lunes, 19 de octubre de 2009

PINTAR COMO HOMBRE




Georgie (2009) Mary Jane Ansell

Jarvis (1996) Elizabeth Peyton

Adan y Eva (1932) Tamara de Lempicka

Tamara de Lempicka pinta como hombre. ¿Qué significa esto? Que no pelea por “una habitación propia” su habitación es el mundo, no se recluye en el famoso y cavernoso universo femenino. En sus obras demuestra que es dueña del terreno que pisa, ella es algo más que un ciclo menstrual, es artista. Las pintoras que pintan como hombres tienen preocupaciones más simples, quieren lograr perfección técnica, revolucionar estilos, impactar al público, ser memorables.

Entre las que pintan así están Sofonisba Anguissola, que dentro de los talentos portentosos del Renacimiento destacó con sus retratos realizados de forma impecable. Artemisa Gentileschi, en una venganza pictórica se hizo justicia a sí misma asesinando al hombre que la violó, en su cuadro Judith decapitando a Holofernes, esta obra plena de sangre y decisión nos incrusta en la memoria el rostro sereno de Judith al llevar lo más lejos posible la justicia cortando con una espada el cuello de su enemigo. Elisabeth Vigee Lebrun, la retratista oficial de María Antonieta, logró la sensualidad de Fragonard, y le insertó su observación analítica con precisión y pasión. Los retratos de la disoluta y luego desdichada reina son un espejo de su vida tan cercanos, que podemos sentir su vicio por la falsa naturalidad y su dolor por el rechazo. Son las excepciones que nos trazan las diferencias cuando nos enfrentamos al “arte femenino”.

Las pintoras de universo femenino van en sentido contrario de la integración y recuerdan todo el tiempo que efectivamente sólo son un orificio entre las piernas. Sus temas son su cuerpo, la maternidad, su sexualidad, -de ellas solas-, su casa y lo que heredaron de las mujeres que las antecedieron: las abuelas, madres etc. Un universo extremadamente pequeño, limitado y simplista. Esto sucede hasta en las que se jactan de ser modernas. En el ámbito conceptual es de rigor encontrar obras hechas de macramé, colchas de parches, bordados, utensilios de cocina, artículos de limpieza, cabellos y sangre menstrual. Es la maldición de Virginia Woolf: tendrás tu habitación, para nunca salir de ella. Es arte enclaustrado.

Frida Kahlo que fue de lo más combativa, que no le tenía miedo ni a Trotski ni a la mariguana, al momento de pintar, sus obras son sólo universo femenino, dolor y cuerpo, matriz y vientre. Hay desprecio a la razón. La habitación propia no conoce la guerra, no conoce una sexualidad abierta, no conoce un erotismo desbordado, ni la belleza. La madurez riñe consigo misma para ir del infantilismo banal al otro tabú sobreexplotado, la edad. A nadie le importa la edad de Rembrandt en sus autorretratos, pero en el universo femenino es un tema para llenar un museo. El infantilismo es una cadena pesada, es la diferencia entre un paisaje insustancial y vacío de Joy Laville, a los retratos y naturalezas muertas expresionistas, con trazos contundentes de Elizabeth Peyton o los retratos al óleo de Mary Jane Ansell, casi escultóricos, porcelanas creadas por un Pigmalión fáustico. O eres mujer que pinta, o eres artista. Cuando el arte y las mujeres se relacionan como una terapia ocupacional de diván, la obra no trasciende. La conceptual y violenta Tracy Emin sobre sus nuevos “dibujos” declara “se tratan de que tendré 49 años y luego 50, que seré pre menopáusica y mi sexo me está dejando”. Hasta ahora ningún animal en formol de su compañero de fama Hirst nos dice que esté preocupado por su andropausia, y si lo está, no es tema para una obra.

Vermeer abordó temas cotidianos, entró en la intimidad universal, creó momentos con los que todos podemos identificarnos a través de la naturalidad de la escena y la resolución de la composición. Su genialidad no está en el exhibicionismo de sus traumas o sus preocupaciones de género. El artista sabe que va a trasmitir emoción sólo si la obra está realizada con maestría. Las obras no emocionan por contagio; impresionan o conmueven. Esta obsesión por demostrar una condición de género antes que de oficio hace de las obras un manifiesto, no arte. Han reducido otra vez la condición femenina a un compendio de sentimientos, antes que razonamientos. Con este argumento durante siglos, los cargos de poder han estado en manos de los hombres, porque una mujer va a sentir, no a pensar. El arte se aprende, se reflexiona y la pasión que vuelca es parte de dominio de los elementos, de las herramientas, de la técnica. Mientras las mujeres no salgan de la habitación propia en la que se encierran, sus obras serán una forma de terapia, no arte.

Publicado en Señales de Humo de la Universidad de Guadalajara y en la revista Antídoto www.revistaantidoto.com