mágico, infantil, sin sexualidad, de cuentos de hadas” de forma negativa, cuando estos adjetivos siempre tienen un ámbito de significación positivo y un fondo muy hondo, habría que revisar las lecturas que hizo la artista y que determinaron su imaginario, Alicia en el país de las maravillas no es un cuento de hadas para bobos. Es cierto que la infancia de la artista fue un periodo decisivo (entonces ya no es nada más la pupila de Max), pero decir que fue una “infancia dorada” entre campos y hadas es un error, habría que incluir el lado no siempre feliz de una sensibilidad que no era bien vista por la clase alta inglesa. ¿Leonora se refugio en sí misma y se alejo de la realidad? Una de las premisas de la pintura surrealista fue la búsqueda de un “modelo interior,” que nunca se desvinculó por completo del “modelo exterior”, habría que abundar en este término y explicar mejor este punto. Es obvio que la vida de Leonora estuvo marcada por los encuentros con distintos hombres, no nada más parejas sexuales, si la sexualidad no es un factor que se represente de forma obvia en su obra, si no vemos penes y vaginas, esto no significa que exista una inmadurez en su trabajo, a diferencia de algunos surrealistas Leonora consideró por encima de Freud a Jung. Cualquiera que se adentre al universo de las pinturas de Carrington, retomando con seriedad las lecturas que realizó en cada periodo de su vida encuentra en sus lienzos un universo inquietante, complejo, de difícil comprensión. Yo he estudiado una de sus obras con atención y en lugar de un “remanso escapista” me encontré con una escena alarmante, que me hizo reflexionar en torno a eso que llamamos “realidad,” sus cuadros son preguntas siempre abiertas y en eso no hay nada de estúpido.

Respuesta a Ana Garcia dijo...

1 Leonora nunca cambió su estilo, una vez adoptadas todas las formas y lenguaje de Ernst a su iconografía celta, no hubo evolución en su obra.

2 Al llegar a México, no hay en la pintura de Carrington rasgos de esta nueva circunstancia, tan brusca en la vida de cualquiera, estas pinturas las pudo haber hecho en Inglaterra, nada de ellas hablan de su vida en México, de hecho ni la Guerra, ni muchos de los eventos de su biografía están presentes en su pintura.

3 Es obvio que pintó físicamente lejos de Ernst, pero jamás se alejó de su estilo. Por otro lado si se encontraron en NY,USA fue circunstancial, Ernst ya se había relacionado con Peggy Guggenheim (ella le facilitó su traslado a América y se casaron más tarde) y al poco tiempo conoció a Dorothea Tanning, una pintora que por lo menos en técnica y estilo, llevó su obra más lejos que la de Carrington. Y Carrington ya conocía a Leduc gracias a él emigró a América y a México.

diminui dijo...

hola Avelina.
Estoy de acuerdo con muchas cocas que planteas. Es verdad que no hay evolución en la obra de Carrington. A quien admiro muchísimo. The hearing trumpet es un gran libro, y la biografía de Poniatowska me encantó!

Me hiciste recordar la exposición de Miró en la Tate Modern de Londres hace unos meses. La curación proponía un análisis de la obra del catalán a partir de su militancia nacionalista y su confrontación con el régimen franquista. lo que va alterando la técnica. posteriormente, en el mainstream, la época de protesta y rebelión queda de lado y es cuando aparecen los grandes lienzos azules y verdes.

es muy importante que los críticos de arte conecten a la gente con los artistas utilizando varios canales y no solo los exclusivos de la técnica, el material, las formas, las perspectivas... el contexto histórico y emocional enriquece mucho la perspectiva

saludos

diminui dijo...

dos cosas más,
uno. me llevé el carrington de tu blog a mi blog.
be. galatea? como la de Rafael o la de Garcilaso?

Avelina Lésper dijo...

Por la estatua griega de Pigmalión, se llamaba Galatea, creo que ella, su fama, su influencia, es la obra de otro.

nancy jimenez dijo...

Hola. Buen día.
Quisiera me informes en que galerías de Estados Unidos hay expuestas algunas obras de Leonora Carrington.
te agradezco una pronta respuesta.