domingo, 3 de octubre de 2010

ANITA BERBER, LA BELLA PROMISCUIDAD







Salto sobre la sombra.
Esa sombra que me tortura.
Esa sombra que me martiriza.
Esa sombra que me devora.
¿Qué desea esa sombra?
Cocaína,
Gritos,
Animales,
Sangre,
Alcohol,
Dolores.
Anita Berber, Poemas.
Anita Berber enganchada a la vida, además de ser promiscua, cocainómana, bailarina, icono del expresionismo y síntesis de la decadencia de Weimar, fue poeta. Una estrella de la época de entre guerras que obsesionó a Alemania. Llevaba al límite de sus fuerzas la danza retando al riesgo, revolucionando su arte, bailando desnuda en cabarets y haciendo escándalos, arrojaba a los críticos botellas de champaña vacías, se enamoraba de hombres y mujeres. Para tener la energía que la naturaleza le negaba se hundía en montañas de cocaína y danzaba vestida de hombre o con un corsert de alambre y el pecho desnudo. En el retrato que le pintó Otto Dix está vestida de rojo sobre fondo rojo, delgadísima, con el rostro pálido maquillado, los ojos dentro de sombras profundas, delineados en negro, mirada vidriosa y pelo rojo. Las uñas largas tienen un hilo de sangre que las rodea, es la cocaína depositada en sus uñas, una mano está posada en la cadera y otra, sobre el vientre redondo, se acerca a su coño. Mira a un lado, dentro de su entallado vestido con un cuello largo. Para separarla del fondo, Dix la rodea de una luz de roja y amarilla que le confiere un aura. El vestido rojo y el fondo de la pintura vaticinan la muerte de Anita enferma de tuberculosis después de una gira desaforada por los antros y cabarets del medio oriente. Incendiada y autosacrificada. Dix pintó el retrato en 1925 y Anita muere en 1928 a los 28 años. Óleo y temple sobre madera, es el mejor retrato que realizó Dix y es la representación de una época creativa, excesiva y mundana que aplastó el nazismo.
No se necesita hacer un esfuerzo para imaginar el ritmo de vida que debió llevar Anita para que la los 25 años tuviera el aspecto que le da Dix en el retrato, parece mucho mayor, está demacrada, con líneas que profundizan su agotamiento, los ojos vidrioso delatan la explotación que hacía de su cuerpo. Interpretó a Salomé con una adaptación de la Opera de Strauss, decidió una perspectiva diferente, ubicó la violencia de la hija de Herodías en el coño, en esa parte que une a dos piernas como columnas de mármol veteadas por las venas azules, “donde los muslos se parecen a vigas extáticas que llevan el sexo terrible sobre un balcón desvergonzado”, escribe Mel Gordon. Ese sexo voraz pidió la cabeza del profeta, bailó con un ánfora cubierta de sangre y lentamente se acercó a olerla, se detiene paralizada y cierra los ojos en un orgasmo. La condena de la lujuria. El público la aplaudía y le exigía más y más. Sus espectáculos fueron la esencia de la Alemania de los 20´s. Coreografías sadomasoquistas con fuerza bisexual, eran llevadas hasta sus últimas consecuencias, los temas eran una excusa para explotar la profundidad oscura de sus impulsos violentos convertidos en ceremonias paganas de placer. Era apenas tres años mayor que Leni Reinfestahl pero Berber ya era una luminaria en el ámbito artístico de Alemania, era la Madonna de la danza, sus fans se golpeaban por entrar a sus espectáculos, era una autoridad de la moda que imponía su estilo para vestir y para vivir hasta el límite. Leni Reinfestahl estaba obsesionada con Anita y se dedicó a imitarla, llegando al borde de la locura el día que la Berber se iba a presentar en la escuela de danza donde estudiaba Leni. Pero por una de sus tantas borracheras, Anita no asistió al compromiso, entonces Leni, oportunista desde jovencita, se lanzó a sustituirla en el escenario, imitándola con total falta del talento para la danza, ese enfermo deseo de ser famosa la llevó a ser la bella de la película del nazismo.
“Un jardín lleno de orquídeas, las amo intensamente, para mí son como mujeres y muchachos, que beso y pruebo de principio a fin, y mueren en mis labios rojos”. Anita Berber, Poemas.
Anita esperaba que llegara la hora de su actuación sentada en un sillón, desnuda, cubierta con una bata ligera y su mascota, changuito a un lado. En esos años la danza se dividía entre las manifestaciones populares en los cabarets que atiborraban en Berlín homosexuales, lesbianas, intelectuales y una generación con sed de vivir experiencias. El tango y el fox trot convivían con el boom de la danza clásica de los ballets rusos, artistas como Nijisky habían roto con los cánones férreamente establecidos y creó coreografías sensuales y provocadoras. La americana Isadora Duncan se deshizo de las zapatillas y los grand jettes para bailar descalza, cubierta de velos y túnicas estilo griego. La danza era una bacanal, trasformaron una de las disciplinas mas rígidas y esclavistas, cambiaron el dolor físico de un entrenamiento lleno de sacrificios y lo exorcizaron con un hedonismo salvaje. Estas influencias las absorbió Berber, que estudió con Jaques-Dalcroze y su método de improvisación musical a través del movimiento, una propuesta que hacía del ritmo algo orgánico y natural, la emoción se involucraba en la expresión musical, esto Anita lo tradujo en emoción corporal. Más tarde en Berlín estudió con Rita Sacchetto, musa y amante de Gustav Klimt, actriz de películas y creadora de tableaux vivants basados en pinturas de Gainsborough y Joshua Reynolds. Con esta teatralidad Anita creó un estilo sexual, en el que la sordidez de sus experiencias y de la sociedad desenfrenada que vivía eran los temas principales. En 1919 montó en Berlín su corografía Heliogabal, una pieza inspirada en el erotismo bisexual, basado en la novela de Louis Couperus La Montaña de Luz, sobre las pasiones en el Imperio Romano. Anita interpretó al emperador Heliogábulas, una mezcla de Calígula y Mesalina, dos jóvenes marroquíes hacían los cambios de escenario. Berber mantenía el equívoco de ser mujer e interpretar a un hombre para excitar el público que la veía seducir bailarinas y sacrificarlas como sacerdote que exige vidas para que el Sol siga iluminando. El placer es masoquista.
Esta promiscuidad la involucraron con un cuerpo que se convirtió en una herramienta y un laboratorio, experimentaba y provocaba al espectador, en ocasiones era violenta, golpeaba a sus parejas y en otras se dejaba martirizar sin perder la puesta en escena de la coreografía. Se hacía fotografías desnuda en diferentes poses de sus ballets y circulaban en el mercado como los afiches de una estrella. La adicción no es un amante, es un tirano, Anita era adicta a necesitar, a esa sensación de la urgencia de poseer y que esa orden la orillaría a realizar cosas inimaginables. Ese apetito la llevó a la muerte. La adicción es una orden impostergable.