sábado, 13 de marzo de 2010

¿QUÉ QUIERE EL ARTE CONTEMPORÁNEO DE LA CRÍTICA?




Sala de Gabriel Orozco, sala de Tim Burton y sala de Gebriel Orozco, todo en el MoMA.
Quiere halagos, desconoce que la crítica no sólo puede estar a su servicio, como están acostumbrados, también puede ser transgresora. El arte contemporáneo exige que todo nos guste. Si cuestionamos el valor de sus obras y las vemos como lo que son, sus artistas, curadores y apologistas adoptan la arrogante postura de que nos falta “rigor”. La contemplación y la observación son un proceso racional, no de sumisión. El que contempla, razona y por lo tanto cuestiona. Exigir que no cuestionemos y que debemos pensar y ver las obras como ellos lo dictan vuelve a la apreciación artística un asunto dogmático y una imposición necia. Suponen que debemos por obligación sentirnos subyugados por basura: tapas de yogurt, cajas de cartón, zapatos, cochecitos de juguete, dibujos que en realidad son ejercicios escolares, no obras terminadas. La locación es irrelevante, que se encuentren en un museo como el MoMA o la Tate no cambia su situación de objetos sin valor. Si el arte es un proceso intelectual ¿Por qué se asustan de que hagamos uso de nuestra inteligencia para verlo y analizarlo? ¿Y por qué esperan que ese análisis sea siempre favorable? Insisten en que reseñemos el acontecimiento social. La reseña es crónica, no crítica. El trabajo de la crítica es analizar las exposiciones y la obra en su desarrollo en el museo, no el coctel.
A la inauguración de Gabriel Orozco en el MoMA con seguridad fueron cientos de personas, porque CONACULTA les pagó todo a sus invitados y evidentemente ellos retribuyen el favor hablando bien del evento, para eso los llevan. Sería interesante conocer cuánto le costó a CONACULTA montar esa exposición y llevar incondicionales con el presupuesto austero que se supone que manejan. A principio del mes de febrero, cuando asistí a la exposición, las salas de Orozco estaban vacías, el millón de personas que acudió al museo fue a ver la exposición de Tim Burton para la que había salas saturadas y colas interminables. Que todo el público entre por la misma puerta no significa que vaya a las mismas salas. Tan desproporcionado es haber visto a Orozco en el MoMA como haberlo visto en Bellas Artes en México. La obra no tiene calidad para estar en ninguno de esos recintos y que la situación imperante de falsa valoración del arte contemporáneo impulse que sucedan estas exposiciones no hace valiosa la obra ni la convierte en lo que no es, como tampoco la trasforma que citemos a Orozco justificando sus ocurrencias con retórica. Que el Estado lo haga artista por decreto no significa que los objetos sean arte por decreto. Una caja es basura como lo es un par de zapatos viejos, por eso en la entrada de la sala de la exposición requerían de un guardia que alertara de no patear la caja, porque no es arte, es basura.
Al Elevador nadie entraba y en la sala de los Samurai Trees el público permanecía minutos y el cometario general es que era sólo decoración, para mí son ejercicios de un principiante. Pero para sus curadores y promotores la evidencia no es suficiente. Confunden la complacencia con el rigor, el servilismo con la objetividad, si la obra no es relevante es corrupto elogiarla solo por que el Estado ha decidido encumbrarla en su obsesión por seguir la moda. Pretenden que caigamos en la misma trama de favores que hace que un artista sin valor esté ahora en ese o en cualquier museo. Con cinismo declaran que la crítica que les interesa es la “ayude a los artistas a desarrollarse” ¿Más? ¿Más de lo que está haciendo el Estado con Orozco? ¿Llamar a unas pelotas pateadas arte no es suficiente empuje? ¿Pagar boletos de avión de primera clase para que aplaudan al “artista” en Nueva York les parece poco? Además hay que decir que la masa de pizza vieja es arte. No es arte, y el cuerpo de obra es oportunista y repetitivo. Explota las mismas ideas elementales: los círculos, el ready-made, las obras de chistorete como el Citroën y los huesos intervenidos con lápiz. Con esa obra lo compraran con los muralistas. Los promotores de Orozco no pueden culpar a otros por denunciar lo que ellos hacen sin sentir vergüenza.
Publicado en Laberinto de Milenio Diario, el sábado 13 de marzo del 2010.