sábado, 12 de febrero de 2011

LIBRO DE ARTISTA

Guillermo Arreola, óleo sobre catálogo.

Un libro de artista es un lienzo más, un soporte que literalmente sufre sobre sus páginas la obsesión de creador por aportar una nueva realidad a lo establecido, por exprimir sus páginas, transformarlas, inventar sobre lo ya inventado para trascenderlo. Guillermo Arreola tiene esa obsesión del que destruye para lanzar a otra dimensión un libro de moda o arte. Toma una serie de radiografías que traslucen enfermedades y las trata como las páginas de un cuaderno y pinta sobre ellas, oculta la putrefacción del cuerpo con colores y la desgarra con punzones para marcar con cicatrices la pintura. Uno de sus libros de artista no recuerda su impresión original, el papel denuncia un catálogo, en las primeras páginas los colores se restriegan, ocres, azules y grises, se debaten entre rayones, manchas casi orgánicas. La página que continúa está rota en un medio círculo, el borde del papel está ahumado con carboncillo y con tinta, es el boquete en una pared, la llaga del papel. Cada página es una obra autónoma, los tonos que explotan en sus páginas son los colores Velázquez, la oscuridad de los interiores que contrasta con la piel enferma, pálida por vivir entre paredes de piedra, y los terciopelos densos de la ropa. Arreola pinta con los dedos, con pinceles y trapos para cruzarlos con rayones de alambres, la composición del color es un pleito, una catarata furiosa. Y el libro no soporta estar cerrado, es para abrirse, para colgarse y tener pesadillas.

Guillermo Arreola, óleo sobre catálogo.

En artistas como Picasso o Bacon no existía la posibilidad de que un libro de su biblioteca, que rodaba por el piso y en mesas de trabajo, no fuera trasformado y alterado con sus pruebas de color y bocetos. Al embarrar los óleos y trazar ideas sobre el papel couche, redibujar lo pintado, dejan sus huellas y la inteligencia de sus trazos, hacen obras de simples pruebas. Los libros son para cogérselos, para violarlos, para hacerlos añicos, para inventar con ellos otra vez el mundo. A los catálogos pretenciosos de los artistas contemporáneos, que no contienen nada relevante, que repiten diez veces las mismas imágenes fuera de foco (aspecto de banqueta, colilla de cigarrillo, obra inconclusa, documentación en proceso, etcétera, etcétera), que además cuestan una fortuna, deberían de anexarles otras sugerencias de uso para justificar su frívola existencia: asiento, tabla para poner objetos calientes (como sugiere Anxo Varela), cuña para calzar una mesa.

William Kentridge, enciclopedia.

William Kentridge convirtió en fábula una enciclopedia del siglo XIX, pegando en sus hojas una serie de siluetas recortadas en papel negro. Las figuras desfilan sobre las letras: un hombre carga una piedra, dos esclavos llevan a su ama sobre un baldaquín, la bocina de un fonógrafo camina en dos piernas, una madre sacude a golpes a su hijo. Es una corte de piltrafas, esperpentos, bailarines, rebeldes y cargadores de toda clase de objetos que se dirigen al abismo del final de las páginas por el qua van a desbarrancarse, cantando, hipnotizados por su guía, un torso que se sostiene en un par de muletas. Los cuadernos de apuntes, las libretas de bocetos son un diario que desnuda hallazgos y frustraciones, se convierten en obras cuando sus páginas se agotan, se llenan de observaciones, dibujos, colores, y aquí, como en todo el arte, el verdadero talento sale o denuncia las tristes limitaciones del artista.

Los mil dibujos de Tracy Emin, que se supone son bocetos de sus cobijas bordadas, son un bloque de papel que apenas se puede cargar y que contiene mil rayones que podrían haber decorado los baños de una escuela secundaria. La intervención es lo que pone de manifiesto el saber hacer, que proviene del conocimiento de la naturaleza del objeto. Los libros que agujeran, que escarban, esa acción vandálica de termita armada con una navaja, en donde la mutilación resulta ser la obra, no trasciende al objeto como soporte del arte, lo inutiliza, es el soporte de la ociosidad de alguien.

Los libros de los pintores son una incitación a la intromisión. En revancha, homenaje o aprendizaje están pintarrajeados, conquistados. Esas manchas, esa desesperación de encontrar los colores de Rembrandt pintando sobre las páginas, asusta, porque no basta con cerrarlo y olvidarlo, conseguirlo es dominarlo. Verlos es entrar a una intimidad que sucede durante la creación, que es el momento en que más se ama y más se odia.

Publicado en Laberinto, de Milenio Diario, el sábado 12, 2011.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Leí tu ensayo e inmediatamente me puse a redibujar mi libro de Miguel Ángel. Lo tenía en su caja y nunca lo abría. Ahora voy a tomar posesión de ese libro, y muchos más. Gracias Avelina

Anónimo dijo...

Quisiera invitarte a ver mi site donde muestro los libros de artista.

http://www.peresalinas.com/libros-artista.htm

En este otro enlace podrás ver una selección de la serie de collages que titulé "Contra Pessoa"
http://www.youtube.com/watch?v=cnbnSHBlyyM

Un cordial saludo

Pere

luis dijo...

Hola Avelina, soy artista plástico, y después de leer una entrevista que te hizo ABC Color, debo decirte que pocas veces alguien expresa con tanta claridad lo que siento y pienso sobre el arte "moderno", me gustaría poder enviarte algunas de mis pinturas, pero por acá no se puede, saludos desde Uruguay.
Luis De Simone