martes, 9 de marzo de 2010

VELÁZQUEZ REDESCUBIERTO



Autorretrato,
Detalle de la Rendición de Breda,
La Rendición de Breda, de Diego de Velázquez.
No hay duda, es él. Coinciden las evidencias, es el mismo hombre que aparece en la Rendición de Breda, el perfil exacto, la mirada inteligente, arrogante, paciente, y podrían tener la misma edad en las dos imágenes. Es el autorretrato de Diego de Velázquez. Cuando el restaurador removió los barnices y la suciedad apareció la firma del pintor, lo confirmaron. Esta es la historia del redescubrimiento más importante de los últimos 50 años en el Metropolitan Museum de New York y en la Historia del Arte.
Entre los pintores existen tradiciones del oficio que se repiten como gestos fraternales, son sellos de identidad que algunos creadores repiten. En la realización de pinturas con grandes puestas en escena a los artistas les divertía incluirse en el grupo, algunas veces lo hacían discretamente, otras, cuando su fama era ya patente lo hacían de forma evidente, por ejemplo Miguel Ángel aparece en una de las escenas del Juicio Final en la Capilla Sixtina, -que tantos dolores de cabeza le causó-, se pinta con el esfuerzo y la preocupación reflejada en su rostro, es un monje que con determinación señala su destino, Rembrandt aparece en la Noche de Ronda y Diego de Velázquez en la Rendición de Breda y en su magnífico autorretrato en Las Meninas. Hoy este recurso es de los directores de cine que se adjudican papeles mínimos en sus películas, Buñuel toma café en la terraza donde un cliente misterioso contacta a Catherine Deneuve para sodomizarla en un ataúd en Belle de Jour y Guy Ritchie es uno de los policías que escoltan a Sherlok Holmes a la prisión.
Velázquez, para que lo pudiéramos reconocer en la Rendición de Breda hizo todo para llamar la atención, se vistió de forma completamente diferente al resto de los personajes, en una situación de importancia solemne donde todos tienen la cabeza descubierta porque sus generales, héroes y banderas se encuentran presentes, Velázquez se dejó el sombrero blanco tocado con una pluma. Es el final de un sitio cruel y costoso, al fondo se levantan las columnas de humo de los incendios, las aldeas destruidas y la humedad condensa las cenizas que se levantan como un telón que deja atrás las masacres. Los soldados visten miserablemente, los mercenarios casi no tienen armamento y la escena se desarrolla sobre fango que abandonó el invierno devastador y maldito en un verano pantanoso. Es la rendición de una guerra que los reyes pelearon rezando desde los altares mientras los ejecitos morían hambrientos y gangrenados. Pero Velásquez está vestido de blanco, suntuoso, él no es un soldado, él es artista, es testigo privilegiado porque puede hacer que este momento trascienda y se quede en la historia con la escena y composición que está dirigiendo 45 años después de la batalla. Mientras los soldados y embajadores participan de la situación, Velázquez mira a la cámara, al frente, se ven en el espejo de la Historia con la misma actitud del que pinta un autorretrato. Está en la orilla derecha, casi saliendo de escena, en la frontera de la memoria. Es el mismo rostro de Retrato de un Hombre, hoy redescubierto.
EL VIAJE DE UN CUADRO.
El financiero Jules Bache nacido en Alemania y nacionalizado norteamericano tenía dos obsesiones, la belleza y superar la Colección Frick, del industrial del acero Henry Frick. Para América no es suficiente ser rico y uno de los caminos para alcanzar nobleza es el arte. La colección Frick es una pesadilla para todos los ricos, es una misión superarla, por eso Guggenheim tiró la toalla y se declinó por lo más fácil, arte moderno. Bache adquirió una serie de obras de gran calidad como Filipo Lippi, Van Dyck, Tiziano y Velázquez, Retrato de un Hombre. Antes de morir, al ver que no podía sostener su propio museo, orgullosamente vencido por la Frick, donó en un acto de inmensa generosidad en 1949 toda su colección al Metropolitan Museum.
Después de haber pasado desde 1736 por diferentes dueños, Bache adquirió la pintura en 1926. Entonces la autoría de la obra primero fue descalificada y luego confirmada por el experto August Mayer, que al estudiar Retrato de un Hombre y hacer análisis de sus diferentes capas y compararlo con el resto de los autorretratos de Velázquez, en especial el de la Rendición de Breda, concluyó que el Retrato era en realidad un Autorretrato. Antes de que Brache donara el cuadro al MET sufrió diferentes restauraciones que lejos de ayudar a mejorar el estado de la pintura, en ocasiones la deterioraron. Los barnices se oscurecieron y las remociones borraron algunos de los rasgos del retratado. Es increíble como las piezas de arte sufren a sus “restauradores” que en ocasiones hacen mucho más daño que el paso del tiempo, a veces no sabemos que sea peor, que la pieza sufra un accidente o que padezca a su restaurador. El deterioro alejaba al rostro del parecido y la calidad pictórica era dudosa. Si eso fuera poco además las piezas de arte soportan al estudioso o erudito, que en un afán de pasar a la historia hacen descalificaciones. Es el reciente caso de El Coloso de Goya. Manuela Mena curadora, presentó un estudio totalmente subjetivo para obligar a que el Museo del Prado retirara la autoría de la cédula. En un exhibicionismo necio fue descalificada y adjudicada a Asencio Julia por una “firma” que en realidad es el número del cuadro. El Coloso es una obra que corresponde en tiempo, carácter y tema al cuerpo de la obra de Goya, resultado de sus estudios de los torsos de Miguel Ángel cuando vivió en Italia. Sálvenos de esos eruditos. Por eso Jonathan Brown, la autoridad sobre Velázquez en Estados Unidos y que hoy nos presenta a este Velázquez afirma que él está convencido de que El Coloso es de Goya y que un día va a correr con la misma suerte que el Retrato de un Hombre y volverá a ser reconocido. Esperemos que para entonces el Prado se lo haya vendido al MET. De esta forma en 1963 para un catálogo de pintura española mencionaron la obra de Velázquez como “trabajo atribuido a Velázquez pero sin conclusiones que lo demuestren”, a partir de esta duda los estudiosos del MET siguieron con la descalificación. En 1977 entró a trabajar en el MET Keith Christiansen como Jefe de Pintura Europea, y comenzó analizar la pintura, preguntando a diferentes expertos. Hace cuatro años Michel Gallager se integró al MET como jefe del departamento de Conservación y Restauración, entonces Christiansen le mostró el cuadro y le manifestó sus dudas. Gallager retiró suciedad y barnices descubriendo lo hay debajo, la firma del pintor. Y ahí están los plateados y grises claros que Mayer había descrito en su artículo en 1929 cuando habló del cuadro. Entonces se lo mostraron a Jonathan Brown y el sintió el vértigo de descubrir una obra maestra y el pánico de pensar que podía perderse por la impaciencia de los “expertos” y el maltrato de otras restauraciones.
Retrato de un Hombre tiene todas esas características de Velázquez que obsesionaron a Goya, su gris óptico de fondo, la mirada reveladora, la piel como espejo del interior, los rasgos dibujados y la pincelada, las aplicaciones con espátula que afirman que esto antes que nada es artificio, es pintura, es creación. Hoy esa obra magnífica está con la cédula que le corresponde y rodeada de otras obras de Velázquez y de sus contemporáneos en una sala con paredes verde pálido. Podemos contemplarla, asombrarnos y conmovernos. Ha viajado de las manos de reyes, millonarios, nobles, dealers, financieros hasta parar en una bodega esperando a que este día llegara y fuera de nuevo reconocida como parte del cuerpo de una de las obras más prodigiosas del arte.
Publicado en la Revista Antídoto en el mes de febrero http://www.revistaantidoto.com/index2.php

5 comentarios:

valnouveau dijo...

Me ha gustado mucho este articulo, gracias por compartir.

saludos

Anónimo dijo...

Documentación sobre la pintura de Francisco de Goya, El coloso (Museo del Prado, Madrid), en
el espacio digital dedicado a la publicación de estudios y opiniones razonadas sobre el proceso de descatalogación de El coloso como obra de Goya por parte del Museo del Prado.
http://sites.google.com/site/franciscodegoyaelcoloso/

Señor R dijo...

Una vez más se demuestra que el arte auténtico pasa el examen del tiempo con sobresaliente. Me pregunto que será de los "tiburones" de hoy dentro de 300 años.

fernando castillo dijo...

Creo que has citado, como de pasada, la clave de lo que está ocurriendo en el arte contemporáneo de los últimos 50 años. Dices:”Para América no es suficiente ser rico y uno de los caminos para alcanzar nobleza es el arte”. Ese es el origen de todos los males. Como en la fábula de la zorra y las uvas, los nuevos archimillonarios desean poseerlo todo, tienen en su ADN que con su dinero pueden llegar a cualquier lugar, pero el arte es el límite. Ningún Museo estatal europeo podría vender, bajo ninguno de los conceptos, ni una sola de las obras maestras de sus paredes. Se vendría abajo la credibilidad de un Estado entero si uno de sus Museos vendiera Las Meninas, La Ronda de noche o la Alegoría de la primavera, por citar algún ejemplo (aunque a Berlusconi todavía le queden algunas cartas por enseñar en su política ponzoñosa de corrupción, aún así sabe que el pueblo lo desollaría vivo). Están, por definición, fuera del mercado.
Entonces, cual niños malcriados, no les cabe más que el recurso de la pataleta:” yo voy a hacer algo que va a ser mejor que lo tuyo. Es más, va a estar tan por encima, que tu intelecto no va a estar a la altura siquiera de comprenderlo. Y como además controlo el mercado en todos sus aspectos, le voy a otorgar unos valores que vosotros nunca hubierais soñado”. No es casualidad que, de resultas de este planteamiento, las obras de arte de Hirst, Koon o Pollock, salgan vendidas a unos precios notoriamente superiores a los pocos Van Gogh, Monet (o incluso, cuadros de más época) que salen al mercado. Necesitan con ello marcar la “supremacía” de su propio producto sobre el clásico. Como el perro chico pone su “señal urinaria” en el árbol por donde ha pasado ya el perro grande, pero cuando evidentemente ya no está presente.
Hace años ya escribí sobre este tema, pero es en la actualidad cuando más evidentemente se palpa la irracionalidad del planteamiento. A mediados de los cincuenta, cuando los primero artistas norteamericanos comenzaron a triunfar en el nuevo mercado europeo, los coleccionistas pensaron que ya podían construir sus propios mitos y que no debían seguir anhelando lo que los antiguos museos poseían desde hace siglos. Esto es, las uvas.
Es el caso de Robert Rauschenberg, precursor del Pop-art, que fue el primero en ganar un premio de la Bienal de Venecia. Una vez reconocido en Europa, abre camino a pintores como Andy Warhol y Roy Lichtenstein, con los que compartió éxitos, aunque a la postre a Rauschenberg se le negara el estrellato. Así se fueron haciendo más poderosos los Pollock, Jasper Johns, etc. Una vez destapado el tarro de las esencias, sólo era preciso “corregir y aumentar” a cada instante en una bola de nieve paranoica que se acabaría llevando por delante el arte de los últimos años. Al menos el oficial, el que se exhibe impúdicamente en las subastas y exhibiciones estatales con dinero de los contribuyentes.
Siempre he tenido la sospecha de que el haberse volcado de esa manera tan descomunal en la industria del cine (aparte del enorme afán innovador del pueblo norteamericano, que eso sí que les honra) ha sido porque era una vía de escape inédita en la que poder desarrollar su potencial creativo. Aunque siga pensando que a ese medio, el cine, todavía le faltan cuatro o cinco “renacimientos” para que llegue a dar de sí todo lo que puede aportar como rama del arte.

Nadezh! dijo...

dios y pensar que a tan pocos años pintaba de tal manera!!! me siento como gusano al ver mis cuadros ja ja

El verdadero arte no se muere!