lunes, 25 de enero de 2010

CONTESTATARIOS






Zapata, Guadalupe Posada. Ítaca, Julio Belmont, Sin título, Rubén Espino, La Brava del Barrio y Cría Cuervos, de JoseMa Martínez.


En el arte hay una misión silenciosa que establece el artista consigo mismo, y responde a un compromiso con su obra, su talento y la responsabilidad de que evolucione y encuentre caminos que lo lleven a la expresión total de sus ideas. Esto nada tiene que ver ni con el mercado, ni las modas, es un asunto privado. Si tiene repercusiones impactando en el público es una consecuencia no buscada, es simplemente un accidente. Eso se refleja en un trabajo autentico, meditado, maduro. No es un asunto de hoy, es desde que la creación se volvió parte de los símbolos de la cultura. Este asunto nos incumbe en dos vertientes.

Jaled Muyaes fue un escultor, divulgador de la cultura y gran coleccionista, apasionado del significado de cada rito indígena y sus consecuencias en la cotidianeidad de la sociedad. Coleccionó miles de máscaras de bailes de todo el país creando con esto un mapa de la superstición, idiosincrasia y mezclas religiosas que vivimos como parte de un lenguaje comunitario. En su obra escultórica, creó ensambles de objetos metálicos que sorprendían con una estética vertical a veces vegetal y otras totémicas. Fundía en su taller palas, cucharas de albañilería, anafres y hacía de estas uniones piezas en las que el objeto ya no era reconocible para ser una escultura indivisible. Jaled trabajó y creó al margen de la moda o la imposición estética, fue un avanzado en el ensamble y todo con un compromiso interno con el arte. Como investigador y divulgador reunió en 1960 una importante colección de grabados de Guadalupe Posada, desde sus estampas cotidianas hasta sus imágenes revolucionarias que son el testimonio más fiel, y el juicio más acertado que tenemos de los movimientos sociales de la época. Estos grabados los reprodujo en el libro La Revolución Mexicana vista por Guadalupe Posada, que a los 100 años de la Revolución vuelven a reimprimir sus hijas, las artistas Karima y Kena Muyaes.

La visión de Posada del México de la guerra social no ha cambiado gran cosa, la diferencia es que ahora los artistas contemporáneos llaman arte con preocupación social a poner un pedazo de taxi en un museo. Y en su época Posada grababa placas de cobre o madera en su taller sin descanso, aportando su estilo para que su testimonio superara a la nota de prensa, para ser un testigo que grita lo que ve y lo que siente. Gracias a su trabajo tenemos el retrato de la Revolución y su gente, la imagen de los que la hicieron con una veracidad imitada de los grabados que ilustraron a la Revolución Francesa. Esta obra es la respuesta al movimiento que se vivía, Posada al mismo tiempo que la sociedad estallaba creó un género totalmente innovador y contestatario, en el que el trazo violento, detallado y mordaz reflejó la brutalidad, la fiereza o la indiferencia de un sistema que se deshacía a pedazos. Sabemos el nivel de pobreza y dolor a través de estos grabados, así como el egoísmo de los “catrines”, y lo que los pone en un plano documental y artístico es que no es literatura idealizante ni periodismo inmediato, es arte, porque crea un puente de comunicación que supera el tiempo e impone una estética irremplazable. La osadía del artista frente al tema y la propuesta estética lo arrojó más allá del momento histórico y es lo que hace de estos grabados piezas indispensables.

En una decisión visionaria, Jaled los reunió y hoy que estamos en celebraciones sin coherencia, este libro es una pieza que supera al aniversario para recordarnos que podemos tener estas estampas artísticas con nosotros.

La otra vertiente contemporánea son Los Hijos del Maíz. Aquí creen en el arte. Son jóvenes galeristas que reunieron a un grupo de pintores también jóvenes y talentosos. La galería se ubica en un penthouse de Patriotismo 12 esquina Benjamín Franklin, en la Condesa. Es relevante porque ahora los artistas emergentes tocan cornetas de plástico en la bienal de Mercosur y empapelan paredes con basura y le llaman arte y lo paga el Estado. Esta es obra independiente y es obra de gran calidad.

JoseMa Martínez, es tremendista, lleva el dolor humano y la detestable fragilidad de nuestra condición a óleos hiperrealistas con colores casi naifs. Este contraste, en el que el color nos habla de inocencia choca con el tema, una niña golpeada que nos enfrenta con guantes de box, son retratos que se aventuran a vaciarse en el alma humana. Un dibujo a lápiz de una joven que amamanta a un bebe con una pistola en el pantalón, Cría Cuervos y serán sicarios, es un respuesta al callejón siniestro que es nuestra sociedad. Está la obra de Flavio Díaz, su composición es sorpresiva, el color enfrenta al espectador con la imagen, son retratos modernos y que destrozan la pose y el plano para hacer de la pintura un evento único. Rojos, grises y blancos. Itaka de Julio Belmont, escenas místicas, fantásticas. Rodrigo Cruz con un semidesnudo femenino, una mujer reposa sobre un dibujo, trazos, cubierta por una tela, sin mostrar su rostro, emocionante, impecable. Rodrigo Cifuentes con un cráneo. Rodrigo Cruz, pies renacentistas. Rubén Espino, pescados sangrantes, naturaleza muerta limpia, casi quirúrgica y conmovedora por su belleza y un cadáver, o una lobotomía recién practicada. Marco Zamudio, un retrato. Barrón con un retrato en rojos. Yoel Díaz, grises para un cuerpo preso. Ricardo Solís, disecciona un paquidermo y lo encuadra en aspectos.

La obra que se expone corre riesgos, no es complaciente, los artistas buscan belleza, emociones y calidad. Aquí se rompe el lugar común de que el arte de jóvenes es intrascendental y banal, basado en el chistorete, la decoración y la inmediatez. Esta es obra que permanece, es intemporal, está realizada con talento y con valor de sacar a la luz el deseo incontrolable de crear arte, retando al status. Los galeristas Josué Gonzales Romero, Josema Martínez y Raúl Méndez conformaron una colección que por su gran calidad no podrán ver en un museo. Para verla acuda a su espacio o entre a http://galeriahijosdelmaiz.wordpress.com/

domingo, 17 de enero de 2010

ARTISTAS EMERGENTES




Rafael, Madonna y Niño con Santos altar del Convento de Perugia.
Christian Holstad, Tubo de papel de baño vacío, instalación.
Eustache Le Sueur, El Rapto de Tamara.


“Más que una crítica al colapso económico” dice el texto curatorial de la exposición de Christian Holstad en la Reich Gallerie de Chelsea. Su visión del desastre que dejó en la miseria a millones de personas son instalaciones-collage con una barra de jabón usada, un tubo de papel de baño vacío, bolsas de Costco, Target y Wal*Mart, etc. Es lo que para el arte contemporáneo significa “crítica social”, algo light que no moleste a nadie, que sea servil, sin denunciar a los responsables de esta catástrofe o sus consecuencias reales. Es un artista emergente, y a sus 37 aún le llaman un joven valor. Y no es el único, hay cientos de emergentes en las galerías de Chelsea con este nivel de superficialidad. En este forzado High School entre más inmediata la “preocupación” y más pueril la “reflexión”, más modernos. Estamos padeciendo la dictadura del infantilismo, este arte es acné tardío. No hay crítica, ni poesía, tampoco hay belleza, porque se supone que la ausencia de estética es parte del lenguaje. En realidad la carencia responde a que producir belleza es un logro intelectual que no alcanza este pseudo arte. La galería se preocupa por aclarar que es emergente como si este término implicara una forma de tara mental, y los resultados justifican la explicación.

Así que me fui al Metropolitan Museum a ver a sus artistas emergentes en el ala de pintura europea. Georges de La Tour, La lectora de la fortuna, una gitana lee la mano a un ingenuo y elegante joven mientras las cómplices de la estafa lo roban delicadamente. Perdemos el presente pensando en el futuro. Esta obra la realizó de La Tour cuando tenía 27 años, todo un emergente. La composición con un alto grado de observación y la puesta en escena nos permite ver los caracteres de los personajes que enriquecen la anécdota. De Eustache Le Sueur, El Rapto de Tamara, realizado cuando el artista tenía 24 años. Las telas que cubren los cuerpos desnudos de los personajes, se mueven con la violencia de esta historia de incesto, infidelidades y crimen. Fragonard a los 37 años pintó Mujer con perrito, retrato perverso de Maria de Medicis, a partir de una obra de Rubens. Es parte de una serie de retratos que están en el Museo de Louvre. Estas obras las realizaba Fragonard con inusitada velocidad y virtuosismo, le tomaba dos sesiones para terminarlas, digamos que era un site especific de la época. Aún más bello y conmovedor es Interior Italiano que pintó Fragonard a los 28 años, un hogar desordenado y familiar, en donde el centro detallado y luminoso, resalta de las fronteras de la pintura que están inacabadas y oscuras, este contraste le da una sorprendente modernidad y osadía, la evidencia del virtuosismo es más reveladora en las áreas inconclusas, en donde el artista no ha corregido, con esos primeros trazos alcanzamos a ser deslumbrados y vemos su impetuosa habilidad. Más allá de las preocupaciones feministas, está la creación de Marie-Denise Villiers, alumna de David, a los 27 años fue incluida en el Salón de París con Autorretrato. A través de una ventana la luz que llega a su espalda, se desliza sobre su cuerpo mientras ella se recrea concentrada. Hugo Van der Goes, Retrato de un Hombre, una pintura de pequeño formato de un joven de ojos negros que reza, un rostro sereno, delicado, la austeridad de su ropa y la pequeña ventana nos dicen que vive lejos de las vanitas del mundo, un prodigio de técnica y emoción, autorretrato realizado a los 23 años. Y del Renacimiento, la época en que los emergentes eran genios, Rafael, que pintó el altar del Monasterio franciscano de Perugia a los 21 años. Su fama ya era la de un genio desconcertante de carácter caprichoso.

Mientras el talento es el valor del artista, las obras de juventud son maduras, bellas, arriesgadas y técnicamente profesionales. Cuando el valor del artista es ser jóvenes, las obras son infantiloides, irresponsables e infra inteligentes. Convierten a la juventud un estado mental degradante, en el uniforme de la mediocridad. Ser genial no es un regalo divino, es resultado de educación y trabajo, la insistencia de desmitificar el talento es un abuso igualitario. La igualdad obligada es síntoma del fracaso.

Christian Holstad, Reich Gallerie, Chelsea, 537ª W 23 Street. Hasta el 28 de febrero.

Pintura Europea, colección permanente del Metropolitan Museum de Nueva York, 5ª Ave y 82 Street.

Publicado en Laberinto de Milenio Diario el sábado 16 de enero del 2010.

sábado, 2 de enero de 2010

CONTEMPORÁNEO Y EXTEMPORÁNEO




Gerhard Richter, Reading.

Marc Queen, Kate Moss.

Gerhard Richter, Tiger.


El arte contemporáneo se ha adueñado de un término que no le corresponde para resumir una serie de discursos que soportan la falta de valor de sus obras. Arte contemporáneo tendría que ser toda la creación que sucede ahora mismo. Pero para fines curatoriales, críticos y de marketing, este término corresponde exclusivamente a los objetos que sin alcanzar calidad en su realización o inteligencia en su concepción, toman discursos elementales de los medios de comunicación, para “invitar a reflexionar” sobre cualquier tema que ronde en los noticieros. Entre las características de estas obras está la inmediatez de un discurso retorico con grandes debilidades teóricas y literarias que ampara a las obras. Los hace caer en un círculo vicioso, todo lo contemporáneo caduca a gran velocidad. Esto sucede en la forma y en la retórica. Por un lado estos objetos siempre están sujetos a la impresión, a causar impacto, es una competencia de cínicos, si alguien pone su ropa interior, otro pone sus excrementos, si uno pone un animal muerto, otro lo deja morir de hambre en una galería, si alguien hace un letrero de neón, otros cientos lo imitan con frases más cursis o insultantes, el asunto es impactar demostrando más descaro. Siempre llega detrás otro que reta a la estulticia anterior, y por supuesto lo supera.

En la retórica es más rápido caer en lo obsoleto porque todos son lugares comunes. Con la irrupción de la palabra “reflexión” y la selección de temas, los discursos han sustituido el razonamiento por la adjetivación y pretenden que la enumeración de calificativos soporte el vacío de talento y disfrace la falta de compresión de la verdadera profundidad de un tema. Estos objetos que se hacen llamar “arte contemporáneo” se desfasan de su entorno de inmediato, se convierten en extemporáneos. Pasan unos meses y ya se aprecian caducos, y siempre se acompañan de la sensación de que eso lo hemos visto miles de veces. Este término de contemporáneo para implantarse expulsa a todo lo que no entre en la cadena objeto-discurso, acción-discurso, idea-discurso. La pintura, escultura o grabado que actualmente estén realizados por artistas con temas que rompan parámetros estéticos o planteen preocupaciones universales, si tienen alto grado de calidad, no entran en el término contemporáneo. Feliz marginación. A estas alturas con la enorme falta de calidad y la evidente corrupción que rodea al arte contemporáneo, entre más lejos mejor.

Esta marginación está abriendo dos posibilidades a las artes plásticas, las empuja a demostrar una calidad sobre saliente, a depurar el oportunismo y a ser intemporales. Hoy una pintura no se ve como un objeto de moda, como una respuesta servil a las galerías y museos, se ve como un objeto intemporal que va a superar sin problemas esta tormenta. Mientras en las recientes retrospectivas de “contemporáneos” se respira ese ambiente incómodo de esto ya pasó de moda y esto ya lo hicieron demasiadas veces, la pintura o el dibujo no se preocupan por verse obsoletos, se apoyan en la calidad que siempre es evidente y que no se puede enmascarar con retórica.

Esta invención de que un grupo de objetos sin valor sea llamado arte contemporáneo ha creado una de las contradicciones más brutales de la Historia. Cada obra que surge en este momento, nace con una cuenta regresiva que termina con la obra que le sigue. Estos objetos efímeros pierden sentido instantáneamente. Entonces ya no son contemporáneos. Son extemporáneos, están fuera de lugar. Mal negocio. Porque ni como reliquias sirven, y reliquias son obras de hace unos años, es demodé el tiburón como lo es la caja de zapatos vacía. Esto lo tienen que pagar los retóricos de esta corriente, que han sumergido en un pozo sin fondo a una teoría que solo valora la novedad y que encumbró las preocupaciones elementales e inmediatez para desterrar los temas universales, que denigró el talento para sustituirlo por el cinismo. Los escultores y pintores, los grabadores pueden decir sin problema soy artista intemporal, no dependo de la moda, no soy esclavo de los curadores. Las artes plásticas intemporales en la trascendencia y las acciones y objetos contemporáneos, están donde deben estar, en la decadencia.

Publicado en el Suplemento Laberinto de Milenio Diario, el sábado 2 de enero del 2010.