sábado, 28 de mayo de 2011

UN MUNDO PERFECTO, HUNG LIU

Lo único que tenemos que hacer ante una utopía es huir de ella. La artista china Hung Liu creció en el régimen maoísta, una vez que terminó la escuela preparatoria fue enviada a los arrozales a trabajar durante 4 años. Estudió arte en Beijín y fue educada en el estricto método pictórico del realismo socialista que le exigía ser lo más fiel posible a la imagen para preservar la esencia social. Dio clases de dibujo y pintura en un programa de la televisión oficial.

La obra de Liu refleja ese sentimiento de admiración a la mítica revolucionaria y la nostalgia de la irrealizable posibilidad de una utopía social, Liu trata de preservar y destruir la imagen al mismo tiempo. La lleva a límites de belleza que golpean la mirada y la desangra con goteo de colores, el tema central está en el fondo, lo oculta detrás de pájaros, pétalos de flores, colores, circunferencias de las bases de sus botes de pintura y caligrafía que impone en las diferentes capas de pintura que logra con polímeros transparentes, creando la sensación de que los elementos flotan encima del cuadro, cubierto por telones transparentes contra fondos dorados, límpidos blancos o tejidos milenarios.

Para Liu ser una emigrada, no la hace víctima del sistema, ella misma se convierte en una narradora de historias que describen el trabajo heroico de una sociedad que contiene a millones de personas dentro de un pasado milenario y un futuro que aplastó sus expectativas y las transformó. Las imágenes de Liu son épicas: bailarinas que sostienen ametralladoras sobre sus zapatillas de puntas en coreografías oficiales, familias de campesinos en los arrozales, el ideario de la propaganda maoísta recreado con una belleza y la riqueza de un estilo que sublima las ideas que inspiraron. Para Liu los valores socialistas se convierten en sociales y humanistas, entonces se hacen universales e intemporales. Mientras un sistema puede caer, el arte que lo recreó y le dio otra visión permanece. Sus pinturas inspiradas en el film de propaganda “Daughters of China” dirigida por Ling Zifeng en 1949 reinventa la épica de una nación en un concepto de unidad y coherencia social despreciado por occidente. Los rostros arrancados de esta película despiden furia, dolor e ímpetu; es el momento histórico de las mujeres en la construcción de China.

En 1981 fue aceptada en el programa de post grado en arte de la Universidad de California en San Diego, el gobierno chino le dio el pasaporte en 1984, desde entonces vive en California y enseña su técnica en la universidad. El lugar común en estas historias es hacer una víctima del emigrado que huye de un régimen feroz a otro país para hacer su obra en libertad, pero Liu no pasa por la cuota que debe inspirar lástima o la condescendencia del sistema, su obra vale por lo que es, no por la explotación que se pueda hacer de su situación social, y para demostrarlo no se aleja de sus temas, de la circunstancia en la que creció y que le permitió convertirse en una gran artista. En la obra de Liu no existe el resentimiento que tanto agradecería occidente, esos gritos de sufrimiento que los hacen los héroes del mundo, para Liu es héroe el campesino de arrozal que abraza a su hijo, no los sistemas políticos, no los dogmas. Su obra no impone ese folklor denigrante que explotan muchos artistas latinoamericanos para pasar por cuota minoritaria, Liu se sostiene en su talento. La estilística post maoísta se mezcla con retratos de mujeres, princesas que provienen del lejanísimo origen de todas las historias, tocadas con plumas, flores de cerezo, vestidos suntuosos en sedas que brillan rojas, doradas, amarillos enceguecedores, esa mítica ubica a la pintura de Liu en una atmósfera que va más lejos que el momento político, es una invención de una nueva era.

Esta reunión de oriente y occidente, el poseer una perspectiva distinta de la realidad trae la posibilidad de, en la distancia, revivir lo que deja atrás. El pasado histórico no se convierte en un fantasma, al contrario, alimenta cada una de sus pinturas con leyendas. Hung Liu dice de sí misma que deseaba ser un soldado valiente, ese espíritu de lucha que no teme a la muerte, es el espíritu del arte, que se enfrenta en el campo de batalla que es el lienzo para dejar en él la vida misma. Si el arte no pretende trascender, ir más allá del instante se convierte en un objeto de consumo que muere cuando pasa de moda. Liu se ve a sí misma como un soldado porque está dispuesta a que su obra la sobreviva a ella y dice “la historia es un verbo, no es una imágen estática”. Sus imágenes cruzan el rio de la historia con sus heridas, sus sueños, con su lejana utopía a cuestas.

Publicado en la Revista Antídoto

domingo, 22 de mayo de 2011

NO HABLES, HAZLO

Naldz Graphics, TV MAN

¿El medio es capaz de banalizar el mensaje? Después del horror infantiloide de Arte Shock o arte shoporífero -imitación mediocre del ya de por si patético y frívolo reality de la BBC, School of Saatchi-, TV UNAM se lanza de nuevo con el arte y co-produce Naturaleza Quieta, con los pintores Carolina Kerlow y Marcos Límenes. La televisión tiende a banalizar todo lo que toca, la caja impone su misión: es entretenimiento. El reto de esta serie es darle credibilidad al proceso artístico, hacerlo visible y comprensible, invitando a artistas de diferentes disciplinas a realizar una obra en el foro para “el monitor de la televisión”. Estos programas dan la oportunidad de escuchar a los artistas hablar sobre arte, plantear sus ideas, decidir la obra y ejercer su libertad. Estamos en una época en que el curador es el patrón de las exposiciones, dice qué hacer, qué tema abordar, impone materiales, toma las obras y las contextualiza en la forma que él desea, nulificando la autoridad creadora del artista.

Kerlow y Límenes documentan el hecho de la creación, es decir, el artista hace la obra. El programa con Mónica Castillo es la prueba que la retórica no hace al arte, con sus alumnos de la Esmeralda -acólitos de Joseph Kosuth- la obra estuvo lista en 10 segundos y 29 minutos fueron para escucharlos en una conversación ignorante y banal mientras hilvanaban clips, los jueces de arte shoporífero les pondrían estrellita en la frente. En la entrevista, Límenes habla sobre pintura con Saúl Villa, de la visión que tiene del vacío el virtuoso y elegante Kiyoto Ota, las reflexiones de Hugo X. Velázquez sobre el barro y la cerámica, la relación entre meditación, vacuidad y pintura que plantea Germán Venegas. En algunas obras el punto de vista del monitor es virtual, el artista crea y deja que la cámara sea el ojo de espectador, es claro con Kiyoto Ota, que realiza su espléndida escultura y es la cámara la que la recorre, o la pieza de luz de Saúl Villa, que maneja los reflejos con sabiduría, son obras para un foro de tv o un museo. En otras ocasiones el foro causa agorafobia y en la angustia de llenar el vacío el artista hace cosas que ni con la edición se rescatan: la obra de Vicente Rojo Cama, un tiradero de elementos e intenciones. Y sin embargo esto aporta al espectador, ante la demagogia de la obra infalible, que es arte a priori y no responde a parámetros de calidad, ver algo fallido dimensiona que el arte es un riesgo y que el éxito no está asegurado.


En Naturaleza Quieta dejan que la obra hable por sí misma. Para la doctrina del todo-es-arte el proceso es más importante que la obra, y aquí comprobamos que no es así, Manuel Marín inspirado en el mito de Endimión, monta una súper producción: actores, esculturas, caracterización, fragmentos de películas, locaciones para recrear “amores en sueños”, el proceso prometió un resultado que nunca alcanzó, la escena final no soportaba permanecer en pantalla, sobraba literalidad y lugares comunes. Boris Viskin habla de la necesidad de pintar y del universo que es el rectángulo donde cabe todo. Viskin, en un homenaje a Martin Ramírez, -el dibujante que vivió recluido en un hospital psiquiátrico-, materializa sus laberintos en el espacio con bloques blancos, la obra final es conmovedora. El Fisgón hace un talk show sobre la ausencia de inspiración y con sus ideas rechazadas crea en el piso un mural efímero de esqueletos. Germán Venegas con un dominio extraordinario del espacio, realiza murales translúcidos que deconstruyen a la Coatlicue, verlo trabajar con largos pinceles que implementó para este mural, trazos flotantes, negros y rojos es una experiencia que revela la ambición y la aventura de crear. Aceves Navarro con energía y decisión hace una escultura de cantaros de barro, los destroza y con sus fragmentos construye otra obra. El trabajo intenso del staff de TV UNAM es fundamental en la producción, la dirección de cámaras, musicalización y la iluminación se integran y aportan a las obras. Lo que es increíble es que hay artistas que hagan su pieza con una encerrona en el foro, Martin Creed, Premio Turner, dice que se toma meses en preparar sus “obras” para vomitar o defecar en el museo.
NATURALEZA QUIETA
Serie realizada por Marcos Límenes y Carolina Kerlow en coproducción con TVUNAM.
Al aire los sábado a las 21:00 hrs (repetición miércoles a las 22:00 hrs.) por TVUNAM.
Publicado en el Suplemento Cultural Laberinto de Milenio Diario.

domingo, 15 de mayo de 2011

EL MAR DE HIROSHIGE Y HOKUSAI, DE SU BELLEZA Y LA TRAGEDIA

Hiroshige, Fuji.

La belleza de la naturaleza es proporcional a su capacidad destructora. El Marqués de Sade afirma que es parte de la arrogancia humana pensar que la naturaleza nos necesita, si desaparecemos de la faz de la Tierra, esta no se vería resentida. En realidad, a esta naturaleza la necesitamos nosotros, somos parásitos de sus bienes, nos alimentamos de ella, la explotamos y abusamos. De su contemplación, de la observación meditativa de su belleza hemos gozado y nos hemos enriquecido intelectualmente. Ordenar sus elementos, entenderlos, nos hace sensibles a un ambiente que es inconmensurable; ante él nuestra estatura de depredadores siempre se ve disminuida. La devastadora destrucción de las ciudades japonesas por un temblor y un tsunami de fuerzas y dimensiones nunca antes vividas, nos remiten a esa polarización filosófica y estética entre la belleza y el horror. Ver pueblos desaparecidos, arrollados, miles de personas sumidas en el dolor y como con la mayor serenidad, solidaridad y nobleza lo asumen.

Hiroshige, Awa.

La obra de los grabadores y pintores japoneses Hiroshige y Hokusai (periodo Edo) son meditaciones ante el placer que causa la observación de la naturaleza. Llevaron la impresión de xilografías a limites estéticos exquisitos que influenciaron profundamente al Impresionismo, -la obra de Van Gogh y la de Claude Monet son una investigación desesperada para recuperar esta armonía y equilibrio en el color y el tiempo-. La contemplación nos dimensiona que la vida es efímera, inconscientes de nuestra sed de bebernos cada instante y prolongar el placer como si no entendiéramos su condición inasible. Hiroshige y Hokusai retratan esa fugacidad en escenas de pueblos y ciudades, el teatro Kabuki, la ceremonia del té, geishas de cuellos blancos que fornican maquilladas como máscaras entre sedas, cuerdas y finos látigos. El paso del tiempo sucede en los placeres que no se retienen, que se evaporan dejando más hambre como único recuerdo.

La voluptuosidad de sus paisajes nos dan el aviso oracular de la inmensa fuerza que la naturaleza puede descargar en nosotros, recodándonos nuestra frágil y egoísta presencia. La Gran Ola de Hokusai y Los Remolinos de Awa de Hiroshige es la premonición implacable de la belleza. La Ola de Hokusai es un muro impenetrable que se levanta brutal, la espuma crea unas fauces voraces que van a engullir y llevar vidas, muelles, barcos, territorios enteros a los más profundo de sus entrañas. El mar de Hokusai tiene milenios de inanición y quiere demostrar que ese oleaje eterno no es la caricia de la arena y que se tragará a los testigos de su fuerza, no los necesita para existir. En azules bordeados de espuma blanca, las embarcaciones se defienden siguiendo el ritmo de la violencia de la ola, los remeros luchan con el valor que da la resignación de que no existe salida, y con su minúscula energía se abalanzan a su destino: lo que ayer los alimentó hoy será su sepulcro.

Hokusai, Wave.

En Los Remolinos de Hiroshige, la brutalidad del mar se enfrenta consigo misma, las olas se estrellan de frente una contra otra, provocando mareas que giran sobre sí mismas, que succionan y se hunden en la oscuridad del océano para surgir intempestivas en crestas espumosas. El mar es del color de Hiroshige y de Hokusai, es de los tonos que estos artista mezclan, no pretenden ser naturalistas, su interpretación y recreación es invención, es el delicioso placer de crear lo ya creado, de hacer renacer la historia de la vida misma con colores inexistentes, texturas irreales y sin embargo describirnos con fidelidad la fuerza incontrolable del mar y su espléndida presencia.

Hokusai, The great wave off Kanagawa.

El arte hace de la naturaleza un motivo para ir más allá de lo que nos ofrecen nuestros sentidos, el arte la transforma para hacerla única, irrepetible y eterna. La lucha contra la experiencia efímera, contra la presencia fugaz la gana el artista al atrapar con su obra ese instante. El mar después de Hiroshige y Hokusai nunca volvió a ser el mismo, el mar se detuvo y tomó forma, fue un personaje vivo, pensante. Este mar se levantó y devastó las costas de Japón, dejó una huella dolorosa de su existencia, nos recordó que estamos a la disposición de su omnipotente fiereza. Los cadáveres, una vez arrancados de la tierra, son devueltos a la costa por la mano del vencedor, los regresa como sus trofeos. El virtuosismo de Hokusai y Hiroshige está a la altura del valor ejemplar del pueblo japonés, la belleza de sus grabados demuestran que conocen el vecino que los rodea, conocen su poder, y lo enfrentaron con arte, con imágenes que vivirán como el mar, míticas y eternas.

Publicado en la Revista Antídoto.



sábado, 14 de mayo de 2011

MÉXICO EN LA BIENAL DE VENECIA, MAL Y CON PRISA


La representación artística de México en la 54 edición de la Bienal de Arte en Venecia fue una decisión mala y tomada con prisas. Teresa de Vicencio, titular del Instituto Nacional de Bellas Artes, no pudo seleccionar entre cientos de artistas mexicanos y apenas unos meses antes de que se inaugure la Bienal, anunció que enviaran a Melanie Smith, artista inglesa que vive y trabaja en México. La obra de Smith tiene esa folklórica visión que hacen de nuestro país todos los artistas que quieren pasar por cuota étnica: fotos malas de zonas urbanas pobres; en Miami, como parte de la serie Parres colocó un muro de tabicón y cemento con varios videos que hacen referencia a la “arquitectura inacabada del tercer mundo”, ya saben, todos los lugares comunes para impresionar a los museos del primer mundo, imágenes desoladoras que en sus ciudades es imposible ver.
Lo que tenemos es una serie de preguntas a la titular de Bellas Artes: ¿Quién decide el artista y la obra que van a enviar representado al país? ¿Quién decide el curador? ¿Por qué esto no es un concurso abierto a toda la comunidad artística? ¿Por qué algo que nos representa de forma tan visible se hace a discreción? ¿Por qué se envía a una artista de obra tan menor y poco propositiva en nombre del arte de un país completo? Ya haciendo abstracción de que no es mexicana y que aquí hay artistas desde muy talentosos y marginados, hasta mediocres y encumbrados, pero hay artistas para regalar, con qué criterio hicieron esta selección y con qué argumento es la mejor opción del arte mexicano. Es increíble, esto lo manejan peor que el concurso Miss Universo, es un capricho sin bases que se decide en la más oscura discrecionalidad y arbitrariedad. La comunidad artística tiene derecho a participar de un evento que se maneja como premio a no sé qué invisibles méritos. Y no hablo de los curriculums exhaustivos, hablo de la presencia de la obra, en este caso Smith, con un cuerpo de obra sin rasgos interesantes y destacados, en general gris y mediocre. Además para la Bienal no tiene completamente planteado su proyecto, por la abrupta y tardía decisión de Bellas Artes, su obra Cuadro Rojo, Rosa Imposible, hace referencia a Malevich y su cuadro negro, es una copia de algo ya multi copiado -existen desde cuadros blancos hasta invisibles-, y resulta que tiene que ir a la locación para “aterrizar la propuesta”.
Participar en la Bienal es una inversión muy costosa que se paga con los impuestos y por lo tanto debería someterse a un concurso abierto en el que todos los artistas interesados tengan la oportunidad de presentar un proyecto y los motivos por los que esa obra es adecuada para un evento de tal importancia, y Bellas Artes tendría que hacer público quién es el jurado así como explicar por qué seleccionó a determinado artista. Smith está improvisando unos meses antes de irse y además va a rellenar la sala con elementos de otras obras. Si los titulares de Bellas Artes no tienen tiempo ni interés para hacer bien su trabajo, no lo hagan, pero no dilapiden el dinero y el prestigio del arte nacional. Esta representación, conociendo la obra de Smith, es una forma de decir que no nos bastan nuestros artistas ready-made sin talento, además tenemos que importarlos.
Publicado en el Semanario sin Límites.

sábado, 7 de mayo de 2011

EL TOTALITARISMO DE LA VIOLENCIA

Los testigos son la voz de la víctima. Cada muerte, cada desaparecido es un grito. La violencia actúa a través de castigos ejemplares, el miedo sirve para imponer la voluntad del más fuerte. El tema de la violencia es para el arte actual la excusa infalible para hacerse presente con un mensaje de compromiso y contenido social. Pretenden que las metáforas arbitrarias son, increíble aspiración, obra con intenciones poéticas. Para Salcedo la tragedia del dolor, la ausencia del otro, del que es asesinado, en su instalación Plegaria Muda en el MUAC de la UNAM, se solidariza con el suplicio y el silencio de la víctima con una serie de mesas encimadas, con una costra de tierra en medio de las dos, de la que se supone crece pasto. En una ausencia total de involucramiento humano, Salcedo hace lo que el Estado pide, reducir la muerte a una estadística, a muebles, al acumulamiento de objetos como si fueran cifras. Apunta que las mesas miden casi lo mismo que un ataúd, pero una mesa no es un ataúd, no sirve para enterrar un cadáver, una mesa tampoco resguarda sus pedazos. Los objetos son sustituibles y reemplazables las personas, no, reducir la muerte violenta de cientos de niños, jóvenes, familias a unas mesas encimadas, hace de un hecho demencialmente trágico, la perfecta interpretación que el poder quiere ver. Ya el título es indignante, Plegaria, es decir la sumisión del ruego y por si fuera poco, Muda, la autorepresión, recemos y en silencio, sin protesta, para las víctimas hay la cobarde y piadosa aceptación del destino. Esta instalación costosa e inocua es ideal para ser patrocinada por un corporativo con “responsabilidad social”. Pero como toda obra cargada de buenas intenciones, en el discurso está el peso dramático.

En el lado contrario está Teresa Margolles, que también explota el tema de la violencia, solo que ella ha hecho su obra de la exhibición cínica de los trofeos del narcotráfico. Para Hernán Bravo Varela, en su ensayo Malversaciones, (Editorial Bonobos, 2010) la obra de Margolles “exhibe con asombrosa honestidad el nuevo paisaje mexicano” ¿Dónde está la honestidad de utilizar a las víctimas sin señalar responsables? la explotación de los crímenes del narcotráfico es honestidad, así de fácil se transforma el morbo oportunista en arte. Para Varela el valor de las piezas es “simbólico” en eso coincide con los asesinos, su crueldad simboliza su poder, es el mensaje que envían a la sociedad para controlarla, y si somete a una nación, cómo no va a seducir a los que creen que hay poesía y arte en la utilización del mismo lenguaje que vomita la más cruda violencia, reciclando a las víctimas, poniéndolas al servicio de quien se recrea humillándolas hasta el escarnio más abyecto. De las manos del narco a las del artista, para una víctima no hay ni respeto ni solidaridad, la propaganda del crimen también es válida para este arte que es, según sus teóricos, impune. “La sangre es más impresionante en las telas de Margolles que regada en las calles” dice Varela, -y se lo debería decir a los que han caminado sobre la sangre de sus familias-, porque está en un museo con el letrero de arte, y mientras que esa sangre en una foto de prensa define la nulidad del Estado, la demagogia de este falso arte hace de los triunfos del crimen y de la ostentación del origen de estos materiales un acierto, no un oscuro vehículo de fama y prestigio. El narcotráfico le sirve a Margolles de la misma forma en que le ha servido al gobierno: para legitimarlos. A una como artista y al otro como autoridad. “El arte es la creación y la violación simultánea de un estado de derecho” descubre Varela, evidentemente el derecho de las víctimas a ser respetadas una vez que fueron ultrajadas y masacradas, ya muertas lo único que merecen es la difamación implícita por parte de las autoridades y su manipulación y comercialización como material artístico que abre la puerta a galerías, exposiciones, becas y privilegios. Crear a través del crimen de otro se supone el nuevo camino del arte, y además es liberal y honesto.

De la superficialidad de hacer de la muerte violenta una estadística que se representa y se reduce con muebles a la mitificación y manipulación de los triunfos del narcotráfico -que con cada asesinato confirma su poder y su fuerza-, depredan a las víctimas sin señalar culpables, sin adentrarse en las reales consecuencias y causas de esta atrocidad. Para qué, si lo aplausos irracionales y fatuos son gratis. La sangre siempre será más interesante vista en las páginas de papel couché del catálogo.

Plegaria Muda, escultura instalación de Doris Salcedo. En el MUAC de la UNAM. Hasta el 4 de septiembre del 2011.

Escribir Poesía en México. Antología de ensayos. Editorial Bonobos, 2010.

Publicado en el Suplemento cultural Laberinto, de Milenio Diario, el sábado 7 de mayo del 2011.