miércoles, 10 de diciembre de 2008

EL DESNUDO


Ver un desnudo nos exhibe más que al modelo, más que al artista. Existen pinturas de las que no podemos alejarnos por la fuerza de su presencia, nos atraen porque nos descubren. Las modelos de Renoir eran las sirvientas de su casa, así que la gran condición para que trabajaran con él era el brillo de su piel, para el pintor era indispensable que relejaran luz. La piel de los modelos de Lucien Freud es turbia, Freud busca cuerpos que reflejen desolación, indigentes que posan su enfermedad y su abandono. La voluptuosa gorda que compró Abramovich por 30 millones de dólares, descansa indolente con su inmenso sueño, haciéndonos cómplices del voyerismo de ver dormir a alguien, no es la gorda descarada de Rubens que invita a que la tomemos, con piel para ser mordida, las gorda de Freud es descomunal y sola, es sexo sin apetito. Contemplar un desnudo no es una actitud pasiva, es una rebelión, es un abuso, es dejarse seducir para no ser complacido. El que admira se entrega a lo que el artista vio, se entrega a lo que otro adoró. Tiziano para realizar las obras de las cámaras privadas de Felipe II se inspiró en las Metamorfosis de Ovidio, les llamó a estas obras Poesías. La obra de Ovidio es una de las historias del origen de la vida más humanas, porque la explicación de cada acto está sujeta a las pasiones de dioses y hombres, la razón de ser no es la razón, es la emoción. De esta serie de pinturas hay una que es la condena por la contemplación del desnudo. Diana castiga a Acteón por observarla mientras se baña con sus ninfas, lo convierte en ciervo y los perros de caza del propio Acteón lo devoran. Felipe II al encargar estas pinturas para sus cámaras privadas, se exhibió más que el artista, más que los modelos. Felipe II fue uno hombre cruel, uno de los reyes más puritanos de España, que se nombró así mismo “paladín” de la Iglesia Católica, fanático, déspota y asesino. Es deslumbrante pensar que cuando moría devorado por las infecciones de la gota, con las piernas llagadas, llamó a sus hijos, les descubrió la podredumbre de su piel y les dijo, “contemplen mi miseria porque un día ustedes serán así”. Esto sucedía a un lado de la habitación de las obras de Tiziano, de la piel luminosa y húmeda de sus modelos, de las ninfas de Diana y de los muslos abiertos de Europa raptada por un toro. La fiesta de la carne y la vida, del sexo y la belleza hicieron la verdadera intimidad de un hombre que se vistió de negro toda su vida y que aplicó los dogmas más crueles de la religión en su reinado. El desnudo es un ideal en sí mismo, quien se representa desnudo pretende la dimensión de un dios, los reyes se representan con armas, joyas y delante de sus tierras, los dioses están desnudos, su poder los hace autosuficientes, libres. Paulina, la hermana de Napoleón era adicta a su belleza, a su sensualidad. Tenía esa naturaleza de los que se convierten en su propio objeto del deseo. Decidida a hacer inmortal su cuerpo encargó al célebre artista Cánova una escultura de ella desnuda como una diosa. Era tal la voluptuosidad y la belleza de la obra que cuando el emperador la vio se trastornó, balbuceó y le ordenó que la guardara en el sótano de su palacio. Napoleón exhibió su amor incestuoso por su hermana, salió a la vista de toda su corte, a la vista de él mismo, el único que no debería de descubrirlo. Alguna vez Paulina, ya con su hermano en el destierro comentó, “yo soy la única mujer que ha hecho todo por Napoleón”, y reafirmo: “todo”. Tiberio guardaba sus imágenes pornográficas en tubos de piel amarilla, decía que tenían que estar en un sitio distinto de sus otros libros. Ya cercano a la muerte, casi ciego se hacia describir las imágenes que le provocaban un placer silencioso, masturbándose con el recuerdo de lo que había conocido. Saber que lo que estamos contemplando lo vio alguien antes, que esas turgencias son creación de un artista que tuvo la obsesión de hacernos sentir la textura, el peso y la temperatura de un cuerpo, pensar que miró por horas esas piernas abiertas y ese vello púbico antes de mostrárnoslo, que amó y poseyó a esas mujeres y a esos hombres, hace a la obra infinita. Mirar es perpetuarse.

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