sábado, 27 de marzo de 2010

JAMES ENSOR




La reina Parisatis, La muerte persigue a la multitud de hombres, Cartel para el Salon des Cent a París, La Venganza de Hop-Frog. Grabados de James Ensor.
El Infierno existe, pero aquí en este mundo y yo acabo de pasar por él. August Strindberg, El Infierno.
Ateo, coprófilo y neurótico. James Ensor, hijo de un alcohólico y de una madre autoritaria creó un universo fatalista para vengarse de la sociedad burguesa de la que provenía. Su obra es esquizofrénica. Por un lado tiene lienzos impresionistas, con influencia de Turner en la aplicación de color y la búsqueda de la luz que estrella como una textura más en el cuadro. Escenas domésticas de personajes en actitudes cotidianas, realizadas con la observación de quien pinta del natural pero también de memoria. Las mujeres que retrata son su familia, las ve todos los días, habla con ellas, las tolera y mirando en el fondo, del otro lado de su obra, las odia, con esa pasión burguesa que hace que las emociones se traguen y se hagan sangre negra en el alma. Estos lienzos son obras bellas, técnicamente puras en las que Ensor trata, como el personaje de Strindberg en el Infierno, de convencernos que no es un paria social, que no es un poseído. Y si embargo los colores delatan esa personalidad que quiere ocultar, no es un impresionista decorativo, optimista, bucólico como la mayoría de sus compañeros parisinos, los colores son turbios, oscuros, a pesar del contraste de la luz que entra por las ventanas la atmósfera de las habitaciones continúa siendo pesada, los tapices densos, la cristalería opaca.
Esta obra, aunque sobresaliente, no es lo que hizo de Ensor un artista trascendental. Son los grabados y sus pinturas de esperpentos goyescos, obsesivos, terribles. La venganza de Hop-Frog, un racimo de hombres despide olores putrefactos, están a punto de caer en medio de una turba que los espera aullando, hambrienta para despedazarlos y devorarlos, el verdugo de esta condena masiva, de esta jauría, no es el enano vengativo del cuento de Poe, aquí tiene un sombrero alto con una pluma y una banda que dice “Ensor” le cruza el pecho. En estos grabados el dibujo no es preciosista como es la pintura, es un dibujo febril, realizado con odio y virtud, con el frenesí de acabar para iniciar otro y no dejar que esas imágenes monstruosas, que esas pesadillas se escapen de la mente. Strindberg habla del Hotel Orfila: el infierno excremental, es el infierno de Ensor, los personajes cagan en público, en la calle, el olor de sus desechos flota y se pega en la piel de gente que con caras desfiguradas enseñan dientes rotos, aliento de coladeras. Es una sociedad infame, miserable, un mundo sin perdón, miles de desgraciados se dirigen apretados a la perdición, se dejan caer por acantilados. La muerte persigue a la multitud de hombres, un esqueleto con garras blande la guadaña sobre una horda que corre enloquecida, mientras una mujer desnuda departe con sus invitados en una reunión de salón, la desgracia desciende del cielo, el sol-dios castiga con furia lanzando olas de calor que destruirán esta ciudad, este planeta. Ensor conoció el éxito, sus pinturas se vendían y estos grabados eran tesoros para sus seguidores, fue nombrado Barón por el rey pero su obra refleja ese desencanto del que sabe que la sociedad que lo ama es una mierda. Los Doctores del Rey Darío examinan su mierda para predecir el destino una batalla que perdió ante Alejandro Magno.
La coprofília de Ensor es, como en Sade, un ejercicio morboso del poder, hago que lo peor de mi entre en ti, porque soy un genio y ese es mi privilegio. Mientras que Strindberg ve la religión como refugio de locos, Ensor hace de la religión el último destino de la degradación, lleva a Cristo a los infiernos y se rodea de demonios grotescos. En sus pinturas de estos insomnios y apariciones hace con el color lo que en los salones burgueses no intentaba: brillantez. Esqueletos que en una farsa terrible se pelean por un cuerpo colgado, un hombre de trapo sin vida. En su autorretrato pone su silla y su caballeta sobre un patíbulo y en otro se enmascara con un cráneo. Ensor llevó al expresionismo a fronteras desquiciantes, hizo de la sociedad su hazmerreir, la destrozó y la defecó, lujo solo permitido para los dioses.
James Ensor, Museo Dolores Olmedo Patiño.
Publicado en Laberinto de Milenio Diario el sábado 27 de marzo del 2010.

4 comentarios:

Cristina dijo...

Hola Avelina:
Que bien que recuperes ha este pintor y sus nihilismos, que son parte de su criticidad a la sociedad de la época. Estoy leyendo <el "Hombre rebelde" de Camus nuevamente y encuentro que Ensor sería un "rebelde metafísico", aquel que niega a su sociedad burguesa. Me recordó a Rimaud con su "Una temporada en el infierno"
Un beso

Carol Miller dijo...

Como artista, crítica, visitante a exposiciones de la obra de Ensor en su propia Bélgica, y además la traductora del texto sobre Ensor en el catálogo de la exposición en el Museo Dolores Olmedo, puedo solo admirar este excelente artículo, acertado análisis de la obra de un artista importante, sin embargo, poco conocido en México. Ensor no es un gusto para cualquiera, no obstante tu texto lo revela, lo devela, lo traduce en irresistible y hechizante. Gracias.

Brasas dijo...

Se tiende a presentar a Ensor y Munch como precursores o antesala del Expresionismo "propiamente dicho"(Kirchner, Die Brücke, Der Blaue Reiter, Marc, Jawlenski...) pero en mi opinión Munch y Ensor no sólo hicieron Expresionismo mucho antes sino además mucho mejor, con más contenido y más nervio. Los otros pienso que más lo usaron como un estilo estético.

AZOR dijo...

Ensor es un artista atípico, se supone que en su época fué un transgresor y sin embargo murió con los más altos honores que se le pudo otorgar en su tiempo, más retrógrado que nuestra época actual donde se supone que somos más progresistas, demócraticos etc. Sin embargo me parece que Ensor está en nuestros museos como una curiosidad histórica, ya quiero ver hoy que un artista contemporáneo con el tema de Ensor, tenga cabida en nuestros museos de arte contemporáneo.