miércoles, 2 de febrero de 2011

LAS CULPAS DE ALMA LAS PAGA EL CUERPO.


Alejandro Montoya, Judith Retante, grafito sobre papel.
Vísceras, músculos, sangre, fluidos, huesos y grasa en el centro que nos gobierna. No hay misterio, somos materia perecedera que se entrega a pasiones, vicios, virtudes. De poco sirve descuartizarnos, en este contendor no aparece rastro de influjo divino. Esta naturaleza sin enigma es oracular: el nacimiento de un niño con dos cabezas anuncia tratados con naciones rivales, comerse al enemigo vencido da fortaleza y sacrificar vírgenes traerá fertilidad a la tierra. Para Cicerón “estos prodigios nada de extraordinario tienen”.
Alejandro Montoya, grafito y tinta sobre papel, 2008

En la exposición colectiva Carne en el Museo del Arzobispado mezclan una visión transgresora y seria con otra superficial y complaciente de la fatalidad de nuestra naturaleza. Inicia con tres piezas que destazan con valor, belleza y sin piedad a esta mísera condición: una escultura en madera de Reynaldo Velázquez, con dos penes, dos manos y dos torsos entrelazados, madera suave, tallada con obsesión amorosa; el óleo de Arturo Rivera, La Herida: una joven nos mira llena de rabia, se abrió en vientre con un vidrio que sostiene en las manos, la tajada roja en relieve y sangrante es menos cruel que esos ojos que no tienen pudor para el dolor; y de Daniel Lezama, El Árbol de Color, una pintura de gran formato: una familia de indígenas desnudos, en un ritual ungen de color el cuerpo de una parturienta, un vientre a punto de arrojar un ser sin nombre y sin pasado, un árbol tiene colgados en las ramas luces con los mismos colores de los pigmentos embarrados en los cuerpos de la tribu, esta agonía sucede ante la presencia de Lezama desnudo, flotante, intruso.

Arturo Rivera, Plato, Óleo sobre lienzo.
Dentro de la salas la curaduría es caótica. Por un lado la obra de Alejandro Montoya, un dibujante de excepcional talento, con una capacidad de observación escalofriante, que reproduce la impureza de la putrefacción con deleite y escarnio, dibuja ratas que sacrifica en trampas, descuartizadas, recién nacidos alados, que se hinchan y deforman sin haber vivido y una hermosa asesina, Judith, de culo invitante y terso. Pero sin razón clara entran en la escena las obras de Sergio Garval. Es un placer la pintura de Garval, con sus personajes desquiciados entre basureros y carros inservibles, sin rumbo, perdidos; es una oportunidad verla aunque no tenga un hilo al que asirse en esta exposición. Los autorretratos de Gustavo Monroy, con la técnica de los íconos ortodoxos, su cabeza cercenada en medio del desierto, devorada por hormigas que entran por las heridas y los oídos, otra con la palabra LOT tallada en la frente con una navaja, en las capas de pintura se aprecia la profundidad de la pincelada que se mete, que corta. Sagrados Alimentos de Arturo Rivera, la cabeza de una liebre se desangra en un plato y las huellas digitales del pintor impresas en las salpicaduras de sangre.
Arturo Rivera, Carne/la Herida, óleo sobre lienzo.
Estas obras “dialogan” con fotos literales, con puestas en escena falsamente dramáticas y con poco virtuosismo en el uso del photoshop: mujeres con fetos en el vientre, fetos en frascos, cuerpos en fotomontajes. La fotografía cuando es pretenciosamente impactante resulta puritana y fácil porque evidencia que el fotógrafo nos quiere impresionar, entonces delata un ojo poco inteligente y sin osadía. Estas fotos son naif y sobran al verlas contra las pinturas, dibujos y esculturas de esta exposición. Ya no digamos el apartado de arte objeto, que es ready-made: dos cráneos con dientes de oro, la repetición, la copia, sin argumentos, si un chiste no era suficiente, ahí van dos. En la innecesaria inclusión de objetos hay piezas de museo de Historia Natural: pequeños esqueletos, más fetos, que no aportan una visión, porque no hay un trabajo artístico de recreación e interpretación. No es interesante ver un feto, lo interesante es ver que hace un artista con esa presencia. Para restos humanos en formol están los libros de anatomía, lo que queremos es arte, no fisiología.
La curaduría debió asumir que obra tan reveladora y arriesgada como la de Rivera, Montoya, Monroy, Chorro, Velázquez, Lezama y Garval sobra rodearla de calaveritas o de obviedades superficiales. Este exceso sirvió para comparar y para comprobar que no sólo el cuerpo muere, también lo que no es arte fenece, se descompone y apesta.
Exposición colectiva Carne. Museo del Arzobispado de la Secretaria de Hacienda.

2 comentarios:

Aldo Nadezh Hinojosa dijo...

Gracias por esta reseña, correré a ver la exposición.

Muchos saludos

Hernan dijo...

hola. llegué por un link de días del futuro pasado. me encantan tus textos.
saludos