lunes, 22 de noviembre de 2010

SUPERSTICIÓN Y DOGMA EN EL ARTE


Eko, xilografía.

El origen de las supersticiones es el miedo. Creer en soluciones fantásticas o milagros sin justificación que transforman a la realidad, permite vivir evadiendo responsabilidades a las que por incapacidad o debilidad se les teme. La superstición relega la lógica, el conocimiento, la sabiduría y antepone caprichos metafísicos, entelequias y otras ideas sin soporte para dar cabida a la irracionalidad. El supersticioso se encierra en la paranoia del odio y recrimina al escéptico su falta de fe. Porque para que una superstición sobreviva debe tener enemigos claros, que son los que atentan contra sus creencias. Esto se puede decir de los que acuden a chamanes en lugar de doctores, los que depositan el destino de un proyecto en manos de un santo y de la estructura de pensamiento de los artistas del arte contemporáneo y sus curadores.

El arte que vive de la superstición de un conjunto de ideas que no soportan el cuestionamiento ni la comprobación y que se ha asimilado socialmente como arte por hábito y apatía intelectual. Así como las curas milagrosas suceden por el poder de la sugestión, una docena de moscas muertas -la ultima “obra” Gabriel Orozco- se convierten en arte por la capacidad del curador de creer en sus dogmas de fe. El arte en lugar de ser una idea que se debate, se analiza y camina recordando los avances y aportaciones que se dieron en el pasado, se convierte en un designio y el objeto adquiere cualidades invisibles para los ojos como las podría tener un amuleto. Así, como los miembros de una secta, todos los que creen en este dogma se convierten en ciegos voluntarios ante la realidad y afirman que ese objeto, -un colchón enrollado, una maleta atada a una cuerda, latas de cerveza dobladas- tiene virtudes extraordinarias que merecen admiración y respeto.

La creencia sin razonamiento en una idea es fanatismo, en la religión el gran anatema es preguntar y la exigencia para ver estas piezas es nunca cuestionarlas, sólo creer en ellas, admirarlas. La duda, que es el inicio para acabar con la ignorancia y el primer paso de la ciencia, derriba sus ideas, entonces dudar es de infieles o herejes y merecen ser perseguidos. Además dudar es de ignorantes, es consecuencia de la falta de formación, porque en este arte, como en las religiones y en las sectas, toda la verdad oficial está contenida en cada obra y eso debe bastar para el espectador. Necesitan fieles sometidos mentalmente, no público inteligente. En las curaciones milagrosas es común que si el paciente no tiene mejoría, no es culpa del charlatán que se hace pasar por médico, o de los falsos remedios que le suministran al enfermo, la nula recuperación es porque el enfermo no tiene fe, no cree en el tratamiento. Si vamos al museo o a la galería y no vemos en la obra expuesta -un móvil hecho con bolitas de algodón y unos espejitos-, “la meditación y el aura extraterrestre del encuentro de diferentes paisajes que cambian con el simple factor del movimiento” no es responsabilidad del artista charlatán y tampoco de que la receta-retórica del curador no funcione, es culpa de nuestros prejuicios y falta de fe que no nos permiten participar de la milagrosa transformación de unos espejitos rotos en un paisaje metafísico. Lo que se requiere es creer para ver. Aquí la frase de Tomas en la fábula bíblica se confirma como incorrecta, porque para que el fenómeno artístico suceda hay que creer antes y luego podremos presenciar el milagro. Creer que todo es arte, creer que el sacerdote supremo o curador tiene poderes extraordinarios y que el artista puede convertir el agua en vino. Las supersticiones hacen de la realidad algo irrelevante, porque sus explicaciones de los hechos son más importantes que el hecho mismo. Los mitos de la creación del mundo son absurdos y sin bases científicas, pero su importancia radica en que son una idea que desvirtúa un hecho de la realidad, para replantearlo bajo un punto de vista favorable al poder de la secta. En una obra contemporánea la situación es igual al fenómeno religioso, lo de menos es la obra, lo trascendental de ella son los significados y las explicaciones del curador y del artista, y el peso que estas invenciones tienen dentro de su conjunto de creencias. Para que funcionen los poderes de las reliquias religiosas y los amuletos que tienen la capacidad de cambiar el destino del creyente, lo primero es asimilar que no son lo que vemos, que son algo más que no se aprecia en su naturaleza.

Así, si como sucedió con las pruebas científicas, los huesos de Juana de Arco resultan ser de gato, es irrelevante, para los fanáticos son de una santa y se les debe veneración. Los adoradores de los objetos del arte contemporáneo se reverencian ante unas sábanas sucias con sangre, cabello enmarcado y desperdicios alimenticios, porque al ser de un artista eso provoca que su naturaleza sufra un cambio igual al de la transustanciación, convirtiéndose en arte. Sin justificación, sin soporte intelectual, únicamente con el poder de la fe. El arte ha dejado de ser inteligente, es una superstición fanática, un espectáculo que se sostiene en dogmas y se apoya en las instituciones para legitimarse, humillando a la luz de la razón. La historia del fanatismo es la de la barbarie, el odio al otro, la negación de la sabiduría. Al arrojar al arte a la superstición están lanzando a la humanidad en un retroceso peligroso y fatal. Esto va más allá de caprichos retóricos, es desechar el camino que nos ha sacado de un estado primitivo e ignorante. En nombre de un dogma han saboteado a las pasiones, al arte, a la belleza y a la inteligencia que son nuestra energía y los elementos esenciales para seguir evolucionando.

Publicado en la Revista Replicante.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

EL ÉXTASIS


El ojo es la lámpara del cuerpo. Mateo, VI,22.
EL orgasmo y la iluminación mística se definen con la misma palabra: Éxtasis. Para los dos estados hace falta la absoluta entrega al Otro y a uno mismo. Es la unión suprema corporal y mental, la docilidad total de un instante que transporta a un estado de gloria y plenitud. Escaparse del cuerpo y encontrar la iluminación que otorga el placer, antes de ser parte de la leyenda de los santos fue una práctica dionisiaca. Las pitonisas para comunicarse con el oráculo y traducir sus designios entraban en estado de trance o delirio. Desde esas culturas milenarias el contacto con lo divino está ligado al placer, un estado en el que no es posible controlar nuestras sensaciones corporales y las dejamos que se estremezcan libremente sin guía de la razón. El reto de los artistas era representar este placer inmenso sin la revelación de la desnudez, porque los santos, en su condición de ejemplo y pureza, negaban el contacto físico con otro ser. Ellos que alcanzaban la felicidad y plenitud en la relación mística con un ser divino y superior, al final es igual que una experiencia corporal y mundana, por caminos distintos se llega al mismo destino: el orgasmo. En la historia del arte existen dos éxtasis u orgasmos de belleza sobrehumana, el de Santa Teresa de Bernini y el de San Francisco de Asís de Bellini.
El Éxtasis de Santa Teresa, lo realizó Bernini en un momento duro de su carrera, ya había dejado de ser el gran mimado de la corte del Vaticano. El papa Inocencio X decidió que estaba mal visto que se gastara en grandes obras así que implantó un plan de austeridad que afectó a Bernini, al grado que tuvo serias dificultades para que se le pagaran deudas atrasadas por comisiones del anterior papa. El Éxtasis de Santa Teresa fue comisionado por el cardenal veneciano Federico Cornaro, para adornar su tumba en una iglesia humilde -dentro de los magníficos estándares del Vaticano- de la orden de los Carmelitas Descalzos. Santa Teresa, que pertenece a esta orden, había sido recientemente canonizada. Lo que hace deslumbrante a la escultura, es que Bernini llevó toda su madurez y virtuosismo como artista para crear el orgasmo más bello de la historia del barroco y tal vez del arte. Todas las mortificaciones y privaciones de Teresa, la angustia de los ayunos y penitencias traen la recompensa anhelada, la consumación máxima. El rostro de Santa Teresa está transido de placer, entregada a la posesión, tiene los labios abiertos dejando escapar un suspiro liberador que le nace de las entrañas, los ojos cerrados, la cabeza con abandono total de la voluntad está inclinada hacia atrás, mientras un ángel, un delicioso y promiscuo adolescente, levanta una flecha con una sonrisa lasciva y la dirige al coño de la santa, con la intención de señalarnos el centro del placer, hacernos ver que ahí, en ese sitio está la verdadera devoción y entrega del cuerpo puro de Teresa de Jesús. El ángel la va a penetrar con esa flecha, la va llevar al desmayo, a la inconsciencia, a la locura y para lograrlo Berinini esculpió con una delicadeza espléndida, una abertura entre los pliegues del mármol de su hábito, la santa muestra una vagina virginal y profunda, muestra la entrada a los más sagrado de su ser. Del techo desciende la luz dorada de los rayos del sol que entran por una bóveda perforada y oculta tras el escenario en el que está colocada la escultura. Esta maravillosa posesión es una roca de mármol tallada hasta la demencia con suavidad y detalle, creando un conjunto que desde lejos se aprecia como una orgía, una sinfonía que estalla en un fulgor. La tormenta de luz emana como los fluidos de Teresa.

El Éxtasis de San Francisco de Asís de Bellini, a diferencia del de Teresa que es el momento de la posesión, representa el instante previo a la entrega amorosa. Esta obra del renacimiento es excepcional dentro de la trayectoria de Bellini, que estaba especializado en temas religiosos. Aquí el pintor deja escapar lo que significa esta entrega ilimitada y como Francisco la espera en la soledad. La clandestinidad es el refugio del placer, el que quiere gozar se aleja del mundo. En la pintura vemos como el santo vive en una ermita, a la distancia, en el paisaje, se ve la cuidad, él buscó el placer lejos de las distracciones que pudieran desvirtuarlo. Sale a su encuentro y lo recibe mirando el cielo, con el pecho dirigido a lo alto, clamando que desea ser penetrado en el centro de su corazón, el rostro en abandono, con los ojos casi blancos ¿qué ve Francisco con esos ojos? ¿Qué alucinación se le muestra? Está al punto del desmayo, la boca entre abierta de la que se escapa un estertor, un grito que en esa soledad no tiene testigos. Los brazos extendidos muestran los estigmas de las manos, son heridas, son orificios, son indicaciones de la penetración, el mapa corporal del lugar del placer más profundo, el placer sin límites es el que no conoce consecuencias. La pobreza de Francisco es la pobreza final de la desnudez, en esa austeridad no necesita despojarse de sus ropas, sabemos que se ha entregado completamente, que en esta orgía él es el poseído, es quien dócil se presta para el dominio del Otro y que esa disposición lo lleva a la felicidad más plena. Esa austeridad implacable es la puerta para alcanzar la felicidad, imponerse privaciones hacen de la entrega un banquete inenarrable, el ascetismo incita a la lujuria. La obra pintada con la técnica que los hermanos Bellini, que inventaron la pintura al óleo, es una composición vertical, las rocas, los edificios del fondo, muebles y la posición del santo mira al cielo, es un entorno casi fálico. El detalle de cada lugar, la recreación de una naturaleza agreste, crea un marco de intimidad que nos convierte en voyeristas, en intrusos de esa entrega en la soledad pobre y bella de la naturaleza. El cielo tiene ese azul que lograba Bellini como nadie y poblado de unas ligeras nubes a lo lejos que dirigen la iluminación de la penetración al pecho, en el centro del humilde hábito del santo. El paisaje es portentoso, pero el verdadero milagro es el paisaje del placer de Francisco, su entrega y disposición para ser tomado, usado, llevado a un lugar del que nunca podrá regresar.

Publicado en la Revista Antídoto

domingo, 7 de noviembre de 2010

AJUSTES SECRETOS. ARTURO RIVERA.


Podemos narrar nuestra historia a través de seducciones y asesinatos, de cuerpos poseídos o destrozados. Somos una cadena de seres que se enamoran, se atacan, que buscan a la eternidad o la muerte. La experiencia que tiene Arturo Rivera con el cuerpo humano es visceral, su mirada es cirugía que recrea en pinturas huesos cercenados y venas secas, está íntimamente relacionado con las tonalidades de los músculos cuando entran en rigor mortis, las deformidades provocadas por impactos o alteraciones genéticas. Disecciona la locura y la obsesión del cuerpo que ofrece placer, que se entrega. Ubica estas presencias en una composición geométrica, equilibrada, que pone un orden intuitivo en la mente del que observa, hace un altar que venera el ritual que eterniza el placer y el sacrificio.
La tragedia de la imagen es devorada y reinventada, el dolor que supone una mano amputada, con las uñas sucias, los dedos contraídos y la piel retirada, es una síntesis de nuestra condición efímera. La pintura de Rivera investiga una naturaleza humana desconocida, la despoja de oscuros velos imaginarios para presentarla como su mirada ve y la entiende, dejándonos heridos y seducidos. Su voluptuosidad es cruel, incita a idealizar el cuerpo que se ama o se tortura, utiliza la misma maestría y fascinación para un un mosquito preso en una piedra, que para pintar el coño de una joven que se exhibe con medias negras y nos reta con una delgada vara atrás de la cintura, dispuesta a flagelar, a azotar al que crea que unas piernas abiertas no guardan riesgos.


Rivera hace de la realidad una posibilidad inédita, el cadáver evoluciona en una investigación de la inerte inutilidad de nuestra esencia, mientras la paz de un perfil femenino es la oportunidad de encontrar la sublimación que antes nos negó con los cráneos desdentados. La presencia antagónica de la serenidad y la locura son la advertencia de las trampas en las que caemos cuando sobrevaloramos nuestra existencia. Para el ojo de Rivera la vanidad de una mujer que se contempla en un pequeño espejo, que apenas le regresa un fragmento de su rostro, esa escena seductora y de coquetería descarada, es la antesala de la histeria descontrolada que roe huesos humanos y se embarca en una pequeña nave a surcar el Rio de la Estigia.

Frente a la extraordinaria presencia de imágenes terribles, nos sentimos trastornados porque la creación de la belleza recae en el artista. Entonces la belleza es invención de la inteligencia. ¿Para qué sirve la pintura si no es para deslumbrarnos? ¿Para qué miramos un cuadro si no es para mirarnos a nosotros mismos? Rivera lo sabe y crea un universo que se convierte en delirio que vaticina y emancipa con sus imágenes. El arte exige generosidad, demanda que todo el talento sea vaciado en cada obra, que el artista no deje ideas o acciones pendientes. El arte es decisión ante un instante que se va. La pintura de Arturo Rivera nos persigue, sabe que ese instante es su única oportunidad, es obra plena que no escatima recursos, sabiduría y devoción al lienzo. En el dominio seguro de su técnica, utiliza fórmulas de pigmentos que son resultado de numerosas pruebas y experimentos, sus colores son dramáticos, profundos, otorgan veracidad a la piel, al sudor, a la sangre, al reflejo de la luz.

Somos adictos a las imágenes, las necesitamos para identificarnos, para aprender, conocer, cuando un artista inventa una imágen nos aporta algo que va alimentar a nuestra memoria, la lleva por caminos que antes no había transitado. El que decide ver asume el riesgo del artista y hace suya la obra, la asimila para que forme parte de su propia historia. La presencia del Lamento de Vulcano, su grito largo, canto gutural al vacío, con un turbante rojo que envuelve su angustia y desesperación, contrasta con la delicadeza de una mujer con una granada abierta y una rama frágil en la mano, sus pechos apretados en un corsette suntuosamente bordado, la piel luminosa, fresca. El apetito de ver y el de poseer son insaciables. Rivera nos obliga a librar un combate entre las imágenes que nos hipnotizan por el dolor que revelan y las que nos seducen por su ofrecimiento carnal. En todas nos pervierte como testigos.
Arturo Rivera, Ajustes Secretos. Galería Arte Actual Mexicano, Monterrey Nuevo León.
Publicado en Laberinto de Milenio Diario, el sábado 6 de noviembre del 2010.