viernes, 27 de febrero de 2009

LACHAPELLE Y LOS DELIRIOS DE LA RAZÓN

El Diluvio de David LaChapelle.
El lujo también es un esperpento. El sexo, la moda, el fanatismo y dios son esperpentos. La carne de Rubens pasada por los ojos de Lichtenstein. Estas imágenes y puestas en escena, sólo suceden en una sociedad que tiene vicio por amarse y por ridiculizarse. Llevar la voluptuosidad pre pornográfica a la composición renacentista, crear íconos y retablos con desnudos que demuestran los milagros del cirujano plástico, es la obra de uno de los fotógrafos más brillantes de nuestra era. David LaChapelle le hizo su primera fotografía artística a su madre, y con 17 años vivió en los brazos de Warhol y su Factory como modelo, asistente y amante de ocasión, intercambió ideas y fluidos que definitivamente lo influyeron, publicó en la revista Interview sus fotografías y con ellas creó una sociedad nunca antes vista, en donde los más bellos podían ser los más grotescos, los ricos desesperados, náufragos en sus fortunas y las top models una excusa para dibujar la destrucción y la caída de una sociedad sin guía.
En la muestra de algunas de sus obras menos trasgresoras o más soft titulada Los delirios de la Razón, podremos terminar de citar a Goya “crean monstruos” que con zapatos de Blahnik y ropa interior roja de la Perla le lavan los pies a un Cristo frígido e inmóvil o en descomunal obesidad yacen como una sirena manatí en el césped frío de la campiña escocesa. Para LaChapelle no existe el “instante” fortuito que buscan la mayoría de los fotógrafos, en él solo existe el artificio, la puesta en escena, el acontecimiento provocado, buscado, cada detalle es resultado de su dirección: el color de los cuerpos divinos que se sostienen en el diluvio, los stilettos dorados de la mujer que con enormes prótesis quiere salvarse de la ira apocalíptica. Los más bellos sobrevivirán porque en el paraíso sólo entran hombres con cuerpos perfectos y mujeres que no le temen a los excesos de la moda. Hoy que la fotografía y el video llaman arte al fuera de foco, al accidente y la falta de imaginación, ver el barroquismo sin límites, la perfección técnica y la deliberación del resultado es como asistir al renacimiento de una religión: trabajar la obra hasta sus últimas consecuencias.
El Cristo de la LaChapelle no siente, es un ser de pasta escapado de la sede de cualquier secta y no se entera de que a su alrededor la gente se deshace en sus deseos inalcanzados, la virgen es Courtney Love que sostiene el cuerpo de un Kurt Cobain falso, con los brazos perforados de pinchazos de heroína, es una Pietá en technicolor, si muero en brazos de los excesos resucitaré en el New York Post. Todos los modelos saben lo que LaChapelle va hacer con ellos y todos ceden, se entregan, desde grandes marcas hasta grandes nombres, unos famosos por sus penosas historias, dejan atrás la vergüenza o el pudor y hacen de la sesión de fotos una catarsis, sacan ese ser que los dioses castigan por hibris y lo sacrifican a la lente de LaChapelle. Pamela despinta su bronceado de spray y Marilyn Manson es el chofer de la infancia que lo sigue y lo hace un héroe. Los cadáveres que flotan son más que desnudos, la muerte deja a los cuerpos en un estado de total descaro, flotan con los vestidos levantados, los zapatos perdidos, las panzas caídas, sin la dignidad que le da la vida al cuerpo. Tal vez en ningún país como USA anuncian y esperan el final del mundo con tanta vehemencia, crean religiones que lo calculan y purgan sus pecados para irse de la mano de su dios que limpia su obra destruyéndola, LaChapelle los mete en frascos de líquidos para que los observemos, son ellos los que morirán vírgenes y bendecidos.
La belleza no es intocable, es exhibible y es para pervertirte, las mujeres hermosas son objetos indestructibles, sobreviven perfectas a los accidentes, con rojo Chanel en los labios, zapatos de Jimmy Choo y en la bolsa de Prada un boleto de primera clase, Jhon Galliano hizo esos vestidos para que después de un crash salgamos airosas y LaChapelle dispare su cámara. La gordura descomunal tiene el mismo impacto que los cuerpos inyectados o las sobre dosis de esteroides, las drogas son ofrendas y las religiones vicios. LaChapelle es un antropólogo sin escrúpulos.
Publicado en Laberinto de Milenio diario el sábado 28 de febrero.


8 comentarios:

Rubén dijo...

Interesante tu artículo, incluso más que el artista.

Espacio Verde Mexico dijo...

Ah, me gusta tu blog. Te comparto el mío: Un estudio sobre la proudcción de alimentos orgánicos en México. Aquí te decimos dónde encontrarlos en el Distrito Federal y porqué. ¡Chécalo!

http://espacioverdemexico.blogspot.com/

Saludos.

Tacho Padilla dijo...

PADRISIMA TU CRITICA......ME ENCANTA TU BUEN PUNTO DE VISTA COINCIDIMOS, LA EXPO ESTA MARAVILLOSA.....U BESO.TPC.

Ortografía. dijo...

tia, Dios va con mayúscula: ¡es sustantivo propio!, como lo es Avelina.

Elemental.

Avelina Lésper dijo...

dios no es sustantivo propio, hay miles de dioses, es casi un gentilicio, dios con mayúscula es para los que creen que esa palabra significa algo sagrado, dios es el zorro de la fabula, tampoco va con mayúscula. Es un personaje de ficción, no es el nombre de alguien ¿aún no sabes que no es un nombre y que no existe?

carlos dijo...

soberbia respuesta

Andrés dijo...

La fotografía de LaChapelle me parece demasiado frívola y vacía, artificial y reciclada, como dice Rubén, mucho mejor tu artículo que el artista en cuestión.

Me quedo con Graciela Iturbide.

dana dijo...

Lo que más me ha parecido interesante, hasta este punto del blog, es cómo se traspasan las sublimes fronteras de la creación y se comparan obras fotográficas y/o plásticas con textos críticos del arte “conceptual“. Tu artículo dista galaxias de ser una obra, la más pequeña de LaChapelle, y es imposible imaginarnos un LaChapelle haciendo una crítica tan fría sobre el arte, sabiendo lo que sabe y haciendo lo que hace.
Eso simplemente no se cuestiona, son cosas totalmente diferentes...