lunes, 13 de diciembre de 2010

LA FASCINACIÓN DE WATTEAU


Mi boca jamás pecó, sin consentimiento de la razón, de haber incitado una pasión que luego hubiera de terminar en lágrimas.
Lorenzo Da Ponte.
La posteridad es puritana. Sólo recuerda lo que ha sido purificado. Por eso los grandes libertinos se arrepienten antes de morir, para dejar una memoria limpia, sin mácula, y que su imagen póstuma sea la un ser digno de homenajes.
Los últimos años de Luis XIV fueron los de un rey obsesionado con la castidad, esto lo llevó a expulsar de Paris a los artistas Italianos de la Comedia del Arte. El teatro regresó a Francia con la licenciosa regencia del Duque de Orleans, una vez que el rey entregó su vida, antes dedicada a los excesos del amor, el sexo y la comida, con el cuerpo devorado y envenenado por la gangrena que le provocó la gota. El rey a muerto, viva la comedia.
Ese fue el mundo que sedujo a Antoine Watteau. Este pintor es lo que hoy podemos llamar un artista emergente, murió a los 36 años de tuberculosis y dejó una obra sensual, voluptuosa y rebosante de carnes turgentes inspirada en la obra de Rubens.
Watteau trabajó en un taller de copistas de grabados en serie, reproduciendo sistemáticamente imágenes del rey y temas religiosos, con esa formación entró al taller de Claude Gillot especializado en escenas de la Comedia dell’arte, y encontró la pasión por el teatro y sus personajes.
Se olvidó de los arquetipos religiosos, trasformó los atributos de los santos piadosos por los de las pasiones del amor, las rivalidades, los celos y las lágrimas que se derraman por las equivocaciones y las intrigas amorosas. Estas escenas las ubicaba en escenarios campestres que eran puramente teatrales, en jardines, remansos boscosos que se enmarcan por cielos que son telones de tonos azules, anaranjados, húmedos, inmersos en la bondad del clima de una tarde de fiesta.
Watteau nunca tuvo clientes ni mecenas en la nobleza, eso le dio a su obra una oportunidad singular que se convirtió la base estética del rococó: la invención de “Las fiestas galantes”. Pintó únicamente gente del pueblo, burgueses y actores de la comedia, Pierrots, doncellas, colombinas, músicos, en un ambiente de celebración, de entrega apacible.

En muchas de estas imágenes podemos encontrar al propio Watteau entre los que se divierten, cantan o escuchan poemas, pero lo que ha despertado la imaginación de investigadores y novelistas es su obsesión con una mujer que siempre pinta de espaldas. En una época en que las obras teatro aún eran escenificadas con reglas rígidas e inviolables, que el concepto de la cuarta pared aún no era inventado, ni mucho menos el naturalismo, las puestas en escena de las pinturas de Watteau son inquietantes.
Por ejemplo en “Los placeres del Baile”, en el centro de la composición, dentro de una majestuosa arcada de mármol blanco y azul, con nichos que guardan dioses griegos, abriendo un jardín al fondo, en este pequeño paraíso un grupo de elegantes burgueses bailan, mientras una pareja preside la celebración, él está de frente, con el pie ligeramente levantado inclinando el cuerpo al ritmo de la música, y ella de espaldas al público, a nosotros, los testigos temporales de este escena, su cabello rojo peinado que destaca su vestido de seda, y un collar de encaje, la dama se levanta el vestido para seguir a su compañero. No vemos su rostro, imaginamos que es la más bella y celoso Watteau la oculta. La excitación de tenerla y la angustia de mostrarla.
Y así podemos seguir inmersos en sus pinturas y descubrimos a una belleza que se niega a mirarno, En “El Descanso” los viajeros se detienen a reposar debajo de un árbol y ella a un lado, vestida de seda amarilla para llamar nuestra atención, es un punto de expulsión, es un grito, y está de espaldas, su piel suave, fría, un cuello largo, la cabeza delicada tocada por un sombrero de flores. Watteau la retrata como quien se asoma a un abismo seducido por la aproximación del pánico. En “Las Dos primas” hace lo mismo, es una situación íntima, melancólica, en un jardín con un estanque al centro, dos jóvenes hermosas miran la tarde, disfrutan de ese placer cautivador del día que cambia en el reflejo del agua, en el color de las plantas, en la temperatura del aire. Una doncella insiste en cubrir a una de ellas con un chal rojo, pero la joven se niega, sus senos están expuestos, parece que no pueden ser contenidos por el escote del vestido dorado. A un lado, de pie, la tiranía y la belleza de una espalda larga, serena, el cuello interminable, blanco, coronado por una cabeza impúdica, el pelo está recogido para que veamos esos hombros, esa piel que espera a ser tocada, besada. Watteau hace de la prohibición, seducción, del egoísmo la forma de involucrarnos de ese miedo de revelar el objeto de una fascinación que a él mismo lo destruía.
La única función de sus pinturas es ocultarnos quien es ella, decirnos que ahí está pero que no tenemos derecho a saber cómo es, a ver sus ojos. En el colmo de la voluptuosidad y la desesperación la pinta desnuda en “El Juicio de Paris”, la evocación de la sodomía, que pondría años mas tarde de moda la reina decapitada María Antonieta, es el centro de la composición, Helena se descubre y Paris está a punto de entregarle la manzana de oro. Una escena en la que todos los personajes le ven el rostro, menos nosotros. Las pinturas de Watteau son la pasión del ocultamiento. Dice Pascal Quignard que los que se aman se esconden y sólo sobreviven las historias que no tienen testigos.
Publicado en la Revista Antídoto